Ya es hora

Rosa María Payá y Alexander Otaola

Por Ray Luna.

If you don’t like what’s being said, then change the conversation. Don Draper

Yunior no para de hablar. Todos están hablando de Yunior, así lo quiso el poder. (El poder en las dos orillas, no nos equivoquemos.) No le demos más vueltas a este asunto: a la gente le fascina el circo. Cao, obnubilado por el discurso más o menos articulado y la aceptable dicción de Yunior, nos regaló casi una hora de radio y televisión para que veamos cómo el método de Stanislavsky sí funciona. Marian de la Fuente, incluso, le ha permitido hasta compararse con un hombre de verdad. (Por fortuna, Ninoska Pérez sigue siendo una leona.) El dramaturgo sí que ha sabido montar su teatro. No obstante, es difícil convencer a la gente de que se puede “hacer oposición” mucho mejor desde lejitos.

En esto del anticastrismo hay que preguntar siempre cui bono.

Resulta gracioso, al menos para mí, el hecho de que nadie, absolutamente nadie, en Europa haya tenido la delicadeza de explicarle a Yunior algo tan simple: no hay nada anormal en un régimen que persigue a los manifestantes, los encierra en un calabozo para torturarlos y luego condenarlos a duras penas.

(Pasa en cualquier parte, ora tras “irrumpir en un edificio del gobierno”, ora por perturbar el “orden público”.)

Qué o quién está detrás de todo no importa: los últimos tres meses han sido una inteligente —también redituable— distracción: Hamlet, Tania, los Grammy Latino, etc.

En el mundo del entrismo, Yunior pudiera ser catalogado como un constructo. (Para quienes son ajenos a esta terminología: un constructo es una idea o teoría que contiene varios elementos conceptuales, ninguno de ellos basados en evidencia empírica. Ahora bien, un constructo es básicamente alguien que aparenta ser una cosa que no es, como puede ser el caso de un disidente, un intelectual, un filántropo, un político, etc. Es una persona, en definitiva, que al conocerla nos da la impresión de estar en presencia de un actor, de alguien que ha sido instrumentado para desempeñar un papel determinado.)

El novocastrismo es, por esta razón, dueño y señor del relato político (o “narrativa”, como el vulgo suele decir). Otra de las razones principales por las que se ha adueñado del relato es la invisibilidad. Por desgracia, no todos aquellos que tienen cierta notoriedad —entre los naturales y en las redes— se atrevieron a dar el pecho. (Aunque fuese tan sólo para documentar la protesta del 11 de julio.)

El régimen es excelente desviando nuestra atención.

En su lugar, otros cubanos hubieran preferido pudrirse en la cárcel, como se pudren lentamente cientos de presos políticos en el olvido. Aquel lejano 11 de julio, muchos que, contra toda razón, debieron salir a la calle y no lo hicieron, permitieron que San Isidro, el #27N, Archipiélago y Miami robaran la atención de las cámaras. El #15N resultó ser lo que ya sabíamos de antemano.

Sé que si muchos jóvenes hubieran atraído la mitad de la atención que atrajo Yunior, jamás hubieran optado por vivir una larga y poco gloriosa vida lejos de casa. Al contrario, hubieran elegido mejor “una muerte gloriosa”, violenta, henchida de promesas y belleza.

(Cuán vergonzoso, no lo niego, puede ser salir de este mundo arrastrándose como un perro, vigilado por extraños —quienes te odian— en un hospital, en vez de morir en la flor de la juventud, por el bien de nuestra honra y vergüenza. Dejar detrás un hermoso cadáver, justo como hicieron aquellos jóvenes terroristas de los años 50.)

Ni modo, el “hubiera” no existe.

Al menos no consientas, lector, que te distraigan: la oposición no existe. La última oposición murió o fue hecha prisionera en Bahía de Cochinos y el Escambray. Esta es la puritita verdá. El próximo cambio de régimen solamente puede llegar desde adentro o en un barco cargado de gentes de guerra, como históricamente ha sucedido.

 

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Así es, todo se ha vuelto un show bastante deprimente. (Por cierto, Tertsch, Otaola y Payá debieron ponerse en contacto con Antonio Enrique González-Rodiles para averiguar cómo es que se vuela a La Habana; pues, parece no ser muy complicado.

De otra parte, González-Rodiles ha regresado a La Habana para continuar pidiendo el apoyo económico de Washington y la cobertura de los medios en Miami para la disidencia interna. No quiero demeritar la “lucha pacífica” que gente valiente lleva a cabo dentro de Cuba, pero creo que llegó el momento de aceptar que bajo el actual régimen será imposible hallar una voz.

(La voz es el ejercicio de poder o influencia sobre el régimen actual.)

El cubano promedio sólo busca seguridad económica. Como en cualquier sociedad, nadie desea arriesgar el pellejo. Si el régimen logra estabilizar la economía, la tenue llama que se prendió aquel memorable día 11 se apagará.

Con todo, no hay que desalentarse. Como en el ajedrez, en la política siempre hay algo que se pueda hacer. Por eso, como dice el protagonista de Mad Man: “Si no te gusta el tema, cambia la conversación”. Uno de los temas favoritos de Yunior —y del régimen— es el dichoso Embargo. Bueno, ya es hora de cambiar la conversación.

Hace un año y cacho comencé a escribir para este medio. En ese primer artículo dije estas cosas:

En realidad, me opongo no solamente a la importación de tercermundismo, sino a la de mis propios compatriotas quienes no comparten ninguna afinidad cultural con los Estados Unidos. Me opongo del mismo modo a la reinstauración del programa de parole para los médicos.

CAM ha declarado más de una vez su deseo de hacer extensiva la Ley de Ajuste (Cuban Adjustment Act) a todos los inmigrantes latinos. De hacerse realidad su sueño el padrón electoral se inclinaría todavía más hacia la izquierda. Lo que CAM pretende es que el país donde reside sea más Demócrata y más democrático, menos Republicano y menos republicano. Nada más sencillo que fomentar el multiculturalismo y la envidia igualitaria (victimización y el resentimiento) si lo que se desea es destruir la unidad de la Federación.

Por supuesto, la culpa de que la tendencia al multiculturalismo haya aumentado algorítmicamente no la tiene CAM, sino la derecha estadounidense que no sólo no se había opuesto a ella hasta ahora sino que ayudó a la izquierda a llevarla a cabo con gran eficacia durante los últimos, digamos, 60 años. Porque si hay algo a lo que un político de derecha le teme es a que lo llamen racista y xenófobo.

 

Proponer la derogación de la Ley de Ajuste sería una medida impopular que ningún político cubanoamericano, ningún “opositor” y ningún influencer se atrevería a defender. Sin embargo, no nada más es la única acción real que podemos tomar para evitar que el castrismo continúe alterando la demografía de la Florida, sino contra éxodo vía Nicaragua. Piénsales, el castrismo no tiene el control de su propia válvula de escape. Sé que mucha gente sufrirá con una medida tan extrema; pero a veces hay que amputar un miembro para salvar el cuerpo.

La pregunta que se sigue es ¿quién le pone el cascabel al gato?

Ray Luna es filólogo y bloguero reaccionario.

7 Comments

  1. El cascabel no lo pondrà nadie y como bien dices no hay oposicion alguna todos son blabla y dueños de la verdad absoluta ( eso se creen ellos) pero nadie se la bebe solo una estirpe de cojonudos armados hasta los dientes podran hacer algo si y digo si en la hora cero tienen ya preparado un programa de gobierno y un staff para gobernar, porque una cosa es hacer oposicion y otra es gobernar pero los cubiches en muchos casos ademas de mamertos credulones son demasiado romanticos cheos para mi gusto. Muy buen articulo como siempre Ray

  2. Pingback: Ya es hora – – Zoé Valdés

  3. Wilfredo Ramos

    Siempre, toda mi vida, d sed joven, dentro de Cuba, he pensado que al castrismo hay que entrarle con fuego y sangre…la palabrería bonita, el pacifismo, el dialoguismo es pura perdida de tiempo y más leña para avivar la dictadura..

  4. Herick de Haro Pineda

    Tal cual Wilfredo, me costo 10 años de exilio para entender que no hay forma que un regimen militar por la via pacifica cambie. No la hay, en especial cuando no dejan espacio alguno a la libertad

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