Septiembre 11, 2001: 20 años después

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Por Gloria Chávez Vásquez.

 

Vimos las torres crecer y volverse montañas de ruinas.

(1970 -2001)

 

Su tamaño y altura siempre me causaron vértigo. Eran macizas y superaban cualquier cosa edificada en este mundo. Nunca vi la necesidad de construir tan alto. Me parecían un desafío. Se supone que se construyeron como un proyecto de renovación urbano para revitalizar el bajo Manhattan liderado por David Rockefeller y desarrollado por el Port Authority (Autoridad de Puertos) de New York y New Jersey.

A mí ni se me ocurría asomarme por allí, pero en 1988 tuve que ir al piso 52 para entrevistar al Liutenant Governor para Noticias del Mundo. Luego en 1997 caminé a diario por la estación del World Trade Center aprovechando que venía a un entrenamiento de Mediación y Resolución de conflictos con la Unión de Educadores de Nueva York. Visité los newstands para hojear libros y revistas, y mientras en alguna de sus cafeterías observaba a los trabajadores, muchos de ellos posiblemente indocumentados en quienes mucho pensé antes y después de las labores de rescate.

Recuerdo haber paseado por la plazuela, para extasiarme en la bola de bronce, sólida, pulida, cuyos restos vería después en exhibición en un memorial del Battery Park. La bola resistió hasta donde pudo, pero quedó como un huevo reventado en la cocción.

Cuando inauguraron el parque de la Zona Cero, lo primero que atrajo mi atención fue la historia del pera de Callery, el gajito de la raíz del árbol que rescataron de entre los escombros. Sus salvadores invirtieron tiempo y cuidados en un vivero y por más de una década hasta que lo pudieron trasplantar en el sitio en donde ahora se yergue como símbolo de tenacidad y de esperanza.

Se encuentra a unos pasos de las dos enormes fuentes que fueron construidas en los marcos del terreno donde se erigieron las torres. Son profundas y de una belleza fúnebre impresionante. Ahora siento vértigo al mirar al fondo. Parecen hoyos negros que engulleron las torres con todo y víctimas. Bordeados del metal cobrizo oscuro donde se gravaron los nombres de aquellos que perecieron, un 40 por ciento de cuyos restos aún no han sido identificados. Allí los familiares colocan rosas, rojas, amarillas o blancas dependiendo de las fechas, cumpleaños, aniversarios etc.

El del infame ataque era un hermoso día de otoño, la temperatura fresca y el cielo azul y despejado. En su maldad, los terroristas lograron oscurecerlo; con ello cegaron la vida de miles y convirtieron el mundo en un infierno.

Allá en la Washington Irving H.S. donde dictaba clases de gramática y literatura española, mi tarea fue informar y preparar a los estudiantes. La escuela, situada en Irving Place, en el este, a una cuadra de Union Square, estaba a dos estaciones del desastre. Del cielo caía una lluvia mezcla de papel y ceniza, como si fuera nieve.

La primera medida fue no dejar salir a nadie, pero en su desespero, algunos estudiantes mayores se escabulleron para irse a su casa. El entonces alcalde Rudy Giuliani logró mantener la ciudad a flote y restaurar los servicios eléctricos y telefónicos que estuvieron silentes por horas. La escuela se habilitó como un centro de refugio para rescatistas, pero las clases continuaron. Nadie podía concentrarse; había que controlar la angustia y tratar de calmar a los estudiantes y en las pausas, comunicarse con la familia y asegurarse que no habían sido víctimas.

20 años después solo nos quedan las historias. Historias de nobleza y de inhumanidad. De actos sobrehumanos y de milagros. Historias para aprender y legar a las futuras generaciones.

 

Gloria Chávez Vásquez es escritora y periodista colombiana.

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