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Santorini y Míconos -Dos postales turísticas-

Puesta del sol en Santorini

Por Manuel C. Díaz.

 

Algunos agentes de viaje le llaman The Grand Tour. Se trata de un viaje que partiendo de Atenas y pasando por Santorini, Delos, Míconos, Ikaria, Samos, Kos, Rhodas y Kasos, termina en Creta. Según ellos, es la mejor manera de recorrer las islas griegas. Y debe ser cierto, porque el itinerario es abarcador. El problema es que hay que disponer de un mes para hacerlo y es muy costoso. Por suerte, existen otras formas de visitar las islas griegas en menos tiempo y sin gastar una fortuna. Una de ellas es a bordo de un crucero. Que fue lo que hicimos mi esposa y yo hace unos años en el Gem, de la Norwegian Cruise Line, con un itinerario que incluía -además de otros destinos- Santorini y Míconos.

 

A Santorini llegamos a las cuatro de la tarde. Y aunque al principio no comprendíamos ese cambio de horario (otras paradas habían sido al amanecer), pronto descubrimos la razón: era para que pudiésemos ver su famosa puesta de sol. Habíamos comprado una excursión que nos llevaría a Oia, que es desde donde mejor puede verse el atardecer, y a Firá (a donde se puede llegar en teleférico, a lomo de burro, o en ómnibus) y que son los dos principales puntos de interés turístico en la isla.

 

No son los únicos: están las playas de Kamári, y Périssa, las ruinas de la antigua Thira, el Museo Arqueológico y el de la Prehistoria. Pero lo que realmente atrae a los turistas son sus espectaculares vistas y el colorido de las casas que se alzan sobre sus cornisas volcánicas. No hay nada comparable a contemplar, por sobre los domos azules de sus iglesias, los atardeceres de Santorini.

Los famosos domos azules de Santorini

Nosotros no pudimos hacerlo desde Oia porque fue nuestra primera parada; pero lo hicimos desde la terraza de un restaurante en Firá. Habíamos estado recorriendo sus estrechas calles, entrando y saliendo de sus tiendas, a la espera de la puesta del sol. Cuando vimos que ya los tonos dorados del atardecer comenzaban a envolver el pueblo, entramos a uno de los muchos restaurantes que hay al borde de los acantilados. Desde allí, con una copa de vino en la mano, mientras el sol desaparecía detrás de las rocosas laderas que rodean la caldera volcánica de Thira, nos despedimos de Santorini.

 

Al otro día, al amanecer, llegamos a Míconos, la segunda parada del itinerario. Desde el balcón de nuestro camarote podíamos ver los molinos de viento que, alzándose en la costa, identifican a la más pequeña de las islas Cícladas. Esta vez, aunque el barco ofrecía varias excursiones, decidimos bajar a tierra por nuestra cuenta. Lo que pretendíamos era recorrer con calma sus callejuelas y dejarnos llevar por la intuición. Y así lo hicimos, descubriendo en el trayecto la simple belleza de su antigua arquitectura. En cada recoveco, una sorpresa: fachadas de tonos pasteles; balcones de madera con macetas de flores multicolores; ventanas de elaborada artesanía que, protegidas por enredaderas de fresco verdor, parecían desafiar el paso del tiempo.

Molinos de viento en Mikonos

Así estuvimos caminando toda la mañana, un poco perdidos en el laberinto de sus estrechas calles (diseñadas así para confundir a los piratas que la atacaban en los siglos diecisiete y dieciocho), hasta que llegamos a la llamada “Pequeña Venecia”, una hilera de edificaciones –restaurantes, bares y galerías de arte- que corren a lo largo de la costa, con sus terrazas abiertas al mar.

 

Por un momento pensamos almorzar allí, pero todavía era temprano y seguimos caminando hacia el puerto. En el camino nos encontramos a Pétros, el famoso pelicano de Míconos, que recorre sus calles para deleite de los turistas que, como nosotros, trataban de fotografiarlo. No lejos de donde estábamos, un poco hacia el norte de la Pequeña Venecia, se alza la iglesia de la Virgen de Paraportiani, que por sus caprichosas formas arquitectónicas es la más reconocible de la isla.  Aunque no  entramos en ella, antes de emprender el camino de regreso le tomamos algunas fotos.

Mikonos visto desde la cubierta del barco

Cuando llegamos al puerto, su calle principal seguía llena de turistas. No sólo de los pasajeros de los cruceros, sino de los que llegan a ella por ferry y permanecen allí varios días. Y es que Míconos también es famosa por su vida nocturna; algo que no pudimos comprobar, pues cuando los bares que se alinean en la famosa calle de Andhroníkou comenzaban a abrir sus puertas, nosotros ya estábamos de vuelta en el barco. Al anochecer, cuando nuestro crucero se alejaba de la costa pudimos ver, desde la cubierta, como las luces de Míconos se iban encendiendo, una a una, en los contornos de su litoral.

 

Manuel C. Díaz es escritor, crítico de arte y literatura y cronista de viajes.

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