Cultura/Educación

Picasso en el Reina Sofía

Por Manuel C. Díaz.

Leo en ZoePost que acaba de ser inaugurado en el Museo Reina Sofía, en Madrid, el Año Picasso, con el que se conmemora el 50° aniversario del fallecimiento del artista malagueño. En el acto estuvo presente Zoé Valdés quien, como se sabe, escribió La mujer que llora (Planeta, 2013), una novela basada en la tormentosa y abusiva relación que sostuvo Picasso con la fotógrafa Dora Maar, y que recibió el Premio Azorín 2013.

No es la primera vez que el Reina Sofia homenajea a Picasso. En realidad, lo ha venido haciendo desde que en 1992 una de sus obras más famosas, Guernica, cuelga prominentemente en una de sus salas. Lo sé porque en 2017, la última vez que mi esposa y yo visitamos Madrid, estrenaban allí la muestra Piedad y terror en Picasso: el camino al Guernica, para conmemorar el 80° aniversario de la obra. Y no he podido -leyendo hoy la nota de Zoé- dejar de recordar aquel memorable viaje.

Guernica. Picasso

Al llegar al hotel, cuando supimos de la inauguración de la muestra en el Reina Sofia, cambiamos nuestros planes y enseguida tratamos de comprar los boletos de entrada. Por suerte, los conseguimos a través de una compañía que ofrecía visitas guiadas. Fue una decisión acertada. No solo pudimos ver la muestra, sino que lo hicimos de la mano de un joven estudiante de Historia del Arte que nos explicó que el museo le había adicionado al conjunto de sus obras propias otras traídas del Pompidou de París, de la Tate Modern de Londres y del Metropolitan de Nueva York. “Esta visita será especial”, nos dijo. “En esta muestra hay obras que difícilmente vuelvan a ser reunidas, como Las tres bailarinas, de 1925 y Mujer peinándose, de 1940.

Cuando caminábamos hacia el museo no pude menos que recordar la historia del Guernica. Todo comenzó en 1937, en plena Guerra Civil, cuando el gobierno republicano decidió utilizar la Exposición Internacional de París para buscar apoyo a su causa. Los organizadores querían que la obra fuese un gran mural de quien en aquel momento era el artista español más conocido: Pablo Picasso.

El encargo, desde luego, venía acompañado de una petición: el cuadro debía representar la lucha de la República contra los sublevados que dirigía Francisco Franco. A regañadientes, pues hasta ese momento en su obra no había temas políticos, Picasso aceptó la encomienda.

Mientras trataba de encontrar inspiración para el cuadro, la fecha de la exposición de acercaba sin que el trabajo estuviese ni siquiera empezado. Entonces, el día 26 de abril, la Legión Cóndor alemana bombardeó la ciudad vizcaína de Guernica y Picasso comenzó a pintar. Lo demás es, como se dice, historia.

Recuerdo que en el museo todo estaba muy organizado. Antes de llegar a la sala donde está el Guernica era necesario pasar primero por una donde se exhibía una maqueta de la Exposición Internacional de París y la escultura, La dama diferente, que también se expuso en aquella ocasión. En la siguiente sala podían verse algunos de los bocetos preparatorios hechos a plumilla por Picasso y que terminarían formando parte de la obra final.

Museo Reina Sofía. Madrid

Es al pasar a esta sala cuando de repente aparece el Guernica en toda su plenitud. Sus tres metros y medio de alto por sus casi ocho de largo, con toda su simbólica carga de horror, ocupaban la totalidad de la pared. Nuestro guía no perdió tiempo y enseguida comenzó sus explicaciones: “Su estructura”, nos dijo, “es la de un tríptico cuyo panel central está ocupado por el caballo agonizante y la mujer portadora de la lampara”.

Mi esposa y yo tratábamos de seguir sus descripciones, pero la vista se nos iba hacia otros espacios de la tela. “A la derecha”, siguió diciendo, “está la casa en llamas con la mujer gritando y a la izquierda el toro y la mujer con su hijo muerto”.

Pero ¿qué significaban aquellas figuras? El joven guía ni siquiera intentó explicarlas. Se limitó a decirnos que “fueron tantas las interpretaciones que el propio Picasso, quizás molesto porque le seguían haciendo preguntas sobre su significado, terminó por decir que el toro era un toro y el caballo un caballo”.

Desde luego, Picasso mentía. Solo tuve que levantar la vista para comprenderlo. Aquellas nueve figuras estaban abiertas a cualquier interpretación. Antes de que nuestro guía terminara su explicación, los custodios de la sala nos ordenaron salir. Pero yo no me moví de mi lugar. No podía. Fue entonces que recordé lo que Picasso le dijo a su amigo Christian Zervos: “Yo quisiera que nunca se supiese cómo se han hecho mis cuadros. ¿Qué interés puede haber en eso? Lo que deseo es que de mis obras solo se desprenda la emoción”. Eso debió haber sido lo que me impedía salir de aquella sala: la emoción. Ni siquiera conociendo las zonas oscuras de la vida de Picasso, sobre todo las de su despreciable relación con las mujeres, pude dejar de admirar el Guernica. Lo admito: ignoré los elementos condenables de su vida para poder valorar su obra.

Aquella tarde, al salir del Reina Sofia, todavía pensando que no debí haber separado su vida de su arte, nos fuimos a la Plaza Mayor y después de dar algunas vueltas, terminamos cenando en Casa Botín, uno de nuestros rituales madrileños. Después de todo, cuando preparábamos el viaje en Miami, no sabíamos que Picasso estaría esperándonos.

A la mañana siguiente, retomamos nuestro plan inicial y nos fuimos en tren hasta Alcalá de Henares para visitar la casa donde nació otro genio que, hasta donde sabemos, no tuvo ese tipo de zonas oscuras: Cervantes.

El autor y su esposa Antonieta, en la Plaza Mayor

 

Manuel C. Díaz es escritor, crítico de arte y literatura y cronista de viajes.

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