Para un domingo antes del día del Pilar

Por Ulises Fidalgo.

 

Hoy es domingo. Un día antes del 12 de octubre, día del Pilar. Los domingos desayunábamos café con leche y pan con mantequilla. Servíamos en una antigua vajilla de porcelana china, que el resto de la semana abarrotaba una vitrina expuesta en el salón. Las tazas eran tan frágiles que recordaban el Tiempo. Dibujaba unas mujeres minimalistas de vestidos orientales con un paisaje ligero. A veces también servíamos té, y la tetera simulaba un dragón dorado y rojo del que le salía el humo del té por la boca. La mesa y las sillas eran de caoba firme con las patas torneadas. A mí me sentaban en una silla que no pertenecía al juego, pero no desentonaba. La había traído el ciclón del 26. Era el único objeto de la casa del cual sabíamos el modo en que había llegado. Todo lo anterior era viejo. Parecía dado de siempre, gratis y sin esfuerzos.

 

Ningún domingo hablamos de la antigua ruta del galeón de Manila, que zarpaba del puerto de Acapulco y llegaba a las Filipinas para cargar los productos del Oriente. Hubo un tiempo en que China creaba maravillas. Porcelana, seda, los mantones de Manilla que eran chinos, el papel, la tinta, los abanicos, té, cañas para servir cerveza, y claro, también cargaba especias. El barco emprendía el regreso por el tornaviaje que había descubierto Urdaneta. Después de largas semanas veían el Palo Alto de California y desembarcaban en la bahía de San Francisco. Las maravillas iban embelleciendo toda la hispanidad, desperdigándose a través de los caminos reales. Así algunas alcanzaban los puertos del Caribe y embarcaban hasta La Habana. Luego hacia Cádiz, entraban después en Guadalquivir, y finalmente atracaban en Sevilla.

 

En el desayuno nunca hacíamos caso al sonido de la cuchara contra la taza al revolver el azúcar. Era lo normal, pero algo nos hablaba de los muchos naufragios. Los alardes de algún marinero jactancioso, que en sus borracheras contaba historias inverosímiles. Las canciones, la sed, el mareo, los vómitos, la pestilencia de la cubierta, las plagas de ratas y las cucharadas literalmente hasta en la sopa. Nada nos importó. El pasado se vuelve siempre literatura cuando no olvido. Usábamos la ciudad como si fuera nuestra, sólo porque estábamos vivos y ellos ya no podían reclamar. Así dejamos que La Habana se deshiciera en ruinas sin pensar en que todo lo que existía, antes había sido un esfuerzo o una aventura, y aún antes un sueño.

 

Hernando de Soto se había casado con Isabel de Bobadilla (familia de Beatriz de Bobadilla, amiga y dama de la Reina Isabel). Estaba integrado en la corte de Castilla y probablemente habría tenido una vida fácil si no lo hubiera empujado la búsqueda del asombro, y el deseo de ir más allá. Plus Ultra. Se le vio primero en el Perú. Fue él quien le enseñó a jugar ajedrez al Inca durante su cautiverio. Luego fue nombrado Gobernador de la Isla de Cuba. Allí organizó una expedición hacia la conquista de tierras que sabía al norte. Lo que hoy es el Estado de Mississippi. Antes de partir, dejó a cargo del gobierno de Cuba a su desposada Isabel de Bobadilla. No sé si fue ella la primera mujer gobernadora en el continente americano, pero al menos sí la primera de la Isla de Cuba, y hasta ahora la única. Tras un ataque de los nativos, De Soto murió junto al río Mississippi, y para que no fuera profanado su cadáver, sus compañeros de armas lo hundieron en el fondo del Río. Dicen que la gobernadora de Cuba se acercaba a la bahía de La Habana todas las tardes para ver si en algún momento asomaban los mástiles en el horizonte.

 

Inspirado en aquella bella escena, seguramente legendaria, se diseñó una altiva veleta con cuerpo mujer, a la que llamaron Giraldilla, aludiendo a la Giralda de Sevilla. La estatua de Isabel de Bobadilla estuvo indicando el sentido de los vientos hasta el siglo XX. En el 1926, otra vez el ciclón del 26, apeó a Isabel de su larga espera. Ahora lo que hay es una réplica. Un recuerdo del recuerdo de una leyenda sobre recuerdos. Una ciudad no puede vivir sin sus fantasmas. Es más, las ciudades no se fundan para albergar a los vivos, sino para darle lugar a los muertos. Si los olvidas, la ciudad muere, y ellos mueren otra vez.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

6 Comments

  1. Heidys Yepe

    Hermosa lectura de Domingo. Encantada de leerle.

  2. Edmme Baguer

    Qué gusto leerlo.

    • Ulises Fidalgo

      Me encanta que le haya gustado. Abrazos. Felicidades. Mañana es el día de la Hispanidad.

    • Amalia

      Cuando las letras te conducen por los viejos pasillos de la casa de tu infancia, cuando recuerdas la tetera los detalles del dragón q tanto admiraste cuando el sonido interno de las palabras una de tras de otra entra como un puñal silencioso y te rasga el recuerdo ahí encontraste un poeta!!!! Gracias Ulises!!!

      • Ulises Fidalgo

        Gracias, Amalia. Siempre muy amable (como tu nombre sugiere). Esa tetera aún existe, y está en la misma vitrina. Ya no en La Habana Vieja, pero sí en San Agustín, bien cuidada por unos buenos amigos de mi madre.

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