Política

Medium. Rafael Rojas: En contra del informe del Departamento de Estado

Por Ulises Álvarez Laviada/Medium.

I

El 20 de julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un informe titulado «Cuba, la capital del comunismo en el siglo XXI», en el que sostiene que Cuba no constituye simplemente un régimen interno, sino una operación internacional de inteligencia e influencia ideológica que articula, o al menos participa, en un amplio conjunto de actores contemporáneos, entre los que se incluyen Rusia y China a nivel estatal, Hezbolá y Hamás a nivel de Oriente Medio, y Black Lives Matter, Antifa y ciertas variantes del activismo académico a nivel interno de Estados Unidos. El informe tiene sus problemas, y volveré sobre ellos. Pero posee un mérito estructural que quienes lo critican prefieren ignorar: nombra un fenómeno que existe, aunque lo haga de forma imprecisa. La cuestión es qué se hace con ese fenómeno una vez identificado.

El 31 de julio, Rafael Rojas publicó en El País un artículo titulado «Cuba, una capital para el comunismo del siglo XXI», republicado el 8 de agosto por Hypermedia Magazine. El artículo se propone desmantelar el informe. Su tesis es que la homologación entre Cuba, China, Rusia, Hamás, Hezbolá, Black Lives Matter y Antifa constituye una operación categórica defectuosa, y que confundir comunismo con antiamericanismo, como según él hace el informe, revela un anacronismo macartista al servicio de una función electoral interna del gobierno de Trump de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre. Rojas escribe con la elegancia argumentativa que lo caracteriza, con referencias bibliográficas académicas verificables y con la autoridad de un historiador cubano que lleva décadas trabajando en el tema.

En lo que sigue, sostengo tres puntos. Primero, que el argumento de Rojas se basa en una definición doctrinal estricta y anacrónica del comunismo que le permite triunfar en el terreno nominal a costa de fracasar en el estructural. Segundo, que esta operación es lo que denominaré nominalismo defensivo, y que su función política es proteger un territorio ideológico (el progresismo occidental contemporáneo) frente a su equiparación con Cuba, Hezbolá y Hamás. Tercero, que la observación estructural que el informe formula de manera imprecisa apunta, no obstante, a un fenómeno real que solo puede entenderse dentro del marco de la forma sacrificial del poder político, un marco que articulé en un ensayo anterior al que este texto sirve como continuación aplicada. El silencio de Rojas sobre dicho marco no es ni una omisión bibliográfica ni una limitación intelectual: es la condición misma de posibilidad de su argumento.

II

Para el lector que llegue a este ensayo sin haber leído La forma sacrificial del poder político, conviene recordar brevemente cuáles son las siete características que definen dicha forma. No repetiré aquí el argumento completo, que está disponible en la versión en inglés publicada en Medium, pero sí resumiré la estructura para que el análisis del texto de Rojas pueda basarse en ella.

La forma sacrificial del poder político opera mediante siete características que actúan de forma conjunta y se refuerzan mutuamente. Primero, la fusión entre el aparato de gobierno, la ideología que lo legitima y el destino existencial de la comunidad, de tal manera que criticar al gobierno se convierte en criticar a la nación y toda disidencia se transforma estructuralmente en traición. Segundo, la lógica binaria absoluta, que elimina la gradación política y reduce cualquier situación a un dilema entre términos mutuamente excluyentes: patria o muerte, libertad o esclavitud, resistencia o rendición. Tercero, la transformación del adversario en una entidad moralmente corrupta, en una figura demoníaca con la que no es posible negociar. Cuarto, la adopción de vocabulario litúrgico —martirio, inmolación, sacrificio, comunión— para describir la actividad política ordinaria, incluso cuando el régimen se declara oficialmente materialista y secular. Quinto, la transformación de la negociación pragmática en traición moral, de modo que ceder es rendirse y rectificar es apostasía. Sexto, la identidad colectiva basada en el asedio, que convierte al enemigo permanente en el oxígeno mismo del régimen y sabotea sistemáticamente cualquier condición de paz que amenace con desactivarlo. Séptimo, la transformación del tiempo político en tiempo escatológico, donde los resultados nunca se miden porque pertenecen a un futuro siempre postergado y donde el sufrimiento presente se reinterpreta como mérito moral en lugar de como un fracaso del sistema.

Cuando estas siete características operan conjuntamente y se mantienen a lo largo del tiempo, no nos encontramos ante un régimen autoritario ordinario ni ante una ideología determinada: nos enfrentamos a una arquitectura psicopolítica específica capaz de albergar cualquier contenido doctrinal. El castrismo lo alberga en un vocabulario marxista-leninista tercermundista. Hezbolá lo alberga en un vocabulario jomeinista chií duodecimano. Hamás lo alberga en un vocabulario suní neomusulmán palestino. Los contenidos son doctrinalmente incompatibles entre sí. La forma es la misma. Y es esa coincidencia estructural, y no ninguna afinidad doctrinal, lo que hace comparables a los tres regímenes.

Esta es la clave analítica que Rojas necesita ignorar para que su argumento se sostenga.

III

Rojas plantea en su artículo cuatro puntos centrales. Vale la pena examinarlos uno por uno, reconociendo la validez de cada uno y mostrando en qué se basa cada uno respecto de la estricta definición doctrinal que le permite eludir la observación estructural.

El primer paso es invocar la bibliografía académica sobre las relaciones entre la Revolución Cubana y la Nueva Izquierda durante la Guerra Fría (Paul Hollander, Van Gosse, Kepa Artaraz, Stanley Aronowitz, Todd Tietchen, Mark Sawyer, Patrick Iber) para sostener que «desde los años 70 y 80, cuando se alineó al bloque soviético, la Revolución Cubana perdió referencialidad en los movimientos feministas, antirracistas, descolonizadores y de liberación sexual». promovidos por la Nueva Izquierda» [a partir de los años 1970 y 1980, cuando se alineó con el bloque soviético, la Revolución Cubana perdió referencialidad en los movimientos feministas, antirracistas, descolonizadores y de liberación sexual impulsados ​​por la Nueva Izquierda]. La afirmación es correcta si se limita al estricto plano doctrinal. Cuba dejó de ser, de hecho, un referente doctrinal para la Nueva Izquierda occidental cuando esta evolucionó hacia repertorios posestructuralistas, feministas radicales, queer y decoloniales, que no compartían el aparato clásico marxista-leninista del castrismo. Rojas se impone en el plano doctrinal.

Pero la Nueva Izquierda occidental de la década de 1970 no es activismo antisistémico contemporáneo. El activismo actual, articulado en torno a Black Lives Matter, Antifa, el ecosistema pro-palestino occidental, ciertos sectores del activismo académico y organizaciones como CodePink o los Socialistas Democráticos de América, no se define por su fidelidad doctrinal a un marxismo clásico. Se define, precisamente, por su carácter de amalgama ecléctica de repertorios progresistas donde el marxismo estricto ha sido reemplazado por una constelación de posiciones anticapitalistas, antiimperialistas, estructuralmente antirracistas, decoloniales, pro-palestinas y antioccidentales que convergen en la práctica, aunque no compartan doctrina. Y en ese activismo contemporáneo, Cuba ha recuperado, o al menos mantenido, una referencialidad simbólica y operativa. No como un modelo doctrinal, sino como un polo simbólico del campo antisistémico latinoamericano y como un nodo de convergencia práctica con actores que van desde el chavismo hasta redes progresistas europeas y norteamericanas.

Al utilizar la bibliografía de la Nueva Izquierda para pronunciarse sobre el activismo contemporáneo, Rojas incurre en un desplazamiento temporal que el lector no percibe. Los libros de Hollander, Gosse y Artaraz describen un momento histórico específico, no el presente. Cuando el informe del Departamento de Estado habla de Cuba y de Black Lives Matter, no afirma que BLM lea a Fidel Castro con la misma devoción con la que Sartre lo hacía en los años sesenta. Lo que afirma, o al menos señala de forma confusa, es que Cuba y BLM se encuentran hoy dentro de un mismo campo político heterogéneo, articulado por convergencias antisistémicas, y que dentro de ese campo Cuba sigue funcionando como uno de sus polos simbólicos. La bibliografía académica de Rojas acierta en lo que describe, pero no describe lo que el informe plantea.

El segundo punto es la argumentación sobre los BRICS y el Sur Global. Rojas sostiene que «a pesar de su aproximación al altermundismo, La Habana quedó fuera del gran proyecto del Sur Global, el impulsado por Lula da Silva a través de los BRICS desde Brasil, precisamente por estar encapsulada en el circuito más pequeño y menos decisivo, geopolíticamente, de la Alianza Bolivariana». Aquí Rojas realiza un desliz categórico que vale la pena señalar. Los BRICS son un club específico de economías emergentes con criterios de admisión (peso económico, población, proyección global). Cuba no cumple con esos criterios y por esa razón no pertenece a los BRICS. Pero no pertenecer a los BRICS no significa estar fuera del Sur Global. Cuba fue miembro fundador y sigue siendo una pieza central del Movimiento de Países No Alineados; durante seis décadas ha mantenido cooperación médica, educativa y militar con países africanos, latinoamericanos y asiáticos; ha formado a cuadros políticos de decenas de gobiernos y movimientos; y continúa siendo, incluso en su bancarrota económica, un referente simbólico de la geopolítica antioccidental en el hemisferio occidental. El hecho de que no forme parte de los BRICS es un dato geopolítico específico, no prueba de su aislamiento global.

Durante décadas, Fidel Castro fue una figura central del Movimiento de Países No Alineados. Sus discursos en las Naciones Unidas, en Argel y en La Habana articularon gran parte del vocabulario contemporáneo del Sur Global. Que Cuba haya perdido peso económico en las últimas dos décadas es un hecho. Que haya perdido centralidad simbólica en el ámbito antisistémico latinoamericano y global es una afirmación distinta que Rojas necesita plantear para su argumento, pero que no demuestra. La distinción entre pequeñez económica y peso operativo o simbólico es precisamente lo que un análisis serio requeriría diferenciar, y es precisamente lo que Rojas ignora.

El tercer punto es la crítica a la homologación de Hamas, Hezbolá, Black Lives Matter y Antifa bajo la categoría de comunismo. Rojas tiene razón en el plano doctrinal estricto: Hamas es una organización islamista suní vinculada a los Hermanos Musulmanes, Hezbolá es una organización chií duodecimana vinculada a Irán, BLM es un movimiento antirracista estadounidense con raíces en el movimiento por los derechos civiles, y Antifa es una etiqueta descentralizada sin una estructura orgánica unificada. Ninguno de estos actores es marxista-leninista clásico. Rojas invoca esta pluralidad doctrinal como refutación de la homologación del informe. Y es aquí donde la definición estricta de comunismo se convierte en la pieza clave de su estrategia.

Porque el comunismo, en el sentido en que se emplea en el debate político contemporáneo, ya no designa la ortodoxia marxista-leninista clásica. Designa un campo político heterogéneo articulado por convergencias, no por una doctrina común. Ese campo tiene raíces reconocibles en el marxismo histórico y en la Nueva Izquierda, pero se ha reconfigurado en las últimas décadas como una amalgama ecléctica donde ya no es indispensable profesar el marxismo doctrinal para pertenecer a él. La observación pertinente no es si Hamás es marxista (no lo es), sino si Hamás, Hezbolá y Cuba comparten una arquitectura psicopolítica común. Y esa arquitectura común es precisamente la forma sacrificial del poder político.

Los tres regímenes operan mediante la fusión aparato-ideología-destino, mediante la lógica binaria absoluta, mediante la demonización del adversario, mediante el vocabulario litúrgico del martirio y el sacrificio, mediante la conversión de la negociación en traición, mediante la identidad de asedio, mediante el tiempo escatológico. Las siete características operan simultáneamente en los tres. Los contenidos doctrinales son incompatibles: marxismo materialista en Cuba, teología chiíta jomeinista en Hezbolá, islamismo suní palestino en Hamás. Las estructuras son las mismas. Y esa coincidencia estructural es el fenómeno real que el informe del Departamento de Estado nombra con imprecisión conceptual, pero al que apunta correctamente.

Que Rojas no vea, o no quiera ver, la coincidencia estructural es lo que le permite ganar en el terreno de la refutación doctrinal. Pero ganar ahí es ganar el debate equivocado. El debate correcto no es si Hamás profesa el materialismo dialéctico, sino si Hamás, Hezbolá y Cuba comparten una forma de organización del poder político cuya coincidencia exige explicación, y qué implicaciones tiene esa coincidencia para la reflexión política contemporánea. Rojas elude esa pregunta desmantelando la etiqueta. Al desmantelar la etiqueta, cree haber desmantelado el fenómeno. Pero la etiqueta y el fenómeno son cosas distintas, y desmantelar la etiqueta deja el fenómeno intacto.

El cuarto paso consiste en reducir el informe a un mero macartismo electoral. Rojas escribe que «en tiempos del macartismo, esas tergiversaciones de la historia se disimulaban mejor» y sugiere que el informe se explica por su función electoral en Florida de cara a las elecciones de mitad de mandato de noviembre, no por su solidez analítica. Esta operación tiene dos componentes que conviene distinguir. Uno es la comparación con McCarthy, que funciona como una descalificación moral por asociación con un episodio deshonroso de la historia de Estados Unidos. El otro es la reducción funcional del informe a una estrategia electoral, que permite a Rojas descartarlo sin tener que examinar sus argumentos empíricos…

Pulse aquí para acceder al sitio y terminar de leer el artículo.

Compartir

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*