Por Minervo L. Chil Siret.
Las elecciones celebradas el pasado 4 de octubre en Brasil no solo definieron una segunda vuelta presidencial. Revelaron una reconfiguración más profunda del mapa político del país y dejaron una señal que trasciende la disputa entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.
El primer turno produjo un resultado más favorable a la derecha de lo que anticipaban buena parte de las encuestas, fortaleció considerablemente al Partido Liberal (PL) en el Congreso y dejó a la derecha y al centro-derecha con una presencia territorial significativa. Al mismo tiempo, Lula conservó una base electoral de enorme magnitud y volvió a demostrar la capacidad del Partido de los Trabajadores (PT) para resistir en sus principales bastiones.
El resultado no permite dar por decidida la elección presidencial. Pero sí obliga a revisar algunas de las premisas con las que Brasil llegó a las urnas.
Una primera vuelta más ajustada de lo esperado
Con el 99,99 % de las urnas escrutadas, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % de Lula. La diferencia fue de apenas 1,87 puntos porcentuales, poco más de 2,2 millones de votos.
Ninguno alcanzó la mayoría absoluta, por lo que ambos volverán a enfrentarse el próximo 25 de octubre.
La magnitud del resultado merece atención. Los dos candidatos concentraron más del 92 % de los votos válidos, mientras que los restantes quedaron muy por detrás. Augusto Cury obtuvo el 2,89 % y Renan Santos el 2,25 %, mientras Ronaldo Caiado y los demás candidatos completaron el resto.
La polarización electoral fue, por tanto, extraordinariamente intensa. Pero hay un dato adicional: la diferencia entre los dos primeros candidatos fue la menor registrada en una primera vuelta presidencial desde la redemocratización.
Eso significa que la ventaja de Flávio es real, pero también que el punto de partida de la segunda vuelta es extraordinariamente estrecho.
Lula mantiene una base electoral considerable y conserva el dominio de buena parte del Nordeste. Sin embargo, el resultado mostró también una mayor fortaleza del campo bolsonarista en varias regiones del país.
Brasil llega así a la segunda vuelta con dos candidatos que concentran prácticamente todo el voto competitivo y con una diferencia demasiado pequeña para convertir el resultado del 4 de octubre en una conclusión sobre el 25.
Encuestas y urnas: una discrepancia que merece explicación
Uno de los elementos más llamativos de la jornada fue la distancia entre algunas de las últimas encuestas y el resultado efectivo.
En la víspera de la elección, varias mediciones situaban a Lula ligeramente por delante de Flávio en la primera vuelta. Datafolha, por ejemplo, estimaba el 45 % de los votos válidos para Lula y el 42 % para Flávio. En una eventual segunda vuelta, la misma encuesta mostraba también una diferencia pequeña, dentro del margen de error.
El resultado terminó siendo diferente: Flávio quedó primero con el 47,03 %, mientras Lula obtuvo el 45,16 %.
No sería prudente convertir una sola elección en una prueba definitiva de que las encuestadoras son incapaces de medir el voto conservador. Tampoco puede descartarse que haya habido movimientos de última hora, dificultades para captar determinados segmentos del electorado o diferencias entre la intención declarada y el comportamiento efectivo en las urnas.
Pero la discrepancia es suficientemente importante como para merecer un análisis posterior.
La cuestión no es simplemente por qué las encuestas se desviaron del resultado. Es qué características del electorado brasileño hicieron posible esa diferencia.
Cuando varias mediciones presentan durante semanas un determinado escenario y el resultado electoral se aparta de él, no solo cambia la interpretación de los números. También cambia la percepción que partidos, medios y electores tienen de la correlación de fuerzas.
En este caso, las urnas mostraron que el campo político representado por Flávio tenía una capacidad electoral mayor de la que sugerían buena parte de las mediciones inmediatamente anteriores al voto.
El Congreso: el cambio no fue solamente presidencial
El resultado presidencial tampoco puede analizarse de manera aislada.
El PL experimentó un crecimiento considerable en las elecciones legislativas y pasó a ser la mayor fuerza partidaria individual tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. El partido tendrá 28 senadores en la próxima legislatura y obtuvo 121 escaños en la Cámara.
El dato es importante porque modifica la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo, independientemente de quién gane el 25 de octubre.
Si Flávio llega a la Presidencia, encontrará un Congreso en el que su propio partido tendrá una capacidad de negociación mucho mayor que la que tenía al comenzar la legislatura anterior.
Si Lula consigue la reelección, deberá gobernar con una oposición parlamentaria considerablemente fortalecida.
A esto se suma la importancia del llamado Centrão, cuya capacidad de negociación seguirá siendo determinante para la formación de mayorías y para la gobernabilidad.
Por eso, quizá el dato más significativo de las elecciones legislativas no sea simplemente que la derecha haya ganado más escaños. Es que el resultado presidencial y el legislativo apuntaron en la misma dirección: el campo político asociado al bolsonarismo aumentó su peso institucional.
Eso no significa que todos los partidos de derecha y centro-derecha actuarán como un bloque homogéneo. Brasil continúa teniendo un sistema partidario fragmentado y una larga tradición de alianzas pragmáticas.
Pero sí significa que el próximo presidente tendrá que gobernar teniendo en cuenta una correlación de fuerzas parlamentarias diferente de la que existía al comienzo del actual mandato.
El mapa de los estados también cambió
La elección de gobernadores ofrece una segunda evidencia de esa transformación.
Veinte de los 27 estados definieron su gobernador en primera vuelta, el número más alto desde que comenzó la actual serie histórica en 1990.
El PL obtuvo cinco gobiernos: Paraná, Santa Catarina, Rio Grande do Sul, Rondônia y Roraima.
El Republicanos obtuvo otros tres, entre ellos São Paulo, con la reelección de Tarcísio de Freitas, y Minas Gerais, donde Cleitinho Azevedo fue elegido gobernador.
El PT conservó Bahía, Ceará y Piauí.
El resultado no permite reducir el mapa estatal a una simple división entre «derecha» e «izquierda», porque varios gobernadores electos pertenecen a partidos distintos y mantienen posiciones propias. Pero sí muestra una presencia particularmente fuerte de la derecha y el centro-derecha en varios de los principales centros demográficos y económicos del país.
São Paulo es el ejemplo más evidente. Tarcísio de Freitas fue reelegido con el 62,65 % de los votos válidos. En Minas Gerais, Cleitinho Azevedo también ganó en primera vuelta.
Otros siete territorios federales —Acre, Amazonas, Distrito Federal, Espírito Santo, Rio de Janeiro, Rio Grande do Norte y Tocantins— tendrán segunda vuelta.
El resultado territorial importa porque los gobernadores no son simples apoyos simbólicos para una candidatura presidencial. Controlan estructuras políticas, administrativas y partidarias que pueden tener relevancia durante una segunda vuelta y, posteriormente, para la gobernabilidad.
Brasil no eligió solamente un presidente, un Congreso y gobernadores. Eligió simultáneamente una nueva distribución territorial del poder.
La segunda vuelta: votos que todavía están en juego
El resultado del primer turno deja varias variables abiertas.
La primera son los votos de los candidatos que quedaron fuera de la contienda.
Más de nueve millones de brasileños votaron por candidatos distintos de Lula y Flávio. Una parte importante de esos electores se encuentra ideológicamente más cerca de uno de los dos campos que del otro, pero no sería correcto asumir que sus votos se trasladarán automáticamente.
Los votantes de Caiado, Cury, Renan Santos y los demás candidatos no constituyen un bloque homogéneo. Algunos pueden apoyar a Flávio; otros pueden optar por Lula; algunos podrían votar en blanco, anular el voto o simplemente no participar.
La segunda variable es la abstención.
Más de 33 millones de electores no acudieron a votar en la primera vuelta, algo más del 21 % del padrón. Fue la mayor abstención registrada en una elección general desde 1998.
Y esos electores no desaparecieron del proceso. Quienes no votaron en la primera vuelta pueden hacerlo en la segunda, siempre que mantengan su situación electoral regularizada.
Esto convierte la movilización en una variable central de las próximas tres semanas.
La segunda vuelta, por tanto, no será únicamente una disputa por los votos de los candidatos eliminados. Será también una disputa por convencer a quienes ya votaron por uno de los dos finalistas, atraer a quienes eligieron a otros candidatos y movilizar a quienes no participaron en la primera ronda.
La tercera variable es la capacidad de cada candidato para ampliar su coalición sin perder parte de su propia base.
Lula necesita atraer sectores que no votaron por él en la primera vuelta. Flávio necesita hacer lo mismo. Ambos tendrán que buscar apoyos más allá de sus electorados naturales.
La cuestión central ya no será solamente quién consiguió más votos el 4 de octubre, sino quién consigue transformar su posición de primera vuelta en una mayoría nacional el 25 de octubre.
Un precedente histórico importante, pero no una garantía
Existe un dato histórico que no puede ignorarse.
Desde la redemocratización, ningún candidato que terminó segundo en una primera vuelta presidencial consiguió posteriormente ganar la segunda. En las siete elecciones que llegaron a segunda vuelta desde 1989, el candidato que quedó primero en la primera votación terminó siendo elegido presidente.
Ese precedente otorga relevancia al resultado de Flávio.
Pero convertirlo en una predicción sería un error.
La diferencia actual es inferior a dos puntos porcentuales y la elección de 2026 tiene características propias. El volumen de votos todavía disponible, tanto por transferencia como por movilización de abstencionistas, es suficientemente grande como para impedir que la historia sustituya al análisis de la campaña que comienza ahora.
La primera vuelta establece una posición. No determina por sí sola el resultado final.
Más que una alternancia presidencial
Quizá el aspecto más importante de esta elección sea que el desplazamiento hacia la derecha no aparece solamente en el resultado presidencial.
Está presente en el Congreso, en varios gobiernos estaduales y en la distribución territorial del poder. También aparece en la dificultad del PT para ampliar su base fuera de sus principales zonas de fortaleza.
Esto no significa que Brasil se haya convertido en un sistema bipartidista formal. Tampoco significa que todos los electores de derecha sean bolsonaristas ni que todos los partidos de centro-derecha respondan automáticamente al PL.
Pero sí parece razonable hablar de una polarización política estructurada alrededor de dos grandes campos electorales: el lulismo y el bolsonarismo.
La pregunta que plantea la segunda vuelta es si esa polarización continuará siendo principalmente electoral o si terminará produciendo una nueva configuración institucional del sistema político brasileño.
Una elección con consecuencias más allá de Brasil
La dimensión regional tampoco es menor.
Brasil es la mayor democracia de América Latina y, por su población, economía, peso diplomático y capacidad de influencia, cualquier cambio significativo en su orientación política tiene consecuencias hemisféricas.
Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro modificaría la relación de Brasil con Estados Unidos, con los gobiernos latinoamericanos de izquierda y derecha y con los organismos y agrupaciones internacionales de los que Brasil forma parte.
Una victoria de Lula, por su parte, supondría la continuidad general de su actual orientación, pero bajo una relación diferente con un Congreso y un mapa estadual que han cambiado significativamente.
Sería, sin embargo, prematuro reducir el significado de la elección a un simple giro geopolítico hacia la derecha.
La cuestión más profunda sigue siendo institucional.
Brasil ha demostrado en los últimos años que puede atravesar una polarización política extraordinariamente intensa sin abandonar el mecanismo electoral como vía de resolución de sus disputas. Precisamente por eso, la segunda vuelta tendrá importancia no solo por quién gane, sino por cómo ambos campos acepten y procesen el resultado.
En una democracia fuertemente polarizada, cada elección puede convertirse en una disputa existencial. Cuando eso sucede, el adversario deja de ser percibido como alguien que puede gobernar alternativamente y empieza a ser tratado como una amenaza que debe ser derrotada a cualquier precio.
Ese es un riesgo para cualquier democracia, independientemente de quién ocupe el poder.
Lo que realmente dejaron las urnas
Las elecciones del 4 de octubre dejaron un resultado presidencial estrecho, pero un desplazamiento político mucho más amplio.
Flávio Bolsonaro terminó primero y llevará esa ventaja a la segunda vuelta. Lula conservó una base electoral enorme y mantiene una posición especialmente fuerte en el Nordeste. El PL emergió como la mayor fuerza partidaria individual del Congreso, mientras la derecha y el centro-derecha ampliaron su presencia en los gobiernos estaduales. Y millones de brasileños que no participaron en la primera vuelta todavía pueden hacerlo en la segunda.
Todo ello hace que la elección del 25 de octubre sea mucho más que una repetición del enfrentamiento entre Lula y Bolsonaro. Será una prueba de hasta dónde puede llegar el desplazamiento político revelado el 4 de octubre y de cuánto de la estructura electoral construida por el lulismo continúa siendo capaz de resistirlo.
La primera vuelta no decidió quién gobernará Brasil. Pero sí cambió la pregunta con la que el país llega a la segunda: ya no se trata solamente de saber si Lula continuará en el poder, sino de determinar hasta dónde ha cambiado la correlación de fuerzas que sostiene al sistema político brasileño.
La segunda vuelta mostrará si ese cambio se consolida, se modera o vuelve a equilibrarse.
Y, más allá de quién gane, quedará una cuestión todavía mayor: si Brasil será capaz de atravesar una polarización cada vez más profunda sin convertir cada alternancia electoral en una amenaza para la convivencia democrática.
Minervo L Chil Siret.
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.















