Luz para las naciones

Jánuca. Imagen Ri Ya. Pixabay

Por Antonio Marrero.

¡Levántate, resplandece! Porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor resplandecerá sobre ti” (Is. 60, 1)

En estos días el pueblo judío celebra la fiesta de Janucá, o fiesta de las luces. Esta festividad remora la victoria de Judea sobre el imperio seléucida que les oprimía, y actualiza la purificación o redención del segundo Templo que había sido profanado por la idolatría griega, y por muchos judíos que dejándose seducir por el poder del tirano perseguían, atemorizaban, golpeaban y denunciaban aquellos hermanos suyos que fieles a sustradiciones y a su religión luchaban contra el opresor.

Esta festividad se celebra comenzando el día 25 del mes de Kislev, según el calendario hebreo, finales de noviembre y principios de diciembre según el calendario gregoriano, y dura 8 días en las que se va encendiendo cada una de las velas del candelabro de nueve brazos. Pero más que detenernos en lo que es el ámbito histórico, esta fiesta tiene un trasfondo espiritual, de mucha riqueza para todos los pueblos y es un auténtico alimento para el alma humana, como es costumbre en la historia de Israel.

Esta festividad está ligada a otra que es la segunda celebración de más importancia en el mundo cristiano y en occidente en general, al 25 de diciembre, que en la antigüedad se celebraba el nacimiento del nuevo sol, la nueva luz que nace con el solsticio de invierno, la Navidad, para la cristiandad ¨la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo¨ quién se proclamó como esa luz que viene a iluminar a todo hombre de buena voluntad: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que encontrará para si la luz de la vida” Jn. 8, 12.    

¿Pero que enseñanza como pueblo del siglo XXI, nosotros podemos obtener de estas fiestas?

Primeramente, tomar conciencia en aquello que el apóstol Pablo nos dice en la carta que dedica a la iglesia de Éfeso: ¨…fortalézcanse en nuestro Señor y en la grandeza de su poder, y vístanse de la armadura de Dios, para que sean capaces de estar firmes ante las estrategias del adversario; porque su lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados, contra gobernantes, contra poseedores de este mundo de tinieblas y contra espíritus malignos que están bajo los cielos” Ef. 6, 10-12.   Para ganar la batalla de este mundo y derrotar a los opresores hay que saber combinar las batallas espirituales, con las batallas materiales. En repetidas ocasiones hemos hablado y escuchado aquello de unidad y reconciliación, y es bueno tener en claro que la unidad de un pueblo no nace de la uniformidad, las naciones se constituyen y se fortalecen aunando los dones y carismas que como hijos de una misma tierra el Todopoderoso va concediendo a sus ciudadanos para el bien y servicio común, solo así nace la unidad de un pueblo que cada día se esfuerza por ser más grande y fuerte.

Por otra parte, la reconciliación de un pueblo lleva un proceso cronológico que no puede alterarse, porque de lo contario jamás se habrá aprendido la lección, y no habrá plena reconciliación. Como pueblo y como nación debemos reconciliarnos con nuestra historia, como punto de partida, o sea con nuestros mayores, nuestros pensadores y aquellos hombres y mujeres que en el tiempo lo dieron todo y se dieron a si mismo por alcanzar el don preciado de la libertad. El segundo paso, y no menos importante que el primero, es reconciliarnos con Dios, con ese Dios de la vida que para nosotros como pueblo y nación es el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, en su Nombre nacimos como pueblo, en su Nombre alcanzamos la libertad del yugo colonial y en su nombre Nacimos como República. Un pueblo que abandona a su Dios por dioses falsos esta destinado a caer en caos y el horror ya que la llama de la fe se extingue, nada ilumina a la persona humana, solo nos queda la oscuridad, el egoísmo, odio, supersticiones e idolatrías, y todo esto son signos de muerte, el profeta Jeremías nos dice: “Maldito el hombre que confíe en el hombre y haga del hombre su brazo, y aparte de Dios su corazón¨ Jr. 17, 5. El fracaso se hace visible y palpable. Ya es tiempo de volver a Dios porque ¨Bendito es el hombre que confíe en Dios y cuya confianza es el Eterno¨ Jr. 17, 7.

Cuando nos volvamos a Dios y como pueblo pidamos perdón por nuestras faltas contra El y contra nuestros hermanos, entonces tendremos la fuerza para ganar las batallas que como pueblo tenemos que librar para alcanzar de manera definitiva la libertad. En el libro del Éxodo se nos narra la victoria de Israel sobre Amalec, y la imagen triunfante está en los brazos alzados de Moisés: nos dice el autor sagrado que mientras Moisés tenia los brazos levantados y Aaron se los sostenía, Josué ganaba la batalla, porque la Mano poderosa del Eterno estaba con ellos como pueblo, por lo tanto, un pueblo que levanta las manos hacia lo alto, está destinado a ganar aquí en lo bajo. En el sentido místico lo alto representa al cielo, al Reino de Dios, al Trono del Eterno, lo bajo representa la tierra prometida, la que mana leche y miel, el habitad de los Hijos de Dios, que hay que conquistar y de la que se debe echar fuera todo aquello, y todos aquellos que se oponga al progreso conforme los designios del Creador para con su creación.

Combinar las batallas espirituales junto a las materiales es el secreto para el triunfo y la prosperidad del pueblo: ¨…vístanse de toda la armadura de Dios para que puedan resistir al Maligno, y estando preparados en todo, puedan estar firmes. Estén firmes, y ciñan sus lomos con la verdad, y vístanse con la coraza de la justicia, y calcen sus pies con la buena voluntad del Evangelio de la paz¨ Ef. 6, 13-15. Luego habrá tiempo para la reconciliación personal, los unos con los otros, a fin de sanar heridas, perdonar ofensas, para llorar juntos por las veces que por un puñado de hombre y una ideología diabólica hemos endurecido el corazón contra nuestro Dios y nuestros hermanos. Pedirnos perdón y pedirles perdón a los que de una manera u otra ya no están, se marcharon o les obligaron a marchar sin ver en su terruño hondear la bandera de la libertad. Llorar si, por los años robados, la niñes violentada, la juventud desperdiciada y la vejes abandonada. Llorar y ofrecer réquiem por nuestros muertos, y elevar los brazos y el corazón al cielo para decir “nunca más”. Jesús de Nazaret, el hijo de la Virgen María nos enseña a no tener miedo ¨Tengan ánimo, soy yo; ¡no tengan miedo! ¨(Mc. 6, 50), en esto reside la fuerza para ganar todas las batallas, no tener miedo, a nada ni a nadie, e incluso no temer el perder la guerra. La persona espiritual no tiene miedo y el sacrificio de cada persona es no tener miedo. El papa Juan Pablo II nos decía: “Por más poderoso que sea un dictador, solo es un hombre, no tengáis miedo”.

Cuando encendemos una vela, lo que, desde el ámbito espiritual, proclamamos es que la Palabra de Dios es la luz del mundo, Cristo es la Palabra viva del Dios vivo y esa Palabra se ha hecho carne y habita en medio de nosotros, Jn. 1, 14. Cada familia que conforman los pueblos y las naciones tienen el derecho divino de contemplar la gloria de Dios, que en Jesús ha venido a nosotros lleno de gracia y verdad. Arriesgarnos a que la luz este prendida, es mantener viva la llama de fe, y con ella encendida la luz que es la sabiduría que Dios nos regala como don, por eso el pueblo que proclama los secretos de la luz está destinado a vivir en abundancia, porque la bendición del Creador le acompaña todos los días de su vida. Nuestra victoria esta en abrir nuestro corazón al El: Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entrare con él, y comerécon él y el conmigo¨ Ap. 3 20.    

Feliz fiesta de la Luz.

Antonio Marrero, teólogo y biblista.

   

2 Comments

  1. Pingback: Luz para las naciones – – Zoé Valdés

  2. Muy buen articulo esperando que las personas inicien a leer las sagradas escrituras almenos pocas lineas cada noche happy hanukkah everyone

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