Por Hughes/La Gaceta de la Iberosfera.
La complejidad política española, tan irresoluble, hace que al escuchar su himno me parezca ya con más miga que La Marsellesa; efusiones patrióticas al margen, por supuesto.
Pero ¿quién no siente España cuando suena el himno fuera? ¡Si nos están mirando!
Nos mira el mundo, y oye, Javier Bardem sigue en la grada con su camiseta. Se dirá lo que se quiera, pero el hombre ha estado ahí, con su España, aunque sea la ‘suya’. No está Manolo el del Bombo, pero ha estado él. Es lo que hay.
Tras el himno, un minuto de silencio ¿en memoria de quién? Un atentado de hace diez años. «Petición de Macron». Siempre esa repelente necesidad de la excepción francesa…
Me di cuenta que del fondo del cerebro reptiliano me llegaba el viejo prejuicio contra «los gabachos» por esa leve irritación de Macron, aunque luego todo eran sensaciones de simpatía, solidaridad y hasta lástima.
Porque desde el minuto uno se supo que ganaba España. Se vio ya en el rostro asustado de Deschamps, que siempre se equivoca. Qué tío, parece que lo puso ahí De Gaulle…
El dominio de España fue total. Una unidad contra otra cosa. Pero no por falta de trabajo o de concepto. Era como ver a un equipo de la era de las libros contra otro de las pantallas. La base estaba en la asombrosa seguridad alrededor de Rodri. Su manera de fijar y unir las líneas, la inteligencia de los centrales compactada con los medios, y unos laterales que de repente se elevaban con la pelota como un vuelo de volantes de una bailaora. Y ante eso, ¿qué podían hacer los franceses? Mirar. Recibieron un baile que debería provocar un giro filosófico en Clairefontaine, Las Rozas de ellos.
En España, si uno se fija, todos son un poco centrocampistas. Todos han jugado en el centro del campo alguna vez o podrían hacerlo. Cubarsí es inteligente, Laporte buscaba con ojo proyectar a Cucurella en las primeras acciones, los laterales son vivísimos (qué importante es que el lateral sea siempre, mejor o peor, pero intuición viva), y en el centro, Rodri se vale de Fabián como un ayudante satelital en una constante interpelación… Fabián (¡qué humildad!) es un poco su escudo.
La asabiya española, esa argamasilla, es impresionante. La España campeona era un espectáculo de control de la pelota, de prodigios que giraban imantados. Esta no lo tiene en ese grado, pero tiene una vertebración extraordinaria. Qué cosa es que España se haya especializado en esa arquitectura invisible que se tiene con el balón y sin el balón, igual en la presión que en la espera.
No habían estado finos los de arriba, pero la sensación era… como en las ofrendas a la Virgen de los Desamparados en mi tierra, cuando hacen un enorme cuerpo de madera, el cadafal, que se va llenando de flores con las horas. Esa sensación me daba España, cadafal que espera, nervadura esperando florecer, cadalso también de guillotinas… ¿no quería historia francesa Macron?
(Ayudó a ejecutar el árbitro salvadoreño, que era como una maravillosa y diminuta criatura del fair play de la FIFA)…















