La Virgen del Malecón

La Virgen es amarilla porque es de oro. Obra de Walfrido Hau Ferrer

Por Manuel C. Díaz. 

 

(Fragmento)

La primera aparición

 

Había estado lloviendo todo el día y Conrado Manuel no había podido salir a mover sus animales. La tormenta había oscurecido el cielo y aunque todavía no eran ni las dos de la tarde, parecía de noche. Se oían truenos a lo lejos, como si se originaran en la sierra y bajaran trepidando desde la cordillera hasta el llano. Los relámpagos, en cambio, se desprendían iluminadores sobre el techo del bohío. Un manto de nubes grises se extendía abarcador por toda la zona. Conrado Manuel estaba recostado a uno de los horcones de la puerta y miraba hacia donde suponía que estarían pastando sus animales. Entonces se volvió hacia Mercedes, su mujer, y dijo:

–Vieja, no veo a los animales; deben haberse espantados con tantos truenos. Ella pareció no prestarle atención, siguió barriendo el piso de la cocina, pero para tranquilizarlo dijo:

–No deben estar muy lejos.

Conrado encendió el cabo de tabaco que se le había apagado y dijo:

–Pues desde aquí no los veo.

Mercedes dejó de barrer y sin soltar la escoba, con un poco de fastidio en el tono, le preguntó:

–Por Dios, Conrado, ¿a dónde va a ir ese par de bueyes viejos?

El pasó por alto el exabrupto y contestó:

–A donde menos tú te lo imaginas. Los animales se alebrestan con la lluvia. Hizo una pausa y añadió:

–Aunque sean viejos.

Mercedes sabía que él saldría a buscarlos. Llevaban tantos años juntos que ya se adivinaban el pensamiento. Habían campeado con suerte las etapas del desamor cotidiano y las ruindades instantáneas de la miseria. Conrado era un hombre fuerte, pero los últimos infortunios parecían haber hecho mella en él. Mercedes lo miró y le pareció más acabado que nunca. Ella misma, a sus cincuenta años, también estaba acabada. Había encanecido por completo y sus grandes ojos negros, con el brillo de la juventud perdido, se le hundían en sus cuencas.

–Bueno, si vas a salir, espera por lo menos a que escampe.

Pero él no le hizo caso. Se puso el sombrero, botó el cabo de tabaco y salió a ensillar el caballo. Antes de llegar al cobertizo, un rayo cayó en una de las palmas que franjeaban el camino. El penacho se incendió y el caballo, asustado, partió la puerta con las patas delanteras y salió al galope. Conrado lo vio atravesar el primer cuartón despidiendo fango con los cascos. Y lo vio desaparecer, difuminado por la lluvia, entre la arboleda del fondo.

 

Conrado no se detuvo en el cobertizo. Atravesó a pie el primer cuartón, chapoteando en el lodo, y al llegar a la talanquera descubrió por donde habían escapado los animales. La cerca estaba rota a la altura del sembradío de los boniatos, y entre el alambre y los postes, podía verse la hierba pisoteada. Las huellas en el fango señalaban hacia el río. Conrado miró hacia la arboleda y dudó entre buscar el caballo o los bueyes. Pero fue sólo un momento; enseguida se decidió por los bueyes. Todavía bajo la lluvia, ya empapado, tomó un trillo que serpenteaba entre grandes lajas de piedra caliza y conducía directamente a la quebrada. Se detuvo al borde de una pequeña hondonada que bajaba hasta el río y desde lo alto divisó sus animales pastando tranquilamente en la otra orilla. “No pueden haber bajado por aquí”, pensó. “Deben haberlo hecho a la altura del naranjal”. Conrado fue bordeando la hondonada hasta que se emparejó con el río donde una hilera de pinos marcaba el límite de su pedazo de tierra. Había dejado de llover y en la arenilla de la ribera todavía podían verse las marcas que sus animales habían dejado al cruzar. En esa parte el río se estrechaba y se convertía en un riachuelo de poca profundidad. Conrado lo atravesó con el agua a las rodillas, sin siquiera quitarse las botas, pero cuidándose de no pisar en falso. Al llegar al otro lado, avanzó a lo largo de la orilla, desandando el camino hacia donde estaban sus animales. Fue entonces que escuchó el canto. Era una voz de mujer y provenía del naranjal. Conrado se detuvo; a menos de cien pasos, todavía con las sogas partidas colgándoles del pescuezo, estaban sus bueyes. Los animales dejaron de pastar y levantaron las cabezas. Pero no intentaron huir. Permanecieron allí, inmóviles, masticando con lentitud bovina la hierbita fresca que crecía entre la ribera y el bosque. Conrado volvió a escuchar el canto. Miró hacia sus bueyes, pero en lugar de ir a cogerlos, sin saber por qué, se adentró en el naranjal. Caminó un tiempo entre los árboles, resbalando en el fango y siguiendo el rastro sonoro que lo conduciría hasta el lugar de donde provenía el canto. Hasta que llegó a un claro que se abría en forma circular. Entonces la vio.

 

La Virgen estaba debajo de un árbol, justo en el entronque de dos grandes ramas. Conrado la reconoció de inmediato por sus vestimentas. Era exacta a la imagen del cuadro que Mercedes tenía colgado en una pared del cuarto, junto a la de un niño con una bata azul y una capa carmelita sobre los hombros. Al principio, por el tamaño de las figuras y los colores de las ropas, los confundía. Nunca reparó que el niño sostenía una espiga de trigo en una mano y en la otra un cetro coronado por el globo terráqueo. Hasta que un día Mercedes le explicó la diferencia: “Esta es la Virgen de la Caridad del Cobre, la madre de Dios. Y este es el Santo Niño de Atocha, su hijo”. En aquella ocasión le advirtió: “Mi madre me encomendó a la Virgen al nacer. Si vas a ser mi esposo para siempre debes respetar mi veneración por ella y por su hijo”. Y añadió: “Yo no te pido que creas; pero me tienes que prometer que me vas a dejar adorarla”. A pesar de su incorporación a las cooperativas campesinas del gobierno, Conrado había cumplido su promesa. No le importó siquiera que el comisario político de la asociación de pequeños agricultores del municipio lo supiera. Cuando en una reunión lo criticaron por permitirle a Mercedes asistir a misa, les contestó: “Las creencias de mi mujer son un asunto mío”. El comisario no volvió a hablar del asunto. Conrado era un campesino oriental de pocas palabras con el que era mejor no discutir. Tenía la cabeza cuadrada y unas espaldas anchas como los maderos de una cruz. Había heredado el carácter voluntarioso de su padre, un gallego republicano que se había asentado en la zona de Mayarí, huyendo de Franco. Pero Conrado no sólo le había permitido a Mercedes asistir a misa, sino que, con el tiempo, para complacerla, aprendió a persignarse y hasta comenzó a pedirle favores a la Virgen. En realidad, no eran peticiones directas, sino comentarios que tenían que ver con las necesidades de la finca. Cada noche, antes de acostarse, se acercaba al cuadro y le hablaba en voz baja: “Hace más de un mes que no llueve; a los animales no se le acaban de quitar los parásitos; en el consolidado de Santa Rita dicen que el motor de la turbina no tiene arreglo”. Se había parado tantas veces frente a su imagen, que podía describirla de memoria. Por eso ahora la había reconocido de inmediato. Se fijó que la capa azul cielo le colgaba por los lados y sus puntas, enredada en los arbustos, parecían estar disparejas. El dorado de sus pespuntes brillaba y se confundía con el amarillo de las naranjas maduras. Estaba despeinada, descalza, y sin corona. A pesar de la oscuridad, su figura resplandecía sin causa aparente.

–Acércate, Conrado—dijo.

Pero Conrado no se acercó. Lo que hizo fue quitarse el sombrero, sujetarlo contra el pecho en señal de reverencia, y sin dejar de mirarla, muerto de miedo, retroceder lentamente hacia el río. Antes de que se perdiera en el naranjal, la Virgen alcanzó a decirle:

–Mañana ven con Mercedes.

 

Conrado no recogió los bueyes. Atravesó el río a grandes zancadas sin preocuparse siquiera por pisar firme en las piedras grandes. Cruzó el primer cuartón y al pasar frente al cobertizo, vio que el caballo había regresado; pero, aunque le vio el lomo ensangrentado, no se detuvo. Siguió dando tumbos hacia el bohío. Mercedes lo esperaba en la puerta. Antes de que él pudiera contarle lo ocurrido, ella extendió los brazos con las palmas de las manos hacia abajo y gritó:

–¡Mira esto, Conrado!; ¡mira esto!

Conrado sabía que Mercedes era una mujer de una entereza temible. Lo había demostrado en los momentos más difíciles de su vida en común. Así que cuando la vio casi al borde de las lágrimas, palideció. En el dorso de las manos de Mercedes podían verse dos llagas púrpuras de bordes irregulares. Justo en el centro de las heridas, unas postillas sanguinolentas semejaban dianas perfectas.

Conrado trató de tomarles las manos, pero ella las apartó.

-No las toques que me duelen- dijo

Conrado retrocedió, y sin saber que hacer, solo atinó a decir:

-Vamos para el policlínico.

 

Manuel C. Díaz es escritor y crítico literario. Hoy nos hace el inmenso regalo de un fragmento inédito de su novela ‘La Virgen del Malecón’.

Walfrido Hau Ferrer es pintor cubano.

 

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