Cultura/Educación, Relato Social

La Macorina. Una leyenda urbana de la Cuba de ayer

Una de las pocas fotos que existen de La Macorina

Por Manuel C. Díaz.

A finales de los años cincuenta en todas las victrolas de La Habana se escuchaba una canción interpretada por el sonero Abelardo Barroso cuyo estribillo decía: “Ponme la mano aquí, Macorina/ que me duele/ ponme la mano aquí, Macorina/ que me muero”.

Yo solía oírla en un bar que había en la esquina de mi casa. Recuerdo que los muchachos del barrio, como no podíamos entrar por ser menores de edad, nos parábamos cerca de su puerta y adivinando la connotación sexual de su letra, la tarareábamos divertidos sin saber quién era aquella misteriosa mujer a la que todos llamaban Macorina.

Algunos de nosotros lo supimos después a través de artículos periodísticos en los que siempre se resaltaba el hecho de que había sido la primera mujer que condujo un automóvil en La Habana.

En uno de aquellos artículos también supimos que se llamaba María Calvo Nodarse, que había nacido en  Guanajay en 1892 y que a los 15 años había huido de su casa con su novio hacia la capital, donde vivieron juntos por un tiempo hasta que agobiada por las penurias económicas lo abandonó y entró al mundo de la prostitucion. Que es precisamente donde comienza su leyenda urbana.

Lo próximo que se sabe de ella es que se le veía paseando por el Malecón habanero al timón de un descapotable rojo con su negra cabellera al aire y una bufanda al cuello, ataviada elegantemente como las estilizadas mujeres que aparecían en las portadas de la revista Carteles de los años veinte.

Ya por esa época había dejado de ser una prostituta de burdel para convertirse en la amante de exitosos hombres de negocios, artistas y  políticos de carrera, entre ellos José Miguel Gómez, quien llegó a ser presidente de la república.

En una entrevista concedida en 1958 a la revista Bohemia, ella le confesó al periodista Guillermo Villarronda que “más de una docena de hombres permanecían rendidos a mis pies, anegados de dinero y suplicantes de amor”.

Esa afirmación, que puede parecer una exagerada y poética descripción de sí misma, resultaría cierta si aceptamos lo que muchos de sus amigos decían: “que llegó a tener cuatro mansiones, varios caballos de carrera, pieles carísimas, joyas valiosas, nueve automóviles y una abultada cuenta bancaria”.

Uno de sus amantes, el periodista y poeta asturiano Alfonso Camín, fue el que propició que la Macorina se convirtiese en un mito al escribir un poema sobre ella cuyos versos, con algunas variaciones, serían exitosas canciones populares.

Su leyenda siguió creciendo cuando el escritor Miguel de Carrión la utilizó para crear uno de los personajes de su  famosa novela Las impuras y Cundo Bermúdez la hizo objeto, junto a su descapotable rojo, de uno de sus valiosos cuadros.

La cantante Chavela Vargas quedó prendada de La Macorina cuando la conoció en La Habana
Cuadro del pintor Cundo Bermúdez inspirado en La Macorina

Sin embargo, La Macorina no llegó a ser verdaderamente famosa hasta que la cantante Chavela Vargas la conoció en La Habana y queriendo homenajear su belleza (“Era una mujer muy hermosa. La vi y me quedé muda”), grabó una nueva versión de La Macorina en la que utilizó, sin darle crédito a su autor, todos los versos de Camín: “Tu senos carne de anón/ tu boca una bendición/ de guanábana madura/ y era tu fina cintura/ la misma de aquel danzón/ Ponme la mano aquí, Macorina”.

La canción resultó ser un gran éxito internacional, menos en la España de Franco, donde los censores la prohibieron porque era “una canción erótica que una mujer dedicaba a otra”.

Pasaron los años y el ocaso de La Macorina comenzó con el deterioro de la economía nacional y por la manera en que despilfarró su dinero. Y también porque ya había dejado de ser aquella joven de deslumbrante belleza y sensualidad que solía pasearse en un convertible rojo por el Malecón.

Lo cierto es que sus acaudalados amigos del pasado le daban excusas cuando ella les pedía dinero para aliviar su situación.

La Macorina pasó sus últimos años sin familia, sola y enferma. Murió en La Habana el 15 de junio de 1977. La sobrevivió su leyenda. Y también el famoso montuno de Barroso: “Ponme la mano aquí, Macorina…pon, pon, pon, Macorina, pon”

Manuel C. Díaz es escritor, crítico de arte y literatura y cronista de viajes.

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