La hora mágica

Fotograma de la película ‘Le Genou de Claire’, de Eric Rohmer

Por Ulises Fidalgo.

A Miriam Gómez.

Tras ver una antigua entrevista al cineasta Néstor Almendros que repusieron en la televisión española, el protagonista de este relato decidió que su vocación sería ser director de iluminación. Quizás alguna vez estaría en la filmación de una película sobre aquel manuscrito que ahora aquella joven le leía. Estaba sentada junto a la mesa de trabajo de la habitación de él, en un apartamento que compartían en Madrid. La lámpara era de luz incandescente amarilla. La voz de ella también era cálida. Según sea la luz, así será la sombra. Dicen que la hora mágica no es una hora, sino tan sólo veinte minutos antes del ocaso. Para la mayoría, es un tiempo de colores tranquilos que acarician lentamente desde el rojo hasta la oscuridad. No importa si es una hora, o dos, es el recuerdo del mejor día de una vida. En cambio, para un director de iluminación es un lapso frenético antes de que se vaya la luz perfecta. Para un cineasta, el día fue solo la preparación de esos evasivos veinte minutos.

Aunque ambos eran jóvenes, su amistad ya era de años. Se conocían desde La Habana. Encima de la mesa había un malentín de color verde gastado, con folios desordenados y dispersos. Se trataba de las memorias de Huber Matos, un lustro antes de haber sido publicadas. Ella iba sacando hojas al azar y las leía cada una fuera de contexto. La primera línea la empezaba con ligereza, como jugando, incluso coqueteando, pero en la segunda el texto se adueñaba de su voz, cada vez más grave y reticente. Las pausas iban aumentando. Nunca terminó una hoja completa.

– Parece un compendio de los horrores: golpes, vejaciones, sarcasmo, hambre, apuñalamiento de testículos, torturas varias-. Ella dijo a punto de rendirse. – Tal vez leerlo así sea peor. En la novela Fiesta, Hemingway aconsejaba que uno debe ver una corrida de toros como una unidad. Si uno se enfoca en las partes, entonces todo parece una secuencia de crueldades injustificadas. No habría diferencia entre una plaza de toros y un matadero. Sólo que en el matadero sí habría algún sentido último, dar de comer.

– Eso será con los toros, pero en este caso el contexto sólo agrega vacío. Los fusilamientos se cometían al alba, tras la diana, cuando el pelotón recién se había despertado. Intuyo que en ayunas para evitar que los bisoños vomitaran. Pero tal vez no. Nunca hemos leído las memorias de un miembro de un pelotón de fusilamiento.

– Estás muy equivocado – ella interrumpió. – Estamos leyendo las memorias de alguien que también fusiló.

– Cierto. No me había dado cuenta. En alguna parte de esas páginas debe de haber historias sobre eso.

– Pero no hemos tenido la suerte de que aparezca. – Ella intentó una broma.

– No creo que él narre algo sobre qué pasaba después. Tiene muy poco valor literario el resto del día, después de un fusilamiento. ¿A quién le interesa saber si un verdugo se lava los dientes o no después de matar?

– Las manos sí, quizás.

– El día completo continuaría igual que los otros, hasta el toque de silencio. Ellos harían bromas, hablarían de si tenían hambre o no, de si querían ir al baño, de si el arroz con leche se había quemado, de a quién le habían puesto los tarros en el pelotón, de si alguien era sospechosamente débil, se burlarían del bobo, se escaparían para dormir la siesta, fumarían, intentarían convencer al teniente para que no los escogiera para el retén de la guardia. Así sería el día hasta la noche. Nada.

Entre tanto desorden nuestros jóvenes personajes no se fijaron en el título del manuscrito. Nunca sabrán si ya desde entonces se titulaba: “Cómo llegó la noche”. Si lo hubieran visto se habrían dado cuenta de que aquel título era un diálogo con el de la novela de Reinaldo Arenas “Antes que anochezca”.

– ¿Cómo conseguiste esta copia del manuscrito?- Ella por fin cedió a su curiosidad.

– Alguien me lo dio, pero no me gustaría que la gente supiera quien fue.

– ¿La gente? Aquí sólo estamos nosotros dos.

– Eso parece, pero mira a tu alrededor.

– No hay nadie. – Ella insistió.

– La luz baja, el silencio, el ambiente tranquilo. Tú y yo en mi cuarto y no nos estamos revolcando. Si esto no es una película, entonces es uno de esos cuentos pasivos que escribe nuestro amigo Ulises. Es mejor que no diga lo que no quiero que se sepa. Alguien debe de estar leyendo este diálogo.

– Pero al menos dime si yo lo conozco.

– Todos los cubanos nos conocemos, lo cual es peligroso.

– Sabes lo que quiero decir. ¿Es una persona conocida?

– Sí, y tú también tienes un apellido conocido, y espero que el escritor también evite tu nombre.

La joven detuvo el interrogatorio. La hubiera tranquilizado diciéndole que aquí únicamente aparecerían los nombres de Néstor Almendros, Reinaldo Arenas, Huber Matos, Ernest Hemingway, el mío recientemente, el de otra amiga, que lo disimulé en el texto, y luego, en el próximo diálogo el del padre de esa misma amiga. Pero ninguno más.

– Busca alguna hoja del juicio. – Pidió el protagonista a la lectora. – Quiero conocer nombres de traidores.

– ¿Quieres que los diga en voz alta, para que se escuche en el cine, o se lea en el escrito? -Ella se río.

– Claro.

– Espera… Escucha esto- Ella interrumpió su sonrisa con una expresión de sorpresa.

– ¿Un canalla conocido?

– No.

– ¿No es conocido?

– Sí, es conocido. Es decir, lo conocemos. A él no. Conocemos a su hija.

– Bueno, la hija de un hijo de puta, es tan sólo una nieta de puta. No es tanto problema. Se disuelve.

– Que te digo que no es un hijo de puta. Aquí dice que fue el único que salió en defensa de Huber Matos. Se opuso a todos.

– ¿Quién fue? – Él casi desespera.

– Entonces era capitán, o tal vez Huber se equivocó en los grados. Fue el Capitán Castiñeiras.

– ¿Castiñeiras?

Ella asintió con la cabeza a la sorpresa de él.

– Es muy probable que su hija no sepa ese episodio de su padre. No debe de saber que su padre fue tan valiente. Él murió cuando ella era un bebé.

– ¿De qué murió?

– Lo sabes. Todo el mundo lo sabe. Murió en un accidente de tráfico.

– ¿Otro accidente?… Me parece que ella sí sabe muy bien esta historia, y que no le va a convenir demasiado que estas memorias se publiquen.

– Nada de qué preocuparse. He escuchado que Huber Matos es un perfeccionista. Así que este texto no se publicará jamás.

Las memorias de Huber Matos salieron publicadas en el año 2002.

P.S.: La escritora Zoé Valdés me dijo que Miriam Gómez esperaba otro de estos textos pasivos en ZoePost. Espero no haberla defraudado con éste.

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

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