Iluminado

Por Ulises Fidalgo.

 

Recientemente se publicó en ZoePost una entrevista realizada por la escritora Zoé Valdés a la político colombiana María Fernanda Cabal. En cierto momento la entrevistada recordó que algún izquierdista la había llamado a ella anacrónica. ¿Quién de nosotros no ha sido clasificado a modo de insulto con esa palabra o quizás algún sinónimo? No estoy muy de acuerdo con la combinación Marxismo-Cultural para clasificar la ideología idealista (lamento la cacofonía) de la nueva izquierda. De todos modos sí es cierto que ambos tienen algo en común. Comparten a su diosa: “La Historia”. Ambos se hacen llamar progresistas, modernos. Son sacerdotes de una religión que pretenden dominar el Tiempo. El Futuro los justifica todos. También los sacrificios humanos. Nos llaman anacrónicos despectivamente, pero si ellos se creen pertenecientes al futuro, también ellos son anacrónicos y de un tiempo que no ha existido.  Me encantarían que leyeran esta historia (historia en minúsculas):

 

El reloj le advirtió que eran más de las seis de la mañana. Se había acabado el mes y aún no había pagado la factura de la compañía eléctrica.

 

– Cuando algo no pertenece a la época – pensó –, se le dice anacrónico. ¿Cómo se dirá entonces a lo que está fuera de lugar?

 

Se sabía ajeno a su Tiempo y mucho más al lugar donde vivía. Recordó que había sido su madre la que le había regalado aquel reloj. Si él no fuese una persona racional la culparía a ella.

 

– Los verdaderos responsables –se dijo – son los hombres y su estupidez.

 

Vivía en una pequeña habitación interior dentro de una casa de vecindad. No tenía más espacio que para una cama y una mesa donde acumulaba las herramientas de su invento. Las paredes estaban casi negras de suciedad. No tenía ventanas, lo único que le alumbraba era una bombilla incandescente en el techo. El sitio y él conjugaban perfectamente; ambos eran lúgubres.

 

Los vecinos lo creían algo desequilibrado. Nunca saludaba y sólo hablaba para pedir su turno en la cola del lavabo (el baño era común). Evitaba las miradas, pasaba la mayor parte del tiempo metido dentro de su casa. Vestía de modo descuidado y siempre de la misma forma, una camiseta y un pantalón vaquero. En invierno se envolvía en un abrigo de piel de borrego y una bufanda. Poseía un semblante serenamente triste, y un brillo inteligente en la mirada. Andaba con calma, cabizbajo, encorvado, como si le resultara incómoda su altura, y se pegaba a la pared, tal vez para imitar a su sombra.

 

Durante mucho tiempo nadie supo de donde sacaba el dinero. Un día averiguaron que era su madre quien lo mantenía. Ella era una anciana también de limitados recursos; pero que hacía sacrificios por su único hijo. Al inicio de todos los meses, él se iba durante tres días a visitarla, y le pedía lo que necesitaba. Sin embargo, el mes pasado no había sido así. En verdad durante los últimos tiempos su comportamiento se volvía más extraño de lo común. Se le veía salir todas las noches y regresar muy tarde, algunas veces con objetos aparentemente inútiles. Ahora incluso había roto con su costumbre de viajar al inicio de mes y se quedó en la ciudad. Los vecinos habían deducido entonces que su madre había muerto. La razón era otra. Se había propuesto terminar de una vez con su proyecto. Esa era la causa de tantos objetos extraños. También consideraba que visitar a su madre era demasiado tiempo perdido.

 

Cuando terminara, seguramente podría vivir en la abundancia. Ya no necesitaría acudir a escuchar sus banalidades. Le aparecerían centenares de personas interesantes que quisiesen ser sus amigos. Podría darse el lujo de escoger a las mejores o a las más convenientes.

 

– Todo es hipocresía – se dijo -. No es cierto que exista la amistad. Lo que existen son aliados eventuales que a veces sirven para mitigar la soledad. Todos los sentimientos entre los hombres son meros camuflajes del miedo y del impulso de reproducción.

 

No había hecho otra cosa en su vida que estudiar. Jamás quiso permitirse el amor. El cortejo de apareamiento, como él lo llamaba, le hubiera quitado demasiado tiempo y energía. Las mayores emociones que conocía eran intelectuales, comprender las leyes de Maxwell, concluir un libro de historia. Todo lo que sabía de las relaciones humanas lo había aprendido a través de las lecturas; sobre todo de las biografías (era su género más apreciado). Leía mucho, aunque no se había hecho con libros propios. Los sacaba de las bibliotecas. Creía que si compraba alguno, después no le alcanzaría el dinero para pagar la luz y entonces no podría leerlo.

 

La idea del invento le surgió mientras revisaba una biografía de Heisenberg. Leyó que era imposible saber con toda exactitud la posición y la velocidad de una partícula, a la vez.

 

– Cuando vemos algún objeto – explicaban en el libro – es porque nos llega luz reflejada de él. La luz está formada por pequeñas partículas llamadas fotones, las cuales poseen peso. Al reflejarse la luz, es decir, al chocar los fotones contra lo que queremos ver, la velocidad de dicho objeto cambia. Esto no lo percibimos porque los cuerpos que vemos son demasiado grande comparadas con los fotones. Sin embargo, la situación es distinta al estudiar corpúsculos del orden de los electrones. Si por ejemplo, intentamos localizar algún electrón con total precisión, la incertidumbre de la velocidad crecerá hasta hacerse infinita. De igual modo, si queremos conocer la velocidad con exactitud, entonces no podremos tener ninguna aproximación del sitio donde se encuentra. De forma poco rigurosa podemos decir que el principio de incertidumbre de Heisenberg, nos prohíbe saber a la vez la velocidad y la posición de una partícula.

 

Levantó la vista y se habló:

 

– Si no se puede saber a la vez la posición y la velocidad de un cuerpo, entonces se pierde toda posibilidad de predecir su movimiento. Si algo está en un sitio y no se sabe a donde va, no se sabrá en que lugar estará después… No tiene sentido. Esto no es una ciencia. Han encontrado una dificultad y en vez solucionarla, la han tomado como parte de la teoría. ¿Es eso lógico? Es un conformismo. Las ciencias modernas han sido contaminadas por el pragmatismo de esta época. El fin último ya no es encontrar la verdad. Les basta una mera descripción que prediga unas pocas cosas y no les interesa tener una concepción exacta del Mundo.

 

Tampoco le agradaba el entusiasmo de moda por la teoría del caos. Cada vez que escuchaba hablar del butterfly effect, casi se indignaba. Creía que era una metáfora sensacionalista. Podría ser cierto que el batir de las alas de una mariposa en las islas Mauricios provocara una depresión tropical cerca de las Canarias, y que aquello concluyera en un huracán que destrozara todas las Antillas; pero eso según él, no justificaba abandonar el punto de vista determinista. Por el contrario, si un hecho en apariencia insignificante, como el vuelo de una mariposa, es la causa de tantas desgracias, lo sensato sería insistir en la exactitud y estudiar hasta qué punto se debe permitir que los insectos vuelen.

 

Era un convencido determinista, sentía nostalgia por la época en que el determinismo era popular, y quería ponerlo de moda. Ese era su proyecto. Consideraba que las dificultades para predecir podrían solventarse si se encontraba alguna razón aún oculta. No se permitía creer que la naturaleza nos hubiera condenado a la ignorancia perpetua.

 

– ¿Entonces para qué fuimos dotados con inteligencia si no podemos usarla? – Se preguntaba en ocasiones, cuando olvidaba que era ateo.

 

Lo primero que debía hacer era encontrar la esencia de todas las fuerzas, el mecanismo de las cuatro interacciones elementales. Estaba convencido de que podría encontrar una descripción determinista de las leyes de la naturaleza.

 

– Una realidad sólo puede generar una única siguiente – se decía. – “El porvenir es tan irrevocable como el rígido ayer” – gustaba de citar a Borges en estos casos.

 

Como la mayoría de los científicos, confiaba en que hubiese una naturaleza común para todas las interacciones. Se lo decía sin rodeos, buscaba la deseada Teoría de Todas Las Cosas (The Theory of Everything, TOE). Tenía un argumento intuitivo que lo convencía y le daba fuerzas:

 

– El Tiempo es homogéneo – eran sus palabras -. La caída de una piedra desde la Torre de Pisa, tarda lo mismo ahora que en el Renacimiento, cuando Galileo las dejaba caer.

 

Una y otra vez recordaba aquel mito de Galileo lanzando piedras desde la Torre de Pisa, para demostrar que todos los cuerpos caían con la misma aceleración. Es a todas luces una historia falsa que deja al científico como un estúpido. ¿Qué sentido tiene intentar demostrar empíricamente algo que a sabiendas no va a ocurrir? El rozamiento debido al aire nunca permitiría que una pluma y una bola de hierro llegaran con la misma aceleración al suelo. Tal vez por aquella mentira es que los florentinos creen que los de Pisa son tontos.

 

– Las piedras siempre demoran lo mismo -insistía otra vez.- Por otra parte, medir el tiempo consiste en comparar velocidades. Se compara cuanto desciende un reloj de arena o agua, o cuántas oscilaciones de un péndulo ocurren mientras cae una de esas piedras. Si se verifica que es la misma cantidad, se debe interpretar que entre las velocidades de dos procesos cualesquiera hay la misma relación siempre. Pueden ser incluso dos fenómenos cuyas interacciones sean de las que se conocen como de naturalezas distintas; por ejemplo, un suceso que esté motivado por fuerzas gravitatorias y otra por electromagnéticas. Las interacciones conservan pues, la relación entre sus velocidades de propagación; pero ¿por qué? Es altamente razonable pensar que todas las fuerzas tienen igual esencia, ¿pero cuál?

 

Había diseñado una estrategia para buscar esa esencia. El método consistía en hacer aproximaciones sucesivas de la realidad:

 

– Si las leyes naturales enunciadas hasta ahora son buenas aproximaciones de la verdad – se decía -; podría teniéndolas en cuenta y a partir del presente, calcular algo muy parecido a lo que será el futuro. Por otra parte, es bastante razonable esperar que en el futuro el conocimiento del Mundo sea más preciso. Entonces, a las aproximaciones del futuro antes calculadas, se le podrían arrancar muchas verdades aún no descubiertas. Podríamos tener ahora los descubrimientos e inventos que se encontrarán luego, y con ellos mejorar aún más los cálculos. Así, sucesivamente, las predicciones podrían ser tan precisas como quisiéramos.

 

Estaba muy entusiasmado, pero tenía muchas dificultades para empezar. Necesitaba como mínimo una máquina de cálculo bien potente. No tenía confianza en nadie más que en su madre, y a ella no le alcanzaba el dinero para tanto. Es verdad que todo podría encontrarlo en los centros de investigación o en las empresas; pero ¿cómo tener acceso? ¿Quién lo iba a escuchar? A la primera frase lo iban a tomar por loco. Así que al final resolvió robarlos. Se argumentaba que era un desperdicio olvidar aquella idea, sólo por convenciones morales.

 

– ¿Qué es lo malo y lo bueno? – Se preguntaba. – ¿Acaso está tan mal robar, cuando el propósito es entregarle a la humanidad lo máximo que se le puede dar, la verdad, la luz?

 

Aquella frase le hizo recordar que le habían enviado un ultimátum de la empresa eléctrica para que pagara la factura. Si durante ese mes no depositaba el dinero, le iban a cortar el suministro.

 

– Todavía tengo tiempo – pensó – estamos a principio de mes.

 

Durante las noches buscaba sin reparos en todos los lugares posibles un computador. Estaba seguro de que nadie sospecharía de un hombre que vive en una casa de vecindad, con una vida absolutamente gris. Tras la primera semana encontró uno en una universidad. Estaba abandonado; pero era todo lo potente que necesitaba. Puso el programa a punto en muy pocos días. Los primeros resultados los obtuvo en la segunda semana. Todavía tenía un margen de dos semanas más antes de que le cortaran la luz.

 

Funcionaba perfectamente. Al arrancar solicitaba una fecha y un lugar determinado, luego respondía con una descripción tan detallada como se quisiera. Para probar la eficacia, escogió fechas del pasado y lugares en los que él sabía lo qué había ocurrido. Comprobó con las guerras púnicas, la conquista de las Galias, el juicio de los estrategos en la guerra del Peloponeso, y no le falló ni una vez.

 

Sin embargo, aquel resultado no lo satisfizo completamente. Le resultaba un poco ridículo que aquel cúmulo de caracteres en el display, fuera la totalidad de una época.

 

– Las palabras son muy frías – se dijo –. Nada se compara a la realidad. Yo quiero percibir el futuro o el pasado tal y cómo será o fue; estar en la carroza de Napoleón cuando huía de Waterloo…; más veracidad. Siempre es mejor ver una película que escuchar a un rapsoda; y sospecho que es preferible acostarse junto a una mujer que soñar con ella.

 

Siguió buscando durante las noches algún equipo que le tradujera la respuesta del computador en sensaciones. Al final encontró en un hospital una especie de casco que servía para hacer encefalogramas. El aparato percibía las alteraciones en el campo electromagnético

alrededor del cráneo debido a la actividad cerebral. Él creyó que si lo integraba al computador, podría leer el pensamiento de quien se lo pusiese. Después de todo, las ideas, los razonamientos, las emociones, son impulsos eléctricos entre las neuronas, que también generan sutiles ondas electromagnéticas captables por el casco. Incluso podría lograrse el proceso inverso. Si el casco captaba las ondas, también podría emitirlas y provocar las corrientes adecuadas para inducir los pensamientos deseados.

 

El aparato estuvo terminado tres días antes de que finalizara el mes. Desde luego, lo primero que hizo fue visitar el futuro. Siempre genera más curiosidad que el pasado, hasta para los deterministas. Solicitó estar cuatro siglos hacia delante. Casi se muere de vértigo. No había referencia alguna. Nada tenía que ver con lo que conocía. Ni las personas, si es que se llamaban así, se parecían a las de su época. Eran inmensas, ni siquiera eran antropomorfas. Parecían gelatinas o amebas aumentadas. No hablaban. La ciudad a la que había llegado no estaba construida sobre la superficie, sino hacia todos los lugares. Había tráfico de aquellos seres en todas las direcciones, y no entendía bien el orden de circulación. Todo era muy rápido. Se percató de que las cosas no chocaban, porque eran incorpóreas. La luz era cegadora. No tenía palabras para nombrar casi nada de lo que existía, y ni siquiera las metáforas o las asociaciones le alcanzaban. No había olores. Estuvo a punto de perder el conocimiento. En ese momento, resolvió abandonar el experimento y regresó a la oscuridad de su habitación.

 

– Quizás el pasado es menos inhóspito – se dijo.

 

Acto seguido se encaminó a la época minoica. Un hedor irresistible le golpeó en el rostro. Olía a todo a la vez; al periodo de las mujeres, a carne podrida, a sudor, a vinagre, a aceite rancio. Las mujeres enseñaban los senos, pero sus senos y ellas en su conjunto no eran nada apetecibles. Eran desdentadas, pequeñas, enjutas, sucias. El cabello lo tenían grueso y desgreñado. Las casas eran oscuras y calurosas.

 

Se adelantó hacia la Atenas clásica, en especial a los años de la guerra contra los peloponesios. En ocasiones se había permitido enorgullecerse el ser heredero de aquella cultura. Pero en pocos minutos se decepcionó. Había leído que los demagogos manipulaban al demo, que la asamblea se corrompía, todo lo sabía, pero percibir los hechos por sí mismo es siempre más doloroso que leerlos. Lo peor de aquella experiencia fue comprobar que Sócrates, sí fue un corruptor de menores.

 

– No soy anacrónico porque no estoy fuera de tiempo. No pertenezco a ningún tiempo. Quizás esté fuera de lugar ¿Cómo se dice a lo que está fuera de lugar?… Inadecuado, tal vez – le estaba huyendo a la palabra inadaptado.

 

Fue decepcionante. Concluyó que no se podía viajar en el tiempo con los mismos pensamientos, sensibilidades, vivencias…, sería traumático. El invento no tendría sentido, si de algún modo no contenía la opción de poder borrar la información almacenada en el cerebro y colocar una adecuada al momento que se quisiese visitar. No parecía difícil diseñar algo así.

 

El casco actuaba directamente sobre los contactos del cerebro. Su invento, que ya sin dudas era una máquina del Tiempo, quedó listo definitivamente un poco después de la seis y media de la mañana del día en que le cortarían la luz. Le quedaban poco más de dos horas para probarlo. Aquella certeza le perturbó. Había tenido la esperanza de poder vender su idea unos días antes. Había ido hacia el contador y comprobó que el gasto del último mes había sobrepasado al anterior. Hasta que no vendiera el aparato viviría a oscuras.

 

Se colocó el casco. Rayaban las siete. A las ocho menos cinco entrarían los trabajadores de la empresa eléctrica y a las en punto cortarían el suministro a todos los morosos. Las dudas que le asistían no tenían que ver con el pasado ni con el futuro de ninguna parte; sólo pensaba en sí mismo. ¿Cómo sería su vida dentro de unos años? Tal vez todo cambiaría para siempre después que se diera a conocer su talento. Ya no importaría que él fuera un inadaptado, el Mundo se adaptaría a él.

 

Encendió el computador. Al instante sintió como se le apagaban los ojos. No veía nada; ni siquiera oscuridad. Era el vacío o el silencio de la vista. Lentamente le fueron surgiendo algunas imágenes imprecisas, o más bien los conceptos. Eran como recuerdos sin esfuerzo. Poco a poco la visión se fue haciendo nítida. Podía mirar a su alrededor. Estaba sentado a la mesa en una cocina iluminada y amplia. Se sintió satisfecho por la comida, a su alrededor había una mujer sonriente y un par de adolescentes varones discutiendo sobre quién había colocado los platos el día anterior en el lavavajillas. Al inicio, la escena le pareció tierna, pero cuando el computador le transmitió la convicción de que aquella era su familia, y el recuerdo de las frecuentes discusiones entre sus hijos, tuvo deseos de que ya hubieran pasado diez años y se hubieran ido de casa.

 

De súbito la situación cambió. Sintió el estrés de la mañana. Miró el reloj y eran las siete y cuarto. Curiosamente el tiempo real era el mismo. Faltaban tres cuartos de hora para que le cortaran la luz. A su lado vio a su esposa, ya tenía unos cincuenta años. Salieron juntos de

la casa y entraron en el ascensor.

 

– No veo el día en que pueda jubilarme – dijo ella –. Estoy cansadísima.

 

Por primera vez en mucho tiempo estaba de acuerdo con ella. También estaba cansado de trabajar.

 

– Yo igual – respondió.

 

El computador le complacía. Calculó que a los sesenta y siete años estaría jubilado y lo situó en un día cualquiera de entonces. Leía el periódico en un parque y de vez en cuando levantaba la vista para alimentar a las palomas.

 

– ¡Cómo se ha degenerado mi vida! – Pensó. – Cuando era pequeño tenía una energía infinita. Cuando íbamos a la playa, me pasaba el día corriendo y nadando. Entraba y salía sin mucho problema, y al acostarme a dormir, todavía sentía como si nadara. Ni el mar me vencía. ¿Quién pudiera volver a aquella época?

 

Inmediatamente apareció acostado, junto a su madre. Ella le leía un cuento. Era bellísima. Ninguna mujer era más linda que ella.

 

– No te vayas, mamá – pedía él.

– Tienes que descansar.

– Léeme otro cuento.

– Ya te he leído cuatro.

 

Siempre se quedaba con deseos de que le contaran más historias. Cuando fuera a la escuela podría leérselas él mismo.

 

Todavía faltaban mucho para que llegara la hora de salida del colegio. Odiaba la escuela.

 

– Algún día dejaré de venir – pensaba –. Puedo aprender por mí mismo. La gente es insoportable. La disciplina no la aguanto. No entiendo por qué tengo que estar aquí…

 

Al computador le había dado tiempo de calcular toda su vida y la conservaba en la memoria. Lo complacía cada vez con más celeridad. Sin darse cuenta, él viajaba por su vida, de la niñez a la vejez, y de vuelta a la niñez en un ciclo interminable de inconformismos. No pudo percatarse de que se acercaba peligrosamente a las ocho de la mañana con el casco puesto. Faltaban apenas unos segundos para que se apagara el equipo y lo dejara con los pensamientos, las emociones y las ambiciones de una época ajena a la que estaba ocurriendo.

 

De pronto aborrecía que la madre lo llamara a comer, o le molestaba que el resto de los niños le lanzaran papeles en el aula, o que las hijas de la vecina se rieran de su timidez, o criticaba la alegría absurda de la ciudad por haber ganado un campeonato de football, o que su primera y única novia se enojara porque él necesitara leer biografías, o que el llanto de su hijo más chiquito no le permitiera concentrarse en un documental sobre los insectos… En alguno de esos momentos su máquina del tiempo pararía; pero ¿en cuál? La decisión casi estaba dada al azar.

 

Las ocho en punto de la mañana llegaron justo antes de ponerse el uniforme para ir por primera vez al colegio. Se apagaron las luces. No entendió que hacía en aquel lugar tan horrible, sucio, oscuro… ¿Y dónde estaba su mamá? ¿Y qué era aquel casco? ¿Y porqué él tenía aquel tamaño tan grande? ¿Cuándo había crecido? Le dieron deseos de llorar.

 

– ¡Mamá! – gritó desconsolado.

 

Los vecinos asistieron.

 

– ¿Tu madre ha muerto? – Preguntó alguien.

– No, mi mamá nunca va a morir. ¿Si mi mamá se muere, qué va a ser de mí?

– Así es la ley de la vida – respondió otro.

– No – gritó y comenzó a darse golpes contra la pared.

 

Lo sujetaron y llamaron a una ambulancia de un hospital psiquiátrico.

 

– Siempre había estado un poco loco – comentaban.

 

Nunca imaginarán que aquel hombre había inventado un aparato capaz de describir cualquier época de la historia y del porvenir, que había calculado su vida al detalle, instante por instante, y que todo hubiese ocurrido si hubiera tenido el dinero suficiente para pagarle a la empresa eléctrica. Fue una lumbrera de la humanidad a la que le cortaron la luz.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University. Jefe de Redacción de ZoePost.

3 Comments

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  2. Maria E. Valle Perez

    Maravilloso escrito profesor

    • Ulises Fidalgo

      Gracias, María. Muchas gracias por el halago, y por la paciencia de leer un escrito tan largo. Un abrazo fuerte.

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