Cultura/Educación

¿Es la fotografía un arte?

Dos fotos de Dora Maar                                               

Por Manuel C. Díaz.

 

El debate sobre si la fotografía es un arte o una simple reproducción mecánica de una imagen por medios tecnológicos, no es tan antiguo como algunos creen. En realidad, todo comenzó en los primeros años del siglo XX cuando los fotógrafos del llamado movimiento “pictorialista” trataron de conseguir que sus fotos, mediante el desenfoque deliberado de las imágenes y audaces manipulaciones en el proceso de revelado, pareciesen pinturas impresionistas y fuesen al fin reconocidas como verdaderas obras de arte.

Ese reconocimiento les llegó en 1910 cuando, según Vicky Goldberg, crítica de arte de The New York Times, el Albright-Knox Art Gallery se arriesgó a comprar una colección fotográfica.

Pero los “pictorialistas” no fueron los únicos que trataron de reivindicar la fotografía; ya por esa fecha los fotógrafos del mundo entero habían comenzado a buscar, en el dibujo y la pintura, las claves artísticas de la composición y del contraste entre luces y sombras, como bien supo hacer Ansel Adams en sus dramáticas fotos en blanco y negro con las que inmortalizó la majestuosidad del paisaje americano.

La lista de los que elevaron la fotografía a la categoría de arte, es extensa y prestigiosa. Uno de ellos, Alfred Stieglitz, fue quizás el primero de los fotógrafos que a través de sus exposiciones, en las que reflejaba la esencia del Nueva York de finales del siglo XIX, logró que la fotografía comenzase a ser aceptada como arte.

Otro de ellos fue Bill Brandt, quien después de haber revolucionado la crónica gráfica usando imágenes de una gran fuerza estética, moral y política durante los comienzos de la Inglaterra industrial, convirtió la fotografía de desnudos en puro arte al incorporarle a las formas femeninas unas perspectivas deformadas y surrealistas.

Unos años más tarde, Henry Cartier-Bresson, el llamado padre de la fotografía callejera, poniendo en práctica su famosa frase de “el momento decisivo”, supo rescatar para la posteridad eventos fundamentales de la historia contemporánea.

Fueron tantos los fotógrafos -¿o debo decir: artistas del lente?- que es imposible nombrarlos a todos. Está Cecil Beaton, retratista y maestro del retoque, cuyas fotos de Greta Garbo, Marilyn Monroe y Audrey Hepburn, fueron objetos de culto mucho antes de que Warhol y pop culture fuesen sinónimos. Y está también el irreverente Olivero Toscani, que transformó el mundo de la publicidad fotográfica abordando temas como el SIDA, la homosexualidad, la discriminación racial y la guerra, con artísticas imágenes que traspasaron las fronteras del género.

 

Guillermo Cabrera Infante in Wifredo Lam’s garden, wrapped in one of his canvas, Habana, 1958. Photo Jesse Fernández

La polémica pareció agotarse cuando las casas subastadoras Sotheby’s y Christie’s (ya no podía haber dudas: la fotografía -¿Quién da más?- era un arte) empezaron a incluir en sus catálogos los trabajos (que se vendían en cientos de miles de dólares) de fotógrafos famosos, como el controversial Helmut Newton; Peter Beard y sus collages africanos; y Man Ray, en su etapa de fotógrafo avant-garde.

No obstante, a pesar de todo lo anterior, como la noción de arte siempre ha estado abierta a múltiples interpretaciones, todavía hay quienes no aceptan que la fotografía sea un arte; ni siquiera con la llegada de la digital y sus programas de manipulación, edición y retoque de imágenes, que permiten la experimentación pictórica a niveles insospechados.

Y no debería ser así; sobre todo ahora, cuando los arreglos no se hacen en el cuarto oscuro (quemando o aclarando las imágenes -no existía todavía PhotoShop ni Lightroom- con nocivos compuestos químicos), sino adicionando o eliminando backgrounds (pixeles más o pixeles menos), aplicando filtros artísticos, saturando los colores y alterando la luminosidad, distorsionando las formas y envolviéndolo todo en leves pátinas de intemporal belleza.

Ya no se trata sólo de medir la luz, compensar la velocidad con la apertura del lente para obtener una exposición adecuada, vigilar la profundidad de campo, estar atento a la escala de sensibilidad y balancear los colores blancos; ahora hay que utilizar las múltiples herramientas digitales que existen: selección, pintura, visualización, fusión, paletas, capas y desenfoques automáticos. Y todo para lograr que la fotografía no sea la simple reproducción mecánica de una imagen, sino una verdadera obra de arte que permita asegurar lo dicho por Olivero Toscani: “Si Goya viviera, no estaría pintando. Sería fotógrafo.”

 

Foto Man Ray

 

Manuel C. Díaz es escritor, periodista, crítico literario y de arte.

 

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