El profesor y la falsa moneda

Foto Pedro Portal. ENH.

Por Ulises Fidalgo.

Todo lo que puedas decir ya lo dijo algún griego antes. Esta variación de la Eclesiastés se la escuché al gran profesor Emilio Ichikawa cuando él enseñaba filosofía en la Universidad de La Habana. Nunca fue mi profesor, porque yo no estudiaba filosofía, sino esa materia que antes se llamaba filosofía natural: Física. De todos modos asistí sin darme cuenta a una improvisada lección que le arrancaron algunas estudiantes de su facultad. Fue en uno de esos campamentos de revolucionario verano, en los que fingíamos trabajar la tierra.

En aquellos años había demasiada hambre para tener miedo de no ir al campamento. De hecho, cuando acabó el curso, tenía la intención de quedarme en mi casa todas las vacaciones; pero a la semana de empezar el mes, ya se me había acabado mi cuota mensual de comida, y resolví integrarme a aquella actividad tan revolucionaria. Al menos comería algo, y me encontraría con amigos. Cuando llegué, el único barracón que tenía una cama vacía estaba ocupado por unas estudiantes de filosofía. Lo confieso, llegué tarde a la adolescencia, y también a la juventud, y de ese trauma, aún conservo un miedo irracional a los grupos de mujeres. Así que, como quien entra a una celda de una cárcel, saludé apresuradamente, me metí en la cama (por suerte era en una litera de la esquina, abajo), y escondí al Mundo de mi vista con la lectura de un libro.

Hubo una época en que yo también repetí eso de que robar libros no era pecado. Como no me daba tiempo a terminar los Diálogos de Platón en una jornada de la Biblioteca Central, me hice el despistado, y me presté a mí mismo el texto para poderlo terminar con calma. Eso era lo que leía aquella vez. Una de mis nuevas compañeras de barracón me preguntó entonces:

– ¿Eres Ulises?
– Sí, ¿cómo lo sabes?
– Porque eres el último que sacó los Diálogos de Platón de la Biblioteca y aún no los has devuelto… Lo necesitábamos para un trabajo. No sé para qué te lo llevaste, si no estudias filosofía.

La primera excusa que se me ocurrió fue que recientemente había visto la película de Lady Jane, y que ella leía a Platón. No lo dije porque la joven parecía enojada, y mi respuesta habría sido frívola hasta ser cínica. Lo dicho, le tengo miedo a las mujeres. Logré desviar los reproches y comenzamos a hablar sobre la Apología de Sócrates. Nadie en el barracón, ni ellas ni yo, entendíamos porqué Sócrates sentía que debía cumplir la justicia de Atenas hasta beber la cicuta. Una justicia que él mismo sabía corrupta de demagogia. Una de ellas vio pasar por la puerta al profesor Ichikawa, y lo invitó a entrar para que hablara del tema.

Ignoro si alguna de esas que hoy son cincuentonas, se acuerde de aquella escena. Vi a aquellas jóvenes de todos los colores que se dan en Cuba, iluminadas por la luz fría, atentas como gatas sobre las literas, escuchando lo que decía aquel curioso profesor. Lo único parecido que había visto antes, era cuando llegaba a una fiesta, el friki de pelo largo con su guitarrista para cantar sus composiciones tan cursis como crípticas. Aquí era distinto. Se trataba de un profesor asiático con ojos claros y acento tranquilo, pero habanero, y que hablaba sobre Tucídides, la guerra contra los peloponesios, el juicio de los estrategos, donde Socrates fue parte del jurado. Era serio, no aventuró ninguna broma. No había desprecio ni arrogancia. Hablaba porque era un profesor, y los profesores enseñan.

Muchos atenienses, tras la derrota, se habían abandonado a los placeres. Los dramaturgos para llamar la atención sobre los problemas de la ciudad, escogían temas de mitos e historias antiguas, porque nadie quería escuchar que estaban en una crisis. También en el barracón, todos nosotros estábamos más interesados por la crisis de Atenas, tras la derrota contra Esparta, que por el hambre que padecíamos en ese instante. Es como cuando lees “Las mil y una noches”, que antes de quedarte dormido te asiste la sensación de que puedas ser tú parte de alguna lectura, donde ahora lees una narración que se anuda dentro de sí misma.

Sólo en las comedias, se permitía hablar del presente, y también burlarse de Sócrates y los suyos. Ichikawa aludió a un pasaje de Las Ranas, donde Aristófanes comparaba como del mismo modo que la gente prefiere usar la falsa moneda (o la moneda de menor calidad), así también elige a los peores para administrar la república. La razón por la que ocurren ambos vicios es la misma. La gente prefiere guardarse la moneda fuerte para ahorrar, y deshacerse de la débil. Por eso la moneda débil circula más. Así también cuando alguien es incompetente, la gente intenta sacarlo para que no estorbe, pero la manera menos violenta de quitárselo de encima, es elevándolo a jefe. Mientras más incompetente, más alto llega el inútil. Así pasa en las empresas, incluso en los negocios familiares. De ahí la frase: “El que sabe, sabe, y el que no, es jefe”. Donde más ocurre esto es en la vida pública, porque es difícil deshacerse de los funcionarios. Lo vemos también en la dirigencia del exilio cubano. Se ha llenado de incapaces, y ya poco se cuenta con personas valiosas, como el recientemente desaparecido Profesor Ichikawa. Podría desearle la gloria al maestro, pero es que siempre la tuvo.

P.S. Aquí el pasaje de “Las Ranas” al que aludió el Profesor Ichikawa:

<< … Muchas veces he notado que en nuestra ciudad sucede con los buenos y malos ciudadanos lo mismo que con las piezas de oro antiguas y modernas. Las primeras no falsificadas, y las mejores sin disputa por su buen cuño y excelente sonido, son corrientes en todas partes entra griegos y bárbaros, y sin embargo no las usamos para nada, prefiriendo esas detestables piezas de cobre, recientemente acuñadas, cuya mala ley es notoria. Del mismo modo despreciamos y ultrajamos a cuantos ciudadanos sabemos que son nobles, modestos, justos, buenos, honrados, hábiles en la palestra, en las danzas y en la música, y preferimos para todos los cargos a hombres sin vergüenza extranjeros, esclavos, bribones de mala ralea, advenedizos, que antes la república no hubiera admitido ni para víctimas expiatorias…>>

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

7 Comments

  1. Pingback: El profesor y la falsa moneda – – Zoé Valdés

  2. Hemos perdido a un gran profesional No lo conocí personalmente solo por la televisión y sus ensayos en la prensa.Un gran pensador y analista .Lamento hayamos perdido a este intelectual Dios lo tenga a su lado.
    Héctor Rodríguez

  3. Lo mejor del triste viaje eterno del profesor es que no verà lo que esta llegando, pero muchos diremos «eso lo dijo el Ichi»,»Ichi lo sabia y lo veia venir». Magnifico articulo y tributo a un gran profesor nipon-cubano

    • Ulises Fidalgo

      Sí que lo advirtió. No verá el final, pero sí vio el principio del final y lo advirtió. Muchas gracias, Chris.

  4. yeisto

    no se a que viene tanta adulacion, al final del camino el «profe» se tiro un camion de lodo encima al trabajar para el enemigo#1 del exilio, el Inmundo Garcia y su propaganda comunista desde el corazon de los «fugados» del barracon-manicomio nacional que es cuba.

    • Ulises Fidalgo

      Bueno, ya se sabe, Thales se cayó a un hueco mirando a las estrellas, Platón viajo a Siracusa, Heidegger vistió el argumentario nazi, y para qué hablar de aquel, que como bien mofa Zoé Valdés, miraba con un ojo el Ser y con el otro la Nada, y con tanto mareo no se recuperaba de su Nausea. Hasta al mejor escribano se le escapa un borrón.

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