El imperio invisible contra Donald Trump. Explicación de una derrota anunciada

Por Carlos Estefanía.

He leído con sumo interés el artículo “La segunda guerra de independencia americana”, publicado por Armando de Armas en el periódico, ZoePost. Me parece un trabajo interesante y que me impulsa a compartir con el lector lo que vengo cocinando hace algún tiempo y que gana actualidad con el tema que se aborda en este periódico.

En mi opinión varias han sido las guerras por la independencia de Norteamérica. Primero la que todos conocemos, la de 1775-83, victoriosa gracias al respaldo logístico y militar de las Casas borbónicas de Francia y España.

Luego vienen aquellas cuya verdadera naturaleza oculta la historia oficial: la guerra anglo-norteamericana de 1812 -15. Donde los colonos americanos, ya independientes, pasaron de frenar el secuestro y conscripción forzada de sus marineros por la armada británica, al intento de liberar los territorios que aún poseían sus antiguos gobernantes trasatlánticos dentro de la parte septentrional de nuestro continente. Todo iba a pedir de boca cuando los norteamericanos pierden a su mayor aliado. Napoleón Bonaparte. Por cierto, el hermano del emperador, José, ex Rey de España, no encontraría mejor lugar para exiliarse entre 1814 y 1841 que los Estados Unidos, dedicándose a proteger allí a los exiliados bonapartistas.

Por último, la mal llamada guerra civil de 1861-1865, ésta fue el último acto de independentista real, enmascarado con el cuento abolicionista, lamentablemente fallido. Fue el último acto de rebeldía frente al paulatino proceso de reconquista de la Unión, en clave neocolonial por parte del imperio británico. El que lo dude que saque las cuentas de las veces que desde entonces los ciudadanos norteamericanos han servido de carne de cañón para Inglaterra, en esas guerras sangrientas algunas de cuyas causas inmediatas y consecuencias, menciona de Armas. Y en las que demos incluir los mismo conflagraciones de carácter mundial que miniintervenciones, como la ocurrida en Granada en 1983, cuando un grupo marxista intenta radicalizar el proceso, destituyendo a Maurice Bishop, y lo que es peor,  colocado bajo arresto domiciliario a al intocable, Paul Scoon,  antiguo Director Adjunto de la Fundación Commonwealth, nombrado en 1978 Gobernador General de Granada por la reina Isabel II, la cual nunca dejó de avasallar aquel puntito antillano con revolución o sin ella. Hasta ahí llegó la paciencia del León Británico, pero no le bastó la armada que organizó con sus colonias caribeñas, tenía que estar, además, en la operación y llamando la atención del mundo, sus súbditos no reconocidos de Norteamérica (que no eran precisamente los canadienses) dando la cara ante el mundo como aprovechados de un conflicto entre revolucionarios para invadir una islita indefensa.

Estados Unidos ha servido al imperio, no solo haciendo buena parte de su trabajo sucio, sino sobre todo ganándose para ese odio que menciona de Armas. Ese país ha funcionado como el escudo y para rayos de los intereses británicos. Así lo vemos convertido, sobre todo a partir del siglo XXI, en el objetivo por excelencia de cuanto terrorista anda suelto por el mundo.

Es verdad que se pueden dar en este siglo casos de atentados en Gran Bretaña, como el del 7 de julio de 2005 cuando Al Qaeda detonó tres bombas en las redes de transporte de Londres, dejando 56 muertes y más de 90 heridos. Pero aquí el daño resulta incomparablemente inferior si se compara con el sufrido por Nueva York con el ataque a las Torres Gemelas, del 11 de septiembre de 2001. Entonces el número de muertes fue de 2976, por no hablar de 6000 heridos.

Al parecer los terroristas, en ambos casos de origen musulmán olvidan que no fueron los estadounidenses, sino los ingleses los que se apoderaron de sus territorios tras el quiebre del imperio otomano; que no fue en Norteamérica, sino en las islas británicas donde se gestó un colonialismo meramente explotador, no civilizador como lo fue en su rol integrador, el imperio de los Austrias en Las Américas, creador de más catedrales, universidades, colegios, hospitales y en general bienes culturales en el Nuevo Mundo que cualquier otra potencia europea de su tiempo.

Olvidan estos revolucionarios de bombas poner, que es en el corazón del imperio británico donde nace un capitalismo desalmado, que en reacción generó tantas utopías, comenzando por la del mártir católico Tomas Moro. Un modelo productivo cuya crítica desde posiciones conservadora es de la que se valdrá Federico Engels para escribir, entre 1842 y 1844, en plena Revolución Industrial, su célebre obra: La situación de la clase obrera en Inglaterra, un clásico en el relato de las penurias sufrida por los obreros industriales en la época victoriana, y que anticipa el modo en que podrán ser tratados los pueblos colonizados de “raza inferior”.

Pero hoy cuando se habla de imperialismo y capitalismo, lo mismo en el primer mundo que en el tercero, si es que todavía existe, solo se piensa en Estados Unidos, quedando los ingleses como los buenos de la películas, nunca mejor dicho dado la contribución que a tan buena imagen, da el cine y no solo el que se hace en Inglaterra, de modo que se pone en evidencia para quien trabajan en realidad las industrias culturales de occidente incluida la más poderosa, la norteamericana.

Por último, tenemos el intento casi intuitivo de 2016 para reconquistar la soberanía económica y política de Estados Unidos, por la vía electoral. Una batalla que retóricamente se presenta como anti globalista y por tanto en contra de un enemigo abstracto, pero que intentan resolver los problemas de un sector poblacional muy concreto, el de la clase media baja, anglosajona y protestante, cada vez mas asustada por la desaparición de empleo y el aumento de inmigrantes, de los cuales los mas peligrosos para ella, son los en realidad los disciplinados y calificados asiáticos, y nos los latinoamericanos, sobre los que se centra el debate.

En realidad, para resolver estos y otros problemas Trump habría tenido que bajarse de la nube en que viven sus compatriotas creyéndose ciudadanos libres de una superpotencia que hace y deshace en el mundo cuanto le viene en gana y según sus conveniencias. Tendría que reconocer la imperceptible condición neocolonial en que han vivido los Estados Unidos desde la derrota de los tradicionalistas sureños a manos del norte industrial en 1865, hasta los tiempos actuales de reducción de la población nativa y exportación su industria a China.

Los medios no permitían avizorar quién ganaría las elecciones presidenciales número 58 en la historia Estados Unidos. Contra todas las predicciones resultó ser Donald Trump.

Desde entonces con su estilo muy personal, acertado unas veces equivocado otras Trump ha dado sus batallas. Lo ha hecho deshaciéndose de colaboradores y echando aliados, pero manteniendo, sin querer al enemigo en casa. El más notorio es el siniestro Dr. Anthony Fauci, con su rimbombante título de director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID). No importa las críticas que el personaje ha recibido de parte de la disidencia científica, por ejemplo, la del psiquiatra Peter R Breggin*, quien responsabiliza a Fauchi de haber creado las condiciones que permitieron al Partido Comunista Chino crear coronavirus letales lo que precedió la liberación del SARS-CoV-2 por Instituto de Wuhan de Virología. Anthony Fauci también es acusado de encubrir a los chinos negando el origen del SARSCoV-2 y frustrando así los intentos mundiales de lidiar racionalmente con la pandemia.

El caso es que en muchos casos dando palos a ciegas, con más o menos éxito en lo interior (crecimiento económico) y en lo exterior -donde sin premios noveles de paz resultó mucho más pacificador que su antecesor Obama-Trump campeo el temporal durante buena parte de su mandado. Lamentablemente, como si estuviera concebida para poner fin a su administración llegó la Pandemia y mandó a parar. Poco después se iniciará una guerra social de naturaleza racial, azuzada muy probablemente por los medios en contubernios con eso que se denomina, estado profundo y que en principio es la anónima burocracia estatal de toda la vida, la cual, incluso entre sus capas más superficiales y expuestas solo vela por sus intereses, favoreciendo o destronando presidentes como antaño hacía con los reyes.

Se trata de la quinta columna que Trump nunca pudo derrotar, gracias a la acción mancomunada de enemigos y falsos amigos que le rodean, entre otros los “aceptacionistas” del “coronovirismos científico”, tan creíble y respetable como un día lo fue en casi medio mundo el comunismo del mismo apellido. Estos no solo le impusieron el bocalete (brazalete usado en la boca como símbolo del totalitarismo pseudo sanitario) sino que incluso le indujeron a hacerse la prueba sin que se sintiera mal, en el momento más inconveniente de la contienda electoral. Una prueba de coronavirus que casualmente dio positivo y que para lo único que sirvió fue para demostrar que portar el virus no implica   necesariamente consecuencias letales para el “vector” humano. Sin negar la cantidad de personas muertas con coronavirus (no siempre por coronavirus) visto está que un representante de los llamados grupos de alto riesgo como el presidente norteamericano se las puede arreglar sin grandes inconvenientes.

Los que sí tuvieron inconvenientes fueron las personas ejecutadas en los hospitales en auténticos actores de yatrogenia, una vez que los médicos se sometían a los protocolos de la OMS. Los otros grandes afectados fueron aquellos empresarios medios obligados a cerrar sus negocios o sus empleados mandados a casa bajo la mirada de una policía que no fue capaz de detener el vandalismo antifa-BLM de estos días. Así bajo el gobierno de un empresario por excelencia se dio una guerra despiadada a la pequeña empresa, empujando a la gente a la conspiración como en tiempos de la independencia. Me refiero al caso de Los «vigilantes de Wolverine», la milicia de escépticos del coronavirus que quiso secuestrar a la gobernadora demócrata de Michigan, Gretchen Whitmer, y juzgarla por “por traición» a causa de su imposición a la población de estrictas medidas de bloqueo y confinamiento que ya habían sido anuladas por un juez. inmediatamente intervino el FBI, pero no para obligar a la gobernadora a obedecer la ley sino para a buen recaudo a los conspiradores que intentaba aplicarla por su propia cuenta. Una vez más quedaba demostrada la inutilidad de las proclamas de la Asociación Nacional del Rifle, justificando con la famosa segunda enmienda, el derecho a la tenencia de armas en manos de la ciudadanía. Ahora queda demostrado que cuando del estado se trata ni un tanque en casa garantiza tu libertad.

 

Pero todo se habría podido evitar, Trump, en lugar de llamar verbalmente a que los gobernadores demócratas liberan a tal o más cual estado hubiera mandado la guardia nacional a liberarlos, del mismo modo que la envió para lo contrario, para encerrar a los neoyorquinos cuando se inicia el pánico virus. Que más que el bicho es lo que está hundiendo a los pequeños negocios. Una tragedia económica que el ejecutivo, pudiéndola evitar, intentó solo paliar, sin encontrar otra solución menos cercana a al socialismo que la de mandar un cheque al afectado, es decir la de un pago sin contrapeso en trabajo. En cierta manera el virus lo mismo en Europa que en Estados Unidos, jugaba en mismo papel que los sindicatos que a base de huelgas arruinaban al pequeño burgués que terminaba endeudado, esclavizado por los bancos, o entregando su mercado a los grandes consorcios que al final (o quizás desde el principio) campeaban al sindicato. Un proceso proletarizador previsto por Marx, que se continúa con el establecimiento de regímenes socialistas, pero que también se está dando sin tapujos con la corono viralización de los estados “democráticos”.

El caso es que la misma falta de liderazgo o de supremo poder del estado rebelado contra su gobierno fue la incapacidad de Trump para ponerle coto al vandalismo y la delincuencia política disfrazada de conflicto social.

Son las mismas fuerzas que desestabilizaron la nación las que ahora parecen dispuestas a recuperar su control. Lo hacen, no solo con ayuda de los demócratas en masa, sino también con el respaldo del sector anti Trump dentro del partido republicano, y como era de esperar con el aplauso de los voceros mediáticos latinos del liberalismo clásico  una creación ideológica del siglo XIX, siempre al servicio de intereses del Reino Unido, como lo será en comunismo en el XX con respecto a la URSS, Esto explica el posicionamiento, junto a la izquierda contra la que tanto había hablado y escrito, lo mismo por parte del cubano Carlos Alberto Montaner como el peruano Jaime Bayly, ambos unidos en la confesión liberal tal y como en Europa se entiende tal militancia. Es esto que explica la insuficiencia del enfoque dicotómico izquierda/ derecha a la hora de entender lo que se está viviendo en Estados Unidos y por ende en el resto del mundo.

En los momentos en los que doy el toque final a este artículo, el New York Times ya está anunciando, no sé si con razón o precipitadamente cono asegura Trump, que Joseph Robinette Biden Jr. fue electo el 46° presidente de Estados Unidos este sábado 7 de noviembre de 2020, con la promesa de “restaurar la normalidad política y un espíritu de unidad nacional para confrontar las devastadoras crisis económicas y de salud”. Demasiado viejo para tamaña tarea Biden cuenta al menos con la asistencia de su vicepresidenta, Kamala Harris, una enérgica y radical hija de madre india y padre jamaicano, que deviene en la mujer que ha llegado más alto en el liderazgo del país. Si no ocurre un milagro Donald J. Trump pasará la historia como presidente de un solo mandato luego de cuatro años de revuelo en la Casa Blanca.

Ha sido precisamente la falta de conciencia sobre la naturaleza real de esta guerra, hasta cierto punto desarmada, aunque no exenta de violencia, la que explica la presunta derrota de Trump, más allá del fraude de sus enemigos la animadversión de los medios y la manipulación de minorías por la oposición, la causa fundamental del fracaso sufridas por el gobierno en Estados Unidos. Está en que no supo ver donde estaba su enemigo, que no era ese humilde inmigrante hispanohablante, católico en su mayoría y a su manera conservador, al que tanta guerra le dio, cual molinos convertidos en gigantes, sino una élite poderosa y descreída que habla su propio idioma a la que nunca calculó y mucho menos enfrentó, que domina su nación con mecanismo financieros y organizativos que solo se descubren en los frutos, que lo mismo inventa una pandemia, que arruina la economía con una cuarentena, que desata la delincuencia que inmoviliza a la policía. En resumen, que nadie, ni sus consejeros más allegados, alertó a Trump de que el enemigo más peligroso no era ese “otro” que tenía delante, sino aquel que nunca pudo ver, máximo responsable de su pérdida del poder.

 

Carlos Manuel Estefanía. Nacido en La Habana en 1962, realizó estudios de Filosofía en las Universidades de La Habana y Moscú, licenciándose en 1987 en la especialidad de Materialismo Histórico. Posteriormente realizó estudios de postgrado en materias tales como, economía, relaciones internacionales, periodismo, lingüística, teoría de la comunicación y semiótica. Así mismo recibió cursos por encuentro en la Facultad de Derecho en la Universidad de La Habana, en materias tales como: Historia del Estado y el Derecho, Teoría del Estado, Derecho de Familia, entre otras. En mayo de 2009 recibió el título de Magister en Pedagogía del Español y de las Ciencias Políticas por la Universidad de Estocolmo.

Radica en Suecia desde 1993, donde es fundador e integrante de la directiva de la Sociedad Académica Euro cubana, así mismo, es presidente de la Asociación de Graduados Extranjeros en Suecia. Es además miembro de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en Suecia (PROFOCA) y del Colegio Nacional de Periodistas de la República de Cuba en el Exilio.

5 Comments

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  2. Daniel Fernandez

    Demasiado tiempo en Suecia. No comparto su opinion. Trump vio muy bien que tenia que luchar con el pantano de la elite y conspiracines globales. Este senyor se hace eco de la agenda de que Trump era anti inmigrante o anti hispano. Y claro que hay conspiraciones globales con tra el y las ha visto, pero no son precisamente inglesas ni un ninyo envuelto. NO ME GUSTA este articulo que veladamente le echa la culpa a Trump y no a la vasta y basta conspiracion en su contra. Demasiado sueco.

    • Carlos Manuel Estefanía

      Estimado Daniel Fernández, me alegra que, aún sin compartir mi opinión, dediques tu tiempo a comentar mi escrito. Solo agregaría el dato de que no solamente he vivido en Suecia todo este tiempo. Visito con frecuencia Estados Unidos. Creo que es precisamente la posibilidad de ver las cosas desde adentro y desde afuera lo que te ofrece las referencias necesarias y una mejor perspectiva para tratar asunto con objetividad.

  3. Mercedes Luna

    Pesimo articulo. Le dio la vuelta por todos lados para decir que Trump es anti hispano y anti inmigrante. Cuanto le falta apreder a este «escritor». Los hispanos en USA… creame, somos cultos, no insulte nuestra inteligencia. Gracias

    • Carlos Manuel Estefanía

      Gracias por opinar sobre mi escrito. El mejor ejemplo de que respeto esa inteligencia es que escribo para ella verdades. Son las que en otros medios se callarían, o peor aún se manipularían, por considerar a esa inteligencia como propia de un niño.

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