El fin final

Eliécer Ávila

Por Ray Luna.

En la novela de Eco, el malvado bibliotecario (Jorge de Burgos), un personaje inspirado en el reaccionario Borges, envenena a todo aquel que intente leer cierto libro secreto.

El libro en cuestión no existe porque, aunque Aristóteles promete en su Poética que la segunda parte tratará sobre la comedia, o nunca la terminó o se perdió. Hay, no obstante, que alabar el gran trabajo que hizo Andrónico de Rodas rescatando todos esos rollos que se pudrían en un sótano. Occidente está en deuda con él también.

En la Poética, sin embargo, se lee muy claramente que la tragedia (tragodia en griego) trata sobre cómo debería ser el mundo. O mejor dicho, de lo que debió haber sido. La comedia, por otro lado, trata de la realidad. La primera trata de los héroes, de los nobles, de los grandes hombres. La última, de la gente común, cuyas vidas son intrascendentes.

En Las nubes, Aristófanes se burla de Sócrates. Bueno, Aristófanes se burlaba de Sócrates cada vez que podía, sobre todo, porque sabía que se encontraba entre el público. En una escena el filósofo —que en ocasiones es representado en el tráfago de su vida, es decir, peleando con su mujer o revisando calderos en la cocina— explica por qué el trueno y el pedo son fenómenos naturales análogos.

La comedia, como género, debe retratar la realidad, porque mientras más se asemeje a ella (más banal y ridícula) más graciosa será. Como en Las asambleístas, o como también se le conoce La huelga del palito, Aristófanes se burla, por primera vez en la historia, del comunismo. Allí las mujeres de Atenas se reúnen y deciden hacer una huelga de sexo contra sus maridos. ¡So much for the patriarchy! Y todo acaba mal, de repente empiezan a colectivizar todos los bienes de la gente y… bueno, mejor ahí lo dejo. Empero, sí es verdad lo que dice Aristófanes, las mujeres no sólo sí tenían un tremendo poder, sino que como siempre, también tenían una alta preferencia temporal.

2500 añotes pesan sobre la obra de Aristófanes y la comedia sigue andando. A su paso por Roma nos dejó a Terencio. Se medio perdió por un tiempo, pero es cuando llega a España que la comedia me gusta mucho más. El juez de los divorcios es de mis entremeses cervantinos favoritos. (Por cierto, el prólogo de Cervantes a los pasos —género dramático clásico hispano— de Lope de Rueda es uno de los ensayos literarios más extraordinarios que se puedan leer.)

La comedia es tan sagaz, que durante siglos se escondió, incluso, en el atrio de la iglesia. Ya en Torres Naharro, ya en Lope de Vega, la comedia siempre escarnece al pretensioso, a quien pretende ser algo que no es. Pasa en Calderón, en Mira de Amezcua, en Tirso, en Agustín Moreto, etc. La comedie de l’arte italiana lo hace igualmente. ¡Molière ni se diga!

El objeto de la comedia es, las más de las veces, una representación de la realidad exagerada pero cuyo paradigma no es ideal, sino real. En una palabra, reír de quien se pretende a sí mismo grande o, incluso, se tome muy en serio.

No voy a hablarte más de la evolución de la comedia, nada más quería dejar claro quiénes suelen ser blanco de sus “ataques”.

La clase política cubana es una fuente inagotable, llena de personajes ridículos. Tanto, que raya en lo grotesco.

El cubano es un pueblo en sí bastante degenerado. (No puedo creer que haya dicho eso. Bueno, pues lo dije.) Mientras estuvo insertado en el árbol imperial español tuvo una ilusión. España sonaba como un proyecto en el que los criollos podían colaborar. Todo muy bien hasta que la ilustración liberal llegó con sus malas ideas, a destruir la hispánica panempresa vital que se extendía por el globo.

Un particularismo, de una corpulencia retórica avasalladora, de aspecto agresivo y con excesiva confianza en sí mismo se forma en el siglo XVIII, cuando Cuba era una nación de una fuerza económica similar a la que tienen los países del primer mundo hoy. La ilustración es la culpable de esto. De romper con la vida tranquila y sosegada a la que ellos llamaron nihilismo nacional. En una palabra, el cubano es en general un tipo bastante ridículo, más por lo altanero que por lo chovinista.

Nuestra historia está repleta de “bobos solemnes” y “patriotas de hojalata”.

La cubana es una sociedad víctima de su propio particularismo. Es una sociedad que se consume. Una sociedad cuyas élites tienden siempre al centralismo político. Para las élites cubanas el poder es el poder total, de lo contrario, no es poder.

Es aquí donde radica el mal central de nuestra sociedad.

El poder en la Cuba republicana buscó siempre triturar la convivencia y el uso de su fuerza con fines netamente privados. En esencia, podría decirse que los cubanos existen para que ese poder pueda darse el lujo de existir. Esto tiene consecuencias antropológicas nefastas a largo plazo, como se aprecia hoy en el carácter de las clases dirigentes, no nada más en la isla sino en la Cuba continental. O sea, en Miami.

Nuestra República fue una república de perfectos electores y perversos elegidos. Insincera e hipócrita.

No se crea que el cubano ha sido víctima de los políticos. No crea que el cubano encuentra siempre anulada su virtud y su talento por la fatídica intervención de los políticos. No.

(“Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen”, dijo alguna vez, con justa razón, un malvado reaccionario saboyano.)

Unos y otros, los cubanos y sus élites, son campeones de la ineptitud, la falta de generosidad, la incultura y de ambiciones inhumanas dignas de fabularse.

Bien mirado el asunto, los políticos de la oposición (anticastrista y neocastrista) son el fiel reflejo de los megalómanos vicios del gobierno cubano. En un país donde la masa, aún en la miseria más desdichada, fue siempre incapaz de humildad no podían producirse élites venerables con la capacidad de ser adoradas, imitadas. Nada es para ella —la masa— superior.

La comedia es, después de todo, una igualación de los diferentes estatus sociales. En el teatro de la realidad cubana actual no se sabe quién es el bufón ni quién el rey. El Serrano falso es, en realidad, el Serrano real, pero el real no puede ser el falso.

Si un pretendido político “en ejercicio” suelta más gazapos en quince minutos que Maduro en tres horas ¿quién hace la comedia?

Ello nos dice mucho de nuestra sociedad. Cuando los líderes de opinión más influyentes son los más vulgares. O sea, aquellos que son más influyentes (influencers) por su fácil asimilación. Quiero decir, aquellos que son más rematadamente imbéciles.

Alexander Otaola

Ya un filosofito hablaba tempranamente sobre nuestra tendencia al choteo; es decir, de nuestra atávica y espiritual costumbre —como masa— de insubordinarnos contra cualquier minoría de eminentes. Costumbre más manifiestamente exquisita cuando nos adentramos en la República; esto es, en el caos político que provocó el igualitarismo progresista que nos vendieron los próceres del XIX y terminó imponiéndonos el imperialismo democrático estadounidense.

Para el cubano no puede haber político o intelectual que halla de considerarse “superior”. Precisamente, porque todo lo que le ofrece el mundo de la política y la cultura es, básicamente, mierda. En especial, los políticos y los intelectuales que tenemos ahora.

Orlando Luis Pardo Lazo y Rosa María Payá

Esto trasciende todos los planos. Por sólo citar un ejemplo, en la visión estética sociosexual del cubano varón no son las mujeres dotadas de espiritualidad y elegancia quienes imponen sus gustos y maneras, sino que son aquellas mujeres toscas y poco elegantes quienes son tenidas por hembras excepcionales. Sí, la criollita es bastante vulgarcita. Cuando amas a una cierta mujer confiesas de manera verídica tu alma a los demás.

(En este sentido soy del mismo parecer que don Nicolacho: “La leve sonrisa y el pequeño gesto de sorpresa y la momentánea vacilación de tus pasos capturan mi alma con más certeza que un posible encuentro en una cama desordenada.”)

Hoy, como nunca antes en la brevísima historia de nuestra nación, se vive una época de decadencia sin igual. La minoría que dirige al pueblo allá en la isla, aquí en el exilio y acullá donde la diáspora; las élites cubanas gozan de muy mala calidad. Si otrora dicha minoría no tuvo grandes cualidades de excelencia.

Lo que hoy ocasiona la elevación de dicha minoría al rango de aristocracia no es precisamente la excelencia. Si el cubano careció siempre de la capacidad de seguir a los mejores, hoy se halla en una situación mucho más compleja, puesto que no hay “mejores”.

Si, como dice Pareto, el fin de todo orden social es poner la mayor cantidad de recursos en las manos de los más capaces, los cubanos, evidentemente, no lo perseguimos. En absoluto.

Es contra esa aristocracia ineficaz y corrupta que la comedia bufa vernácula se revela, con toda justicia. Sin embargo, su objetivo no era eliminar, por así decir, cualquier intento de formar una nueva aristocracia. El cubano padece de aristofobia, lo aterran los “mejores”. Por eso sus cualidades, como tal enfermedad, son tan visibles: desprecio por los hombres ejemplares, ceguera ante las buenas cualidades, debilidad por los personajes ruines (inferiores) típica del instinto multitudinario.

Aquí yace el secreto de los grandes problemas cubanos.

El cubano lo ha hecho todo, y lo que no ha hecho se ha quedado sin hacer. ¡Así de grande es nuestra indubitavilidad! Esta atroz y trivial condición rige todas las clases, las superiores y las ínfimas. Pueblo de filibusteros donde a cada instante la masa de los torpes pisotea cualquier fineza. Nuestros líderes de opinión se hallan tan poco extraordinariamente instalados en el inexpugnable bastión de la ignorancia más supina que, la más mínima expresión de agudeza e ingenio les suena absurda. No comprenden el sarcasmo y la ironía por ser formas de humor natural a las clases altas; y ellos son todos un montón de campesinos semieducados que no conciben un modo de pensar más sublime que el suyo ni rango intelectual y moral que el que ellos ostentan. Líderes de gentes de estólida existencia, como la suya propia. Gente cuya alma goza de un cada día más y más exánime contenido espiritual.

¿Por qué no habremos de burlarnos de nuestra élite miamesca, si todo aquello que trasciende en esa angosta y estrecha órbita toma un aire aventurero, revolucionario y grotesco? ¿Por qué? La pregunta debería ser ¿por qué no?

No me atrevo si quiera a sugerirlo: remontar el tono general de ideación del cubaneo. A estas alturas no me atrevo a nada. Vivo un periodo de escepticismo producto de la parálisis espiritual que vive la nación. Obligado a ser nomás un mero espectador ante la muerte en vida del espíritu cubano.

Numerosos Cagliostros florecen por doquier conduciendo multitudes debido a sus engaños. Pero como ocurre con los billetes falsos, si se consiguen pasar, otros terminarán pagando su importe. No espero ya un gran hombre, como Martí, pongamos por caso, que era un mal político y un pésimo estratega militar pero que, como todo gran hombre —al decir de Carlyle— tenía como base fundamental la sinceridad. Que es la base de todo, no la puta limonada.

La sinceridad, sin embargo me atrevo a afirmar, la grande, la genuina, es el principal rasgo de todos los héroes. No me refiero a la sinceridad jactanciosa, frecuente y consciente, que suele ser meramente una pretensión. Me refiero a la sinceridad del gran hombre. De aquella que es de índole tal que es ignorada por él mismo. La tiene sin saberlo. Además, ¿qué gran hombre puede avanzar sin guiarse por la luz de la verdad ni un solo día? ¿Qué gran hombre? La sinceridad de Martí no dependía de él, sino que él era necesariamente sincero.

Al final del libro de Eco, el venerable ciego español, el bibliotecario Jorge de Burgos se pronuncia contra la risa:

La risa, por unos momentos, distrae al villano del miedo. Pero la ley es impuesta por el miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Este libro podría encender la chispa luciferina que prendería un nuevo fuego al mundo entero, y la risa se definiría como el nuevo arte, desconocido incluso para Prometeo, para cancelar el miedo. Al villano que ríe, en ese momento, no le importa morir: pero luego, pasada la licencia, la liturgia le impone una vez más, según el designio divino, el miedo a la muerte. Y de este libro podría nacer el nuevo objetivo destructivo de destruir la muerte mediante la redención del miedo. ¿Y qué seríamos nosotros, criaturas pecadoras, sin miedo, quizás los más previsores, los más amorosos de los dones divinos?

Burgos tenía toda la razón. La libertad ilustrada es una espada de doble filo.

La comedia trasciende los géneros y usa cualquier medio de reproducción técnica a su alcance. Quien la teme, la denigra. Aunque con vano esfuerzo.

Quien arremete contra el humor, contra la risa, termina achicharrándose como aquel viejo monje benedictino.

Ray Luna es bloguero reaccionario.

Sí quieren entender mejor el título vean este vídeo: RPReplay_Final1617137213

 

5 Comments

  1. Félix Antonio Rojas G

    Grandioso L🇨🇺L

  2. Pingback: El fin final – – Zoé Valdés

  3. Magnifico articulo, pena que los innombrables pero espejados politiqueros del cajon de bacalao no podran entenderlo visto las pocas neuronas que los acompañan, y el no saber leer y la arrogancia los mata , una frase entre otras del articulo encierra totalmente el concepto «cada pueblo tiene el gobierno que se merece» frase que me costò el odio de las que yo llamo «las milicianas del presidio», las cuales van en grupos insultando y robandose los microfonos de aquellos que tienen opiniones propias en fin esta es Cuba Chaguito

  4. Brutal. Espectacular este escrito.

  5. Osvaldo

    Sin palabras, basta leerse “Cecilia Valdés o la Loma del Ángel”, clásico criollo, para confirmar 100% su artículo, de primera por cierto.

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