Domingos de Cuaresma

Padre Alberto Reyes

Por Padre Alberto Reyes.

A propósito del I Domingo de Cuaresma.

Evangelio: Lucas 4, 1-13.

La realidad es la que es, y la realidad que “es” no siempre coincide con la que quisiéramos que fuese. Nos guste o no, no es posible crecer y madurar sin crisis. Y la crisis que define la madurez cristiana es: ¿a quién le hago caso?, ¿de quién me fío?

La tentación es la inclinación a fiarnos del maligno. ¿Por qué tiene fuerza la tentación?, porque una tentación contiene siempre una promesa atractiva, algo que me seduce, que me ilusiona de tal modo que hace que considere esa promesa incuestionable, y que me fije solamente en la posibilidad de alcanzarla, sin considerar los medios ni las consecuencias.

¿Qué hace el diablo para seducirnos? Mentir. Diablo significa precisamente eso, “mentiroso”. Y el diablo miente para separar, para dividir. El diablo pretende con nosotros lo mismo que intentó hacer con el Señor: tratar de separarnos del modo en que Dios quiere que nos relacionemos con las cosas, con los demás y con el mismo Dios.

La relación del ser humano con las cosas se mide en clave de posesividad o generosidad; la relación con los demás se debate entre dominar o servir, y la relación con Dios se define por la confianza en el Dios Padre que nos ama y sabe lo que hace, y desde ahí nos acompaña.

¿Qué le interesa al diablo?, ¿provocar alguna que otra caída moral? No. Su intención es minar desde la base nuestra relación con Dios, hacer que desconfiemos de él, de lo que nos presenta como verdad. Es como si continuamente nos dijera: “Amar, servir, confiar, ¿en serio crees que ese es el camino?”

No olvidemos que el mal será, en la mayoría de los casos, más rápido, más fácil y más seductor, pero siempre implicará, de algún modo, una elección que deshumaniza. Nos deshumaniza todo lo que centra nuestra vida en lo material, toda actitud de sometimiento del otro, y todo lo que nos lleva a manipular a Dios para acomodarlo a nuestra visión de la realidad.

La tentación siempre será parte de nuestra vida, eso no podemos evitarlo, pero podemos pasar de verla como una provocación al mal a un estímulo para nuestro crecimiento, como un paso necesario para llegar a la madurez, reconociendo que madurar no es fácil, porque ser libres para el bien y sacar lo mejor de uno mismo nunca será fácil. Decían los rabinos: “No solo fue necesario sacar a los hebreos de Egipto; también fue necesario sacar a Egipto del corazón de los hebreos”. No se trata, por tanto de pedir a Dios que nos libre de las tentaciones sino que nos ayude a salir maduros de ellas.

Cuando se tiene experiencia de haber apostado por Dios, se comprende que, cuando el Señor invita a “salir de una tierra”, es siempre para introducirnos en una mejor.

El mismo Nuevo Testamento dice que Cristo comprende nuestras fragilidades y no se avergüenza de llamarnos hermanos porque sabe lo difícil que es ser siempre fiel a la voz del Espíritu, pero aprender a elegir el bien, a usar de lo material sin dejarnos esclavizar, a crecer en servicio y disponibilidad, a asumir con confianza lo que Dios vaya poniendo en nuestras vidas…, todo esto, es un camino personal, que nadie puede hacer por otro, y en el cual, paradójicamente, las tentaciones pueden ser el mejor campo de entrenamiento.

A propósito del II Domingo de Cuaresma.

Evangelio: Lucas 9, 28b-36.

Tengo que reconocer que el Evangelio de hoy me secuestra, y hace que lo mire desde la realidad de mi pueblo. Espero, sin embargo, que mis reflexiones puedan extrapolarse y sirvan de algún modo a los que las reciban.

La Transfiguración es el ofrecimiento de una mirada salvadora. Jesús va camino a Jerusalén, donde en breve sus discípulos lo verán no sólo torturado y muerto, sino muerto en cruz, el signo, según su cultura, de la maldición de Dios.

Jesús sabe que, en breve, sus discípulos verán una realidad que les gritará en la cara que todo ha terminado, que todo ha sido un fracaso, que todo está perdido, que no hay esperanza. Por eso les muestra su gloria, para que en medio de la noche que se avecina, el corazón tenga una luz a la cual aferrarse.

Así me siento yo hoy en medio de mi pueblo. Cuba, en este momento, parece condenada, maldecida, excluida de la luz.

Vivimos sometidos por un poder que parece regodearse en la destrucción de este pueblo, manejados por gobernantes que dan la sensación de moverse entre la psicopatía y la esquizofrenia. Psicopatía, por su total incapacidad para empatizar con los sufrimientos de este pueblo, por su absoluta insensibilidad ante el hambre, la miseria, los deseos legítimos de libertad, de progreso, de bienestar; por la asfixia sistemática de todo intento de mejora real, personal o social. Y esquizofrenia, por ese mundo maravilloso y extraordinario que se empeñan en predicar y mostrar y que sólo existe en sus mentes fosilizadas.

Un pueblo crucificado con clavos de cárcel, de condenas-venganza, de calles militarizadas, de agentes en perenne estado de alerta.

Un pueblo amenazado con el sepulcro de nuevas leyes penales y de un código de familia que parece gozarse en socavar y destruir lo mejor de lo que dice defender.

Un pueblo abandonado a su suerte, olvidado de un mundo que tiene ya sus propios problemas que resolver pero que tal vez, duro es reconocerlo, no puede hacer demasiado.

Un pueblo que busca desesperadamente huir, marcharse, dejar para siempre esta pesadilla interminable sin luz en el horizonte.

Un pueblo por momentos diabólico, que espía, delata, acosa, golpea a su hermano con saña creíble, mientras los suyos viven en la paz de los pueblos libres y él mismo tiene pensado su equipaje.

La noche de mi tierra me sumerge, y me pregunto una y otra vez si vale la pena luchar, si tiene sentido hablar de esperanza, si no somos, en realidad, un pueblo condenado a la esclavitud de los que nos desprecian.

Y sin embargo, algo muy dentro de mí se resiste a la muerte, en alguna parte de mis entrañas la luz grita que la noche no será eterna, que ninguna noche puede ser eterna. Algo muy dentro de mí se resiste a aceptar que mi pueblo se ha rendido y que no ve más allá de sobrevivir o marcharse. Algo muy dentro de mí cree en la resurrección, en el sepulcro vacío, en la luz de la Transfiguración.

No puedo negar que hoy siento que camino entre sombras, en medio de un pueblo que sólo ve delante al Cristo muerto, la cruz muda donde los sueños se rompen y las esperanzas se deshacen.

Pero en medio de esta noche, me aferro a la luz, y decido creer que, más allá de la cruz, para mi pueblo llegará la resurrección.

A propósito del III Domingo de Cuaresma.

Evangelio: Lucas 13, 1-9.

Hay enfoques que tienen la magia de cambiarte la vida. Recuerdo la primera vez que ante uno de mis muchos “tengo que…”: “tengo que ayudar a este”, “tengo que visitar al otro”, “tengo que atender a aquel…”, es decir, “tengo que dar fruto”, un sacerdote me dijo, con el más sereno de los tonos de voz: “No, no tienes que hacer nada, no tienes que atender a nadie, no tienes que visitar a nadie, no tienes que sacrificarte por nadie…, tú eliges, tú decides, el bien es un regalo, no una obligación”. Cuando lo entendí, fue como si me hubiese inundado la luz.

Creo que a veces damos mensajes buenos pero con enfoques que no ayudan. Nadie niega que el cristianismo no se reduce a creer sino que busca la expresión de la fe a través de las obras. Las obras son los frutos de la fe. Porque creo, hago.

Pero precisamente por el hecho de ser un fruto no puede ser una obligación, como si fuera algo externo a mí que “tengo” que asumir si quiero llamarme cristiano. Cuando entiendo que dar fruto es lo que me hace estar bien, la perspectiva cambia.

La felicidad, la armonía, la paz interior…, son resultados, son consecuencias de un modo de vida. Cuando me doy tiempo para rezar, cuando ayudo, escucho, cuido, colaboro…, cuando renuncio a la crítica, a la ironía, a las venganzas verbales…, cuando busco entender y elijo perdonar…, entonces, como un fruto de frutos, estoy mejor, vivo mejor, funciono mejor.

Por el contrario, cuando me dejo secuestrar por las prisas y ya no hay tiempo para Dios, cuando me “desahogo” hablando mal de los demás o poniendo a los demás “en su sitio”… cuando me ganan los “ajustes de cuentas”, cuando mi mirada está más en que los otros me respeten, me tengan en cuenta o me sirvan…, nos “disparamos”, y vamos entrando en un mundo cada vez más irrespirable para nosotros mismos. Y es aquí cuando el bien empieza a aparecer como una obligación, como una carga que “tengo” que asumir incluso a veces con el agravante de “a pesar de todo lo que tengo encima”. Llegados a este punto, vivir es sinónimo de angustia.

El bien es un regalo, y un regalo que ineludiblemente me alcanza siempre que lo ofrezco. El bien es como el árbol que se goza en poder ofrecer aquello para lo que fue creado. Y nosotros fuimos creados para el bien, porque nuestra constitución primigenia no otra que la de “imagen y semejanza de Dios”.

Cuando entendemos que ofrecernos no es una obligación sino, precisamente, lo que nos plenifica, se irán extinguiendo los “tengo que” y se abrirán camino los “elijo”, los “decido”, los “prefiero”.

 

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