Por Ricardo Bello/Laberinto.
Cuando leía Operación Guacamaya. El retorno de los desterrados (2025), del exAlcalde de Caracas Antonio Ledezma, tuve un flashback y regresé a mis años en la Escuela de Letras de la Universidad Central. No llego a entender cabalmente el significado de ese retorno frecuente e involuntario a este período de mi vida, pero sé que no fue por añoranza o nostalgia de una juventud recordada, sino porque entendí claramente que su libro, así como la novela Gran marcha hacia el abismo (2022) de Carlos Blanco, ministro para la Reforma del Estado durante el segundo gobierno de CAP, y ahora, sorpresivamente, excelente narrador, forman parte de una larga tradición venezolana.
Volví a las clases del profesor Nelson Osorio, crítico chileno exilado entonces en Venezuela, sobre la vanguardia literaria venezolana y el papel de Pío Tamayo en la generación de 1928, para entender que Carlos Blanco y Antonio Ledezma integran una larga y dolorosa tradición de testimonios, ficcionales algunos, a la que pertenecen José Rafael Pocaterra y sus Memorias de un venezolano de la decadencia, Puros hombres de Antonio Arraiz, Fiebre de Miguel Otero Silva y saltando algunas décadas, el relato de José Vicente Abreu: Se llamaba SN, inspirado en sus experiencias de la represión política durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, con la descripción macabra y realista de las detenciones arbitrarias, torturas y asesinatos del aparato de seguridad controlado por Pedro Estrada, hombre de confianza del dictador. ¿Quién hubiera pensado que aquellos seminarios con Osorio, con su énfasis en el larense Pío Tamayo y el impacto que tuvo su arresto durante la Semana del Estudiante en la formación de los partidos políticos, me permitieran visualizar esa corriente literaria que la une, con diferencias y calidad de prosa, a la actual producción literaria venezolana en el exilio?…















