Del Imaginario Tokonoma a la Pincelada Escrita

Por Zoé Valdés

Todo empezó por un minúsculo agujero en la pared principal donde vivía en un solar desvencijado de La Habana Vieja. Residíamos en un cuarto estrecho, con los muebles apiñados, mi madre, mi abuela, mis tías (la verdadera y la postiza), mis primos segundos, y yo. Allí había nacido y crecido, en medio del peligro de un derrumbe inminente. Mi única visión consoladora era la vastedad de aquel muro descascarado que me ofrecía figuras en forma de nubes, conejos, gatos, perros, absolutamente imaginarios. Un pedazo de cal se desmoronaba y otra nueva figura aparecía ante mis anonadados ojos.

Introduje mi pequeño dedo en el agujero, fui agrandándolo, hasta que mi abuela me dio un manotazo: “-¡Si sigues por ahí tumbarás el edificio que ya de por sí está en ruinas!”. Cesé de ampliar aquella nueva dimensión a través de la cual pretendía yo que iría a desembocar en un mundo pleno de dinosaurios, cundido de los animales más exóticos, tal como me los iba mostrando la cada vez más estropeada tapia. Pegué el ojo al agujero, creí descubrir la magia de formas y colores de un caleidoscopio. Mi madre me separó de un tirón de trenza. Ella sabía cómo extraerme súbitamente del extravío de los sueños, y no era mediante la más delicada de las formas.

Años más tarde, mientras leía a José Lezama Lima, se me ocurrió que el agujero vendría siendo como una especie de tokonoma personal, ese orificio rellenado de secretos y trofeos en las sabias paredes de los hogares nipones, por el que se expresan las almas atribuladas. Me dije que, si leemos en la Biblia, “el espíritu sopla donde quiera” -¿o donde quiere?- yo había escuchado cientos de voces de espíritus a través de aquel huraco, que transformé con la uña en un gigantesco sol sombrío.

Alrededor de aquel círculo continué descascarando, procuraba formas desiguales con las uñas, terminaba con el rostro blanco de cal. Los adultos terminaron por dejarme por incorregible: “-Total, si esto se tiene que caer algún día, pues que se caiga de una manera poética”. Argumentaba mi abuela con una sabia serenidad. Así sucedió, al fin aquello se hundió desde el artesonado del techo; por poco mi abuela y yo no sobrevivimos para contarlo. No fue nada lírico.

Muy anterior al fatal derrumbe, una tarde, mientras deambulaba por la calle Conde en dirección a la calle Merced, a donde se había mudado una de mis atolondradas tías, encontré mi primer tesoro: una bolsita llena de creyones, semillas, y una alianza de oro. La alianza de oro mi abuela la guardó al punto en el bolsillo del delantal, “para cuando seas grande”, soltó. Las semillas las disparé una a una dentro de la perforación, en el que ya había comenzado a introducir cualquier cantidad de objetos extravagantes, transformándolo en una suerte de cofre de tesoros perdidos, o hallados. Mostré los creyones a mi madre, respondió: “-No tengo papel para que pintes, si quieres pintar, pinta ahí mismo…” Señaló para la pared. Ese mundo muy mío, tan mío.

Si mi abuela fue la que me colocó en el camino de la escritura, mi madre fue la que, tal vez sin quererlo, y quizás para que la dejara tranquila y no continuara lanzándome de cabeza desde lo alto del armario hacia el colchón, no por miedo a que me rompiera un hueso, sino por temor a que el colchón perdiera los últimos muelles sanos que le quedaban, me puso en el rumbo de la pintura. Ambas en el de la lectura.

En pocas semanas en la pared del cuarto surgieron las más insólitas formas, animales, rostros, diálogos entre ellos, que sólo un niño es capaz de pintar. Las yemas de los dedos reemplazaron a los creyones cuando estos se gastaron, hasta que la piel quedó al rojo vivo. Entonces, también, del hoyo surgió la raíz de una especie de arbusto extraño, florecido, y que por razones misteriosas creció todavía más hasta devenir sólida arboleda.

No sé si fue el árbol que sembré en la pared-mural lo que provocó el derrumbe del inmueble, que ya se encontraba sostenido apenas por un suspiro, el hecho es que el edificio empezó a pandearse y a abatirse a trozos con nosotras dentro. Nos dio tiempo de correr hacia las escaleras. Una vez en la calle, el estruendo del desplome a espaldas nuestras nos dejó sin aliento. Lo único que se mantuvo en pie fue la pared, y el árbol entroncado en el tokonoma.

Después vinieron dos años que me parecieron una eternidad, sobreviviendo en el albergue de la calle Montserrate y, otros dos en los que dormí en la platea del cine Actualidades. Cuatro años bastaron para que me desviara hacia la escritura, de una manera que creí definitiva. Hasta que apareció Ramón Unzueta en mi vida, adolescente despeinado, con su sonrisa exuberante, ya desde entonces pintaba en mi alma, y me enseñaba a pintar en la suya. Lecturas, visitas al Museo de Bellas Artes de la mano de mi abuela. Luego Ramón Unzueta, que dibujaba toda clase de personajes inspirados por la vida y por el séptimo arte, ese es mi mundo iniciático autodidáctico, cercano a las artes plásticas.

Mi amistad y compromiso posterior con los pintores de todas las épocas y por los de la Generación de los años 80 en Cuba y fuera de Cuba me devolvieron el gusto por el pincel y el lienzo, además de la crítica artística.

Un buen día, de esos días pesarosos del exilio, retomé los creyones y el pincel. Sin embargo, nunca había dejado de dibujar: storyboards para escaletas y guiones de cine de mi autoría, y con la intención de perfilar los caracteres de algunos personajes de mis novelas.

La pintura siempre ha estado presente en mi escritura -y a la inversa- a través de sus principales temas, mediante la obra de los pintores que he estudiado con amor meticuloso, de los museos, de mis viajes… La escritura es mi vida, la pintura ha significado en más de una ocasión mi salvación.

3 Comments

  1. Maria E. Enruquez

    Linda historia de ti y las mujeres de tu vida que te guiaron y ayudaron de alguna firma a desarrollar tanta creatividad que tenias en ti. Uno nace , no se hace. Besos

  2. Hermoso texto, y hermosa amistad con Unzueta(EPD) y Eneida. Te podemos encontrar , pizpireta y traviesa, hoy en dia, en su obra pictorica!

  3. Heidys Yepe

    Que honor para mi tener tus pinturas y dibujos. Tu gran sensibilidad como ser humano se transmite no solo en tus libros para también en todo tu arte.

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