Cuba y el pragmatismo imperial de los romanos

Andrés Facundo Cristo de los Dolores Petit

Por Armando de Armas.

Paradójicamente la tradición o religiosidad viva en Cuba no vendría tanto de Europa -que en tiempos del descubrimiento de la isla habría empezado ya en alguna medida su proceso degenerativo hacia la modernidad que llevaría a fenómenos como la Reforma protestante y la Revolución francesa- como del África y a través de las denominadas Sociedades de Hombres, cual la Sociedad Secreta Abakuá, de profunda raigambre en el Occidente de Cuba, y la Orden de los Sacerdotes de Ifá. Puesto que en muchos pueblos primitivos el individuo, hasta cierta edad, era mantenido en el seno de le familia y especialmente al cuidado de su madre -en todo lo que se refiere al aspecto material, físico de le existencia que se encontraba bajo el signo femenino- porque no era considerado más que como un ser «natural». Pero en un momento dedo sobrevenía, o más exactamente, podía sobrevenir, un cambio de naturaleza y de status. Ritos especiales llamados precisamente «ritos de tránsito» (acuciosamente investigado por el estudioso rumano de las religiones comparadas, Mircea Eliade), a menudo precedidos de un período de separación y aislamiento y acompañados frecuentemente de duras pruebas, suscitaban según un esquema de «muerte y renacimiento», un ser nuevo que, sólo a partir de ese momento era considerado como un «hombre». Anteriormente, cualquier miembro del grupo de cualquier edad, era de hecho asimilado a las mujeres, a los niños e incluso a los animales. Tras haber sufrido esta transformación, el individuo se encontraba ligado a la «sociedad de hombres», donde el término hombre tenía pues un sentido iniciático (sagrado) y guerrero al mismo tiempo, en razón del poder del que disponía en el grupo o clan. Igualmente las tareas y la responsabilidad que le incumbían especialmente en el interior del grupo y sus derechos eran diferentes de los demás miembros.

Así, bien entendido, cuando se dice que Abakuá es Hombre no se trata tanto del sentido físico, machista del término, sino del sentido espiritual, de la virilidad referida a un orden superior. Lo que vendría a sostenerse en la idea de Julius Evola acerca de que en este esquema de los orígenes, de las iniciaciones como las de Abakuá, están contenidas las «categorías» fundamentales que definen el orden político frente al orden «social». Le primera de ellas es una consagración especial, la del «hombre» en el sentido inmanente -el vir, dirían los Romanos y no simplemente el Homo- . Presupone una «ruptura de nivel», un distanciamiento en relación al plano naturalista y vegetativo y ciertamente femenino. El poder era el principio del mando detentado por la «sociedad de hombres». Pueden verse justamente como «constantes» una de las ideas-base que, a través de una gran variedad de aplicaciones, de formulaciones y derivaciones, se reencuentren invariablemente en la teoría o, mejor dicho, en la metapolítica del Estado construida por las mayores civilizaciones del pesado. Los procesos de secularización, racionalización y materialización que se han desarrollado de forma cada vez más neta en el curso de los tiempos modernos, acabaron velando y taponando estos significados originales.

La antigua noción romana de Imperium pertenece esencialmente al dominio de lo sagrado, antes que expresar un sistema de hegemonía territorial supranacional; así, según lo ve Evola, el Imperium designa la pura potencia del mando, la fuerza casi mítica y la Auctoritas propias a quien ejerce las funciones y posee la cualidad de Jefe, tanto en el orden religioso y guerrero como en el de la familia patricia -la Gens- y principalmente del Estado, la Res Publica. En el mundo romano, profundamente realista sin embargo, y precisamente por ello, este poder, que es al mismo tiempo «auctoritas», conserva siempre su carácter de fuerza luminosa de lo alto y de potencia sagrada, más allá de las técnicas diversas y a menudo ilegítimas que condicionaron su acceso en el curso de los diversos períodos de la historia de Roma.

Es interesante apreciar que los romanos probablemente han sido al unísono el pueblo más pragmático y el más religioso de la Historia. Para la mente moderna ello sería una profunda paradoja pero, desde el punto de vista de la Tradición, no habría contradicción entre  pragmatismo y religiosidad sino más bien, completud, así, el auténtico pragmatismo lo primero que buscaría es el favor de los dioses, la gracia divina, y la auténtica religiosidad, la religiosidad viva, no tendría más fin que la vía más segura, pragmática, para la salvación del alma y el adelantamiento, elevación de los asuntos humanos.

Quizá, visto así, la salvación nacional cubana pasaría no tanto por los escarceos mediático liberadores –esos exorcismos de fermentos hormonales- como por un regreso al auténtico pragmatismo de la religiosidad viva y operacional.

Armando de Armas. Escritor cubano exiliado, autor en los géneros de periodismo investigativo, ensayo, narraciones y novelas. Entre sus libros destacan La tabla, una abarcadora novela sobre la sociedad isleña, y Los naipes en el espejo, un ensayo sobre la historia de los partidos políticos estadounidenses que augura además el triunfo electoral de Donald Trump en 2016 y un profundo cambio de época en el mundo occidental. Editor Educación/Cultura ZoePost.

 

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