CÓRDOBA -Entre el Guadalquivir y la Sierra Morena-

El antiguo Puente Romano desde el cual se puede llegar a la Mezquita. Foto del autor

Por Manuel C. Díaz.

Levantada a orillas del río Guadalquivir y con la Sierra Morena como telón de fondo, Córdoba es una de las ciudades más bellas de Andalucía. Y de las más visitadas también. Todos los operadores de tours la incluyen, junto a Sevilla y Granada, en sus itinerarios.

Y cómo no iban a hacerlo si en su casco antiguo todavía puede palparse, en sus edificaciones y calles, una parte importante de su historia. Fue por eso, y porque queríamos volver a ver su impresionante Mezquita, que nosotros también la incluimos en el itinerario de nuestra última visita a España, antes de la pandemia.

Los principales puntos de interés turístico de Córdoba están concentrados dentro del casco antiguo. Y fue precisamente allí donde comenzamos el recorrido. Como estábamos hospedados en el Hotel Parador, que está situado en las faldas de la sierra y un poco alejado del centro, tomamos un taxi que nos dejó en la misma puerta del Alcázar de los Reyes Cristianos, donde debíamos encontrarnos con el guía de una excursión que habíamos comprado el día anterior en la carpeta del hotel y que comprendía visitas al Alcázar, a la Mezquita, a la Sinagoga y un recorrido a pie por el barrio de la Judería. Pudimos haberlo hecho por nuestra cuenta, pero nos pareció que con las explicaciones de un guía profesional aprovecharíamos al máximo la visita.

Interior de la Mezquita de Córdoba. Foto del autor

Y así fue. El Alcázar, mandado a construir en 1328 por Alfonso XI, fue durante algún tiempo la residencia principal de Isabel y Fernando, los llamados Reyes Católicos. Fue aquí donde ambos monarcas planearon la reconquista de Granada y también donde despidieron a Cristóbal Colón cuando salió hacia el nuevo mundo.

Lo que más impresiona del Alcázar no son sus torres, la de los Leones y la del Homenaje (a las cuales se puede subir y desde donde puede verse toda la ciudad), ni siquiera sus baños árabes, sino sus hermosos jardines, repletos de flores y separados unos de otros por fuentes saltarinas que se alinean uniformes entre cipreses de un profundo verdor y sobrias estatuas de monarcas españoles.

Puerta de entrada al Alcázar de los Reyes Católicos. Foto del autor

Al salir del Alcázar comenzamos el recorrido de la Judería (el antiguo barrio judío) y nos adentramos en su intrincado laberinto de callejuelas empedradas y pequeñas plazas, hasta llegar a uno de sus principales puntos de interés, la Sinagoga, pequeña pero bellamente conservada (la única que queda en Córdoba) con sus paredes dibujadas con Estrellas de David.

Pero si las visitas al Alcázar y a la Sinagoga resultaron interesantes, todavía nos faltaba la imprescindible visita a la famosa Mezquita (hoy día es la Santa Iglesia Catedral de Córdoba), a la cual entramos, acompañados de nuestro guía, por la Puerta del Perdón, que es la que accede al Patio de los Naranjos, donde los musulmanes realizaban sus abluciones.

Allí mismo, antes de que entrásemos a la Catedral, comenzaron las explicaciones: «Bajo toda catedral, siempre hay un lecho de catedrales ocultas». En el caso de la de Córdoba se sabe, mediante las excavaciones arqueológicas realizadas, que sus orígenes eran visigodos y que allí se levantó la basílica de San Vicente (una iglesia martirial del siglo VI), destruida para construir sobre ella, en 785 durante la dominación musulmana, la Mezquita, considerada en su tiempo (cuando Córdoba era capital de Al-Andalus) la más importante del Islam Occidental.

La transformación cristiana de la Mezquita se llevó a cabo después de la reconquista de Córdoba, en 1236, por el rey Fernando III, y consistió en un ritual de purificación para que la Mezquita se convirtiera en un lugar de consagración a Cristo. Más tarde se construyó allí mismo la Capilla Mayor, a la que siguieron las restantes capillas (Real, Purísima Concepción y San Pablo) y el salón del Tesoro Catedralicio, donde se encuentra depositada la Custodia del Corpus Christi, que todavía hoy procesiona por las calles de Córdoba.

Al terminar la visita de la Mezquita, salimos por la Puerta de Santa Catalina, que da a la calle González Frances, desde donde caminamos hasta el Puente Romano, el cual cruzamos para llegar hasta la Torre de la Calahorra, una fortaleza de origen islámico, concebida para proteger la ciudad. Desde allí, tomamos un taxi y regresamos al hotel.

Estatua de Colón con los Reyes Católicos en los jardines del Alcázar. Foto del autor

Al otro día, temprano en la mañana y por nuestra cuenta, recorrimos otra parte de la ciudad y visitamos la Plaza de Colón, una de las más populares de Córdoba, y también de las más bonitas pues en su centro hay una hermosa fuente rodeada de jardines. De la Plaza de Colón salimos por la Puerta Osario y hasta la del Conde de Priego, donde se levanta un monumento al gran torero Manolete y donde estábamos citados con el guía que nos llevaría en un recorrido por los patios cordobeses.

Y es que tuvimos la suerte que esa semana de mayo se estaba celebrando en Córdoba el Concurso Popular de Patios, que es organizado todos los años por el Ayuntamiento de la ciudad y con el cual se premian los esfuerzos de los vecinos por conservar los tradicionales patios cordobeses.

Interior de un patio cordobés. Foto del autor

 

Nuestro tour incluía un recorrido por algunos de los patios que estaban concursando (a los cuales se podía entrar) y una cena en un restaurante típico del barrio de Santa Marina, más conocido como el de los toreros. Visitamos casi una docena de patios y todos, por el colorido de sus rosas, geranios, jazmines, nardos y claveles, nos parecieron merecedores de un primer premio. El recorrido terminó casi al anochecer. Un poco más tarde, entre las fotos de los diestros famosos que adornaban las paredes del restaurante, nos despedimos de Córdoba junto a nuestro guía y al resto del grupo. Y lo hicimos de la mejor manera posible: con un buen plato de salmorejo y un estupendo estofado de rabo de toro. Para finalizar, un brindis colectivo con un exquisito fino de las bodegas Montilla Moriles. Todos alzamos las copas y prometimos regresar. Cuando caminábamos de vuelta a la Plaza del Conde de Priego, el aroma nocturno de los patios cordobeses nos envolvió de repente. En ese momento supimos que cumpliríamos nuestra promesa de regresar.

El autor con su esposa

Manuel C. Díaz es escritor, crítico literario y cronista de viajes.

 

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