Conservadurismo, belleza y sentido común

Venus de Urbino. Tiziano

Por Ulises Fidalgo.

La poetisa Dulce María Loynaz solía decir que la belleza era inútil, sin embargo el pensador Roger Scruton basó su conservadurismo sobre la importancia de la belleza. Afirmó algo así como que el conservadurismo es el impulso natural a preservar lo que es bello. Aunque parezcan posiciones contradictorias ambos estaban diciendo lo mismo. Apelaban al sentido común.

Ciertamente la belleza aparenta ser un término demasiado subjetivo como para definir al conservadurismo, pero es que todos los términos son subjetivos. Los diccionarios y la lógica han creado la superstición de que las palabras son frías y tienen sentidos precisos, y que las ideas las contenemos dentro en forma de esas mismas palabras fijas. Pero ellas son resbaladizas, y las ideas más. Cuando decimos “trueno” no sabemos si nuestro interlocutor lo relaciona con el ruido de una descarga eléctrica, con un rugido del dios Thor, un aplauso estruendoso, la visión de un rayo, o la muerte de algún familiar a causa de ese mismo rayo, pero seguimos hablando como quien maneja sobre un pavimento helado. Toda palabra tiene un contenido mágico, y conformamos conjuros con ellas, pero les llamamos expresiones. Cuando creemos que exponemos una idea, lo que hacemos es intentar contagiar a los que nos escuchan de las emociones que tenemos relacionadas con esa idea. Apelamos al sentido común.

El hombre moderno ha creído que se puede codificar la moral con la misma precisión que se le supone a un teorema. Es evidente que una sociedad necesita de una moral común para funcionar. Antes, la justificación para establecer dicha moral no era la utilidad práctica y las ventajas económicas de observarla, sino el mero hecho de que era un mandato divino. La conexión del Cosmo con nuestros actos cotidianos. En la modernidad, al intentar amputar el espíritu de la vida pública, buscamos una ética científica, definida impecablemente, sin margen para el error. Creemos en la ficción de una ética racional, tan racional que puede ser mínima. Los términos matemáticos en la vida cotidiana nos han persuadido de que el mínimo existe cuando hablamos de asuntos humanos. También hablamos de la posibilidad de un Estado mínimo. Somos cartesianos.

Desde Kant hasta Rothbard han intentado prescindir del sentido común y elaborar una moral fría donde las enseñanzas intangibles deben subordinarse a las palabras y no al revés. La realidad se adapta a su descripción y no lo contrario. Todo bien definido desde la tranquilidad  proporcionada por las tropas del Káiser o los marines del Navy. Rothbard, por ejemplo, sintió la necesidad de enunciar un principio de no agresión, según el cual “un individuo puede comportarse como desee siempre que no inicie ni amenace con iniciar violencia física contra otro individuo o su propiedad”. Muy certero y justo, pero en realidad es una secuencia de impresiones. ¿Cuál sería el sentido del verbo iniciar, qué es amenazar, y en qué momento la violencia se convierte en física? Podemos imaginarnos muchísimas situaciones donde no está claro que un bofetón sea el comienzo de la agresión, o que sea una agresión. Si tu mujer te descubre poniéndole los cuernos, no es justo reprocharle el bofetón que inevitablemente vas a recibir. Siguen siendo términos imprecisos, como la belleza.

Hay un modo de definir al conservadurismo como el antónimo del progresismo. Si en el progresismo todo lo nuevo es bueno y lo antiguo está destinado a ser desechado sólo por ser antiguo, algunos tradicionalistas consideran lo contrario. Lo antiguo es bueno sólo por ser antiguo. Pero eso conduciría a aberraciones morales como hacer admisible el espectáculo de las viudas en la India lanzándose hacia las piras funerarias, o peor, el sacrificio de niños a antiguas deidades, o aceptar como deseables a las monarquías del oriente medio, donde se castiga a los pecadores con penas horribles. Incluso deberíamos alegrarnos por la imposición de la vieja ley sobre el pueblo afgano por parte del Talibán. Para evitar esos despropósitos, el conservador no debería basar su visión en la mera tradición sino en la belleza, como propone Scruton. Observar la tradición no sería un fin en sí mismo, sino el método para preservar dicha belleza.

Dulce María Loynaz tiene razón cuando dice que la belleza es inútil, aunque sería mejor decir que ni siquiera el concepto de utilidad tiene sentido en este contexto. La belleza es el propósito último de todo lo que hacemos. Estudiamos matemáticas, leemos poemas, escuchamos música, para encontrar belleza. Incluso cuando trabajamos en lo que no nos gusta, lo hacemos para en algún momento comprar y conservar algo bello. Algo es útil si nos acerca a la belleza y es inútil si nos aleja. Su importancia es absoluta, porque es el fin.

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

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