Brumas

Dando actitud. Obra de Ramón Unzueta

Por Ulises Fidalgo.

El personaje de la profesora D me emergió de la página donde se exponen los cuadros del pintor Ramón Unzueta. Son tantos ojos y tan expresivos, que quién se siente expuesto es uno, en vez de los cuadros. Las miradas melancólicas contrastan con la alegría de los colores. La atmósfera es lúdica, pero se intuye el peligro del instinto, y de caer en él. Para evitar el vértigo me detuve en un sólo cuadro. Es lo que hago en clases. Busco una cara de expresión amistosa, y le hablo a una sola persona. La mirada en el cuadro era una sutil variación de los ojos del pintor, los de su hermana, y tal vez los de Betty Davis, pero sin la sonrisa de loba, o de zorra, que es su correcto título. Ella sería la profesora D, que enseñaría español en Cleveland State University. Sus alumnos, por el rigor de los exámenes, la solían llamar Lady Die. No la conocían. Ni siquiera la conoció aquel único hombre al que casi se atrevió a mirar.

No es que no conociera el sexo. Más bien abusaba de él. No perdía oportunidades, y en muchas ocasiones las creaba. Siempre estaba dispuesta, pero lo hacía con los ojos cerrados. Algunas veces se lo reprocharon:

– Así nunca te vas a enamorar -alguien le dijo.

Ella explicaba que de esa manera se concentraba mejor en las sensaciones y los olores, que son los sentidos más animales. Más lejos de la razón, tan persistente en ella. Lo cierto es que no resistía ver la fuerza de los ojos de nadie.

– Aún me abruman las miradas al entrar a clase- le avisó a aquel hombre en aquella única conversación.

Tal vez también fue una explicación de aquel poema suyo, que hace años apareció en una colección de poemas cubanos escritos fuera de Cuba:

Leaves will soon be falling down
Revealing City’s true colors.
Here I’ll be to attend
This hidden blues again.

Ella, como todos, se repliega ante el invierno, pero lo hace de otro modo. Ahora que ya no es joven, se confina con placer cada vez que puede. No hace falta que la obliguen. Hubo una época en que los hombres pensaban que los astros eran ojos de dioses que los miraban. La Luna sería entonces un ciclo eterno de guiños a la Creación. D, encuentra en aquel capote de nubes sobre Cleveland, un alivio a tal vigilancia.

– La luz del verano no es alegría sino sarcasmo. Se ríe mientras castiga con el sol.

Ella nunca pensó que se iba a dedicar a la literatura. Escribía sólo para conversar con el papel. Es decir, para conversar con alguien. Con ella misma. Por igual razón intentó la pintura, pero sus ojos sobre el lienzo le devolvían peor sensación que sus palabras sobre el papel. Empezó a estudiar en el Instituto de Física Nuclear de la Quinta de los Molinos, en La Habana, y lo abandonó cuando se dio cuenta que los estaban preparando para construir una bomba atómica contra los Estados Unidos. Cuando hoy se encuentra con algunos de sus antiguos condiscípulos, tan altaneros ellos, enseñando Física de Partículas en alguna Universidad importante de los Estados Unidos, se ríe hacia adentro y piensa: “Nunca te diste cuenta de que ahora no eres un asesino de masas por pura casualidad, porque tumbaron el muro de Berlín, y no fuiste tú. Ahora te están pagando los que nunca hubieran nacido, porque tú habrías matado a sus padres.” En aquellos años que abandonó la Física le salió este poema:

A veces en la noche descubrimos al eterno infinito que nos envuelve, y nos abraza con su desprecio. Acariciamos alguna de esas estrellas donde enfriamos nuestras esperanzas. Hay algún astro de rígido cometido, que anda consigo arrastrando al Tiempo para convertir su inapelable sustancia en el telón de nuestra historia. Y reímos entonces de las ridículas altanerías humanas, de los ideales que racionalmente nos aseguran un bien estar, de las éticas banales, y de los odios a los que los gremios, caprichosamente nuestros, nos empujan.

Reímos.

Pero de pronto,
Y sin que nos los hayamos propuesto,
El necio estómago nos gravita

A nuestra Galaxia,
Nuestro Planeta,
Al Barrio,
La familia,

Y a la única verdad,

Al Yo,

Repleto de vida y necesidades.

– Empecé a dar clases en los tiempos en que aún se podía fumar dentro de las aulas – le contaba ella a su nueva captura. El hombre que había decidido mirar. Por fin vería como se desvanece la fuerza por placer. Así caen las montañas-, por eso superé el primer día. Entré en aquella bruma temblando, y cuando la atención de la clase aumentó, y el humo por fin iba descendiendo, se me revelaron aquellos ojos atentos. Todos miraban en una misma dirección. Hacia mí. ¿Te imaginas? Al menos dos ojos por cada estudiante. Se me anudó la voz. Creo que se dieron cuenta. A cada rato miraba a la puerta. Podía abandonar.
– No me lo imagino.
– Es difícil, pero todo el mundo lo logra – volvió ella con tono de maestra.
– Lo que no me imagino es una clase llena de humo. No aguanto el tabaco.
– ¿No fumas?
– No… Bueno, alguna vez probé uno y no me gustó.
– Nunca gusta. Ni la primera, ni la segunda, pero llega el momento, que ya no puedes dejar de hacerlo. Hay otra cosas que también duelen pero hay placer en repetirlo.
– Profesora D., yo vine porque necesito una carta de recomendación para solicitar una plaza de investigador en la NASA.
– Me refería a dar clases -aclaró D-. Siempre duelen las miradas, pero enseñar es una maravilla.
– Desde luego, entendí. Yo me preguntaba si usted podría redactar una carta para mí. Saqué muy buenas notas en su curso. Para mí sería una maravilla participar en ese proyecto. Están buscando la manera de desviar la órbita de cualquier objeto que se dirija hacia la Tierra. Sería maravilloso ser parte del grupo de gente que salvaría a la humanidad.
– Será un placer escribirte esa carta. Tienes muy buenos sentimientos, y eso debe ser promovido.

Esa noche la profesora D no pudo dormir. Acurrucada en una colcha sobre su sofá, descubrió que en su casa hay ratones. Uno casi se subió a la mesa, pero al verla, salió huyendo. Antes le espetó una mirada temblorosa, pero desafiante. Ella no se arredró. Se la sostuvo hasta que el ratón cedió. Con esa mirada quedó inmortalizada en el cuadro de Unzueta.

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

10 Comments

  1. Me encantó. Gracias Ulises. Gracias Zoé.

  2. Pingback: Brumas – – Zoé Valdés

  3. Maylin

    Muy lindo Uli!
    Y de paso también la obra de Ramón Unzueta, no la conocía.

  4. Sergio Chávez Bonora

    Admiro toda la obra de Ramón Unzueta

  5. Heidys yepe

    Maravilloso relato. Esos ojos de Unzueta dicen tanto!

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