Barbarie neofeminista

Por Zoé Valdés.

Durante seis años trabajé en los peores trabajos que se pueden imaginar en el campo cubano: campo de caña como aguatera, recogida de la papa, recogida del tomate, recogida de granos de café, deshoje, deshije, recogida, y cosido de hojas del tabaco, desyerbe en campos de fresas, recogida de fresas… Ocurrió durante los períodos llamados de “escuela al campo” obligatorio, como todo en aquella isla comunista: obligatorio, reitero.

Acababa de cumplir 12 años, nos separaron de nuestros familiares y nos enviaron a lejanas zonas rurales, a doblar el lomo como esclavos, aunque en el siglo XIX los esclavos en Cuba se alimentaban mejor; siendo todavía estudiantes, fuimos condenados, niñas y niños, a rudos trabajos que empezaban desde las cinco de la madrugada y terminaban a las nueve o diez de la noche, con el pretexto de que había que cumplir las metas socialistas para salvar a la patria del imperialismo yanqui que jamás nos invadió como sí nos invadió el imperialismo soviético durante tres décadas.

Se podía decir que no, renunciar a participar, pero si se hacía, sabíamos que jamás obtendríamos una carrera universitaria, aparte del escarnio público que incluían insultos y agresiones físicas, como cuando apedreaban a los ‘rajados’ en los campamentos, aquellos que no resistían el duro esfuerzo y la férrea disciplina. Además, trabajar en aquella forma de esclavismo socialista era un modo de pagar los estudios, porque en Cuba, o sea, bajo el comunismo, siempre pagas, nada es gratis como se ha mentido hasta hoy. Ni la enseñanza ni la salud son gratis. El comunismo no da nada gratis, por el contrario, despoja de todo.

A los 12 años tuve mi primera menstruación. Siempre fui de reglas abundantes y dolorosas, me duraban entre siete y diez días. Escaseaban las íntimas o servilletas sanitarias, nos teníamos que acomodar entre las piernas trapos recortados de sábanas viejas y lavarlos hasta que se deshacían entre la espuma del jabón Batey. Cuando ya no había más sábanas ni ropas que recortar, debíamos echar mano a lo que hubiera; en numerosas ocasiones el áspero yute consiguió ser una solución. Con el calor, el roce, el trabajo en el campo, el sudor, el tejido que quemaba nuestras carnes, aparecían las llagas provocadas por los pelillos de la soga. Ni un cilicio habría dolido tanto. Las aspirinas o antídotos contra el dolor de ovarios y de heridas, antaño fabricados en Cuba, también brillaban por su ausencia, como el resto…

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2 Comments

  1. Edmme Baguer

    Magistral.

  2. Luis Mac-Beath Luant.

    Como siempre por el medio del home!

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