Amplitud

Campo de Calatrava

Por Ulises Fidalgo.

Cuando escapas de Cuba, enfermo de esa insularidad aguda que estrecha hasta los sueños, una frase-conjuro puede curarte para siempre: “Amplia es Castilla”. Entras a Madrid viniendo desde Ciudad Real, o cruzas la Sierra de Guadarrama hacia los campos de Valladolid, y ves aquella Libertad. Es como asomarse al mar, pero sin la necesidad de ser un hombre Dios para caminar sobre aquella inmensidad. Amplia es Castilla. No hace falta resolver los problemas del barrio. Aquí lo que sobra es espacio.

La amplitud es visible, pero la conciencia de cuan grande es la hispanidad la adquirí cuando saqué la cuenta de que después de recorrer medio occidente, sólo había vivido en una ciudad que nunca fue España. Mi actual Cleveland. De todos modos el Toledo de Ohio está cerca. La única manera de no abrumarse con aquel tamaño sobrehumano es no pensar en ello. Es lo que hacemos y de paso negamos la importancia de lo que lo español fue para occidente. Si lo recordamos muy a menudo, la gratitud nos paralizaría, y hay que vivir en el presente. Aquí, en este texto, me detengo y me permito, todo lo humanamente que puedo, asombrarme ante lo inabarcable.

Eso que llaman el Imperio Azteca es la única civilización basada en el canibalismo que recoge la historia, y debemos a la hispanidad su corrección. Unos pocos peninsulares junto a parte de la fuente de alimentación de los aztecas, lograron convertir aquella aberración en un territorio moralmente aceptable, y luego extenderlo hasta construir el virreinato de Nueva España. De no haberlo hecho ellos entonces, hoy estaríamos obligados a hacerlo nosotros, pero queda una pregunta terrible ¿Cómo y con qué? ¿Con qué fuerza civilizadora lograríamos cambiar las malas costumbres de los aztecas? ¿Con la misma que fracasó contra los talibanes? Tal vez con aquella otra que nunca logró eliminar el espectáculo de las viudas en la India lanzándose a las piras funerarias, y convirtió a China al libre comercio, pero del opio. La diferencia, es decir la causa del éxito de los españoles, es que los conquistadores y evangelizadores no eran funcionarios públicos. No los pagaba el Rey, tampoco el Pueblo. Sus iniciativas eran privadas, bajo sus riesgos y propias creencias.

Dicen que el ajedrez viene del oriente patriarcal, pero la reina es la pieza más poderosa del tablero. La razón es que sus reglas terminaron de conformarse en España durante el reinado de Isabel de Castilla. Ella y Teresa de Ávila eran grandes aficionas al juego. Durante años he escuchado que los anglosajones tenían el don de crear reglas, y que por eso los deportes todos eran inventos británicos o americanos. Es cierto, pero la esencia del ajedrez son sus reglas. “Creación sobre reglas fijas y claras”, bien podría ser una definición del liberalismo clásico. De los tres grandes ajedrecistas del continente americano, dos son de origen español: Capablanca en el pueblo de Aguacate, y Murphy en New Orleans. Confunde que Murphy tenga apellido Irlandés, pero O’Donell y O’Higgins también los tenían. Su padre se llamaba Alonso Murphy, y la Louisiana, desde New Orleans hasta Toledo, era española.

Napoleón la entregó a la Unión usurpando la soberanía de los españoles. A los habitantes de los Estados Unidos les pareció aquello un regalo envenenado. Lo aceptaron pero rápidamente se prepararon para combatir a los españoles cuando quisieran recuperar su territorio. Reclutaron milicias, se pertrecharon de armas, y desde luego, de propaganda de guerra contra el posible enemigo. En Toledo todavía hay vestigio de aquel miedo, que hoy sabemos inútil. Después de Napoleón el Imperio se deshizo en una guerra civil, tan amplia como era su territorio. Hay quien dice que Hispanoamérica se balcanizó, mejor sería decir que los Balcanes se españolizaron, porque a los hispanos les pasó primero. Por cierto, algún día sabré el origen del topónimo de Montenegro.

A los cubanos nos gusta creernos que el Lobby cubano del siglo XIX logró que los Estados Unidos entraran en una guerra contra España, por causa de Cuba. Si fuera así tendríamos que aceptar que los cubanos del siglo XIX, educados en el Instituto de La Habana, o en la Universidad de Zaragoza, eran más capaces que el actual Lobby cubano, algunos egresados de Harvard, pero que durante décadas, no han podido mover a ningún gobierno de Estados Unidos contra la tiranía de los Castros, un poder ínfimo en comparación al entonces Reino de España. Lo cierto es que no fueron los cubanos. El miedo no desaparece, cuando es inútil se convierte en odio, y se pudo reclutar con cierta celeridad a un ejercito para la guerra. La guerra habría sido terrible, pero en las logias masónicas de todos implicados se conspiró para mitigar el horror.

En agosto de 1988, tras una iniciativa del Presidente Ronald Reagan, el Congreso de los Estados Unidos aprobó en forma de ley la celebración del mes de la hispanidad. Serían 31 días desde el 15 de septiembre hasta el 15 de octubre. Tal vez podríamos usar este tiempo para dejarnos asombrar por la amplitud de miras de nuestros antepasados, y quizás aprender, y abrir nuestra estrechez de hoy.

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

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