Por David Alandete/ABC.
Bajo los focos de una operación nocturna de rescate, ante una formación de agentes venezolanos y con los restos del terremoto todavía marcando el paisaje, John Barrett se acercó a Diosdado Cabello, el poderoso ministro del Interior. El nuevo encargado de negocios de Estados Unidos en Caracas le apoyó una mano en el brazo. Hablaron unos segundos, conversación cordial. Fue un gesto mínimo, parecía casi rutinario, pero cargado de una importancia extrema para el régimen y para su oposición, porque durante años habría sido imposible una escena así. Cabello no es un funcionario venezolano más para Washington, un jerarca sin peso en el entramado chavista. Ha sido un objetivo prioritario: imputado en Nueva York por delitos vinculados al narcotráfico y al narcoterrorismo, incluido durante años en la lista de buscados de EE.UU. y objeto de una recompensa de hasta 25 millones de dólares (equivalente a 21,8 millones de euros) por información que condujera a su arresto o condena. El Departamento del Tesoro también lo sancionó. Desde su programa, Con el mazo dando, había hecho de la enemistad con Washington y el ataque a Trump una parte central de su discurso político, un argumento de su agitación constante contra el imperio.















