Cultura/Educación

DLA. Antoine Assaf: una guitarra entre islas, exilios y ciudades

Por Zoé Valdés/Diario Las Américas.

Abundan los músicos que parecen nacer en un solo país, otros que, desde el comienzo, pertenecen a una constelación. Antoine Assaf pertenece a esa segunda estirpe: la de quienes llevan en el oído una patria múltiple, una memoria hecha de acentos, mudanzas, silencios familiares y canciones que sobreviven al viaje. Hijo de madre cubana y padre libanés, nacido en Francia, criado y formado en Londres, Assaf no toca la guitarra como quien se instala en una tradición cerrada, sino como quien abre una ventana en cada cuerda. Su instrumento no es exclusivamente la madera, la caja de resonancia y la técnica: es una casa portátil, una lengua que le permite reunir lo disperso.

En tiempos en que las identidades suelen simplificarse hasta volverse etiqueta, la trayectoria de Assaf propone otra lectura: la identidad como contrapunto. Cuba y el Líbano no aparecen en él como emblemas decorativos, sino como pulsaciones profundas; Francia no es más el lugar del nacimiento, ni Londres únicamente el escenario de una formación rigurosa. Cada territorio parece haberle dado una manera distinta de escuchar. De la isla cubana llega la cadencia, la resonancia que sabe bailar, la alegría que no ignora la herida. Del mundo libanés, tal vez, una conciencia antigua del desplazamiento, de la melodía que atraviesa montañas y mares. De Francia, una claridad de frase, una cierta arquitectura de la sensibilidad. De Londres, la disciplina cosmopolita de una ciudad donde todo idioma se mezcla y toda tradición puede reinventarse.

La guitarra, en sus manos, se vuelve un mapa. Pero no excepcionalmente un mapa político, con fronteras fijas, sino un mapa afectivo: una cartografía de resonancias. La guitarra clásica tiene esa virtud secreta de hablar bajo y, sin embargo, decirlo todo. No impone; persuade. No avanza como una orquesta, sino que se aproxima como una confidencia. Quizá por eso resulta tan adecuada para un músico como Assaf, cuya biografía parece pedir un instrumento capaz de contener varias habitaciones interiores. En la guitarra caben el salón europeo, el patio habanero, la memoria árabe, el estudio londinense, el eco de una iglesia en París o de una sala en Londres. Caben también los fantasmas de lo que no se vivió directamente pero se heredó: una abuela desconocida aunque evocada, una ciudad perdida, una lengua escuchada de niño, una canción repetida en familia.

No es casual que su repertorio mire hacia Cuba con una atención que excede lo folclórico. Interpretar a los grandes compositores cubanos, clásicos y tradicionales, no significa para Assaf cumplir con una obligación de origen, sino entrar en conversación con una genealogía. La música cubana, cuando se la escucha de verdad, nunca es una sola cosa: es africana y española, campesina y urbana, popular y académica, melancólica y de solar. Es danza, pero también pensamiento; raíz, pero también exilio. En ella la síncopa no es solamente un recurso rítmico, sino una manera de estar en el mundo: llegar un poco antes o un poco después del golpe esperado, desafiar la línea recta, convertir el desvío en estilo.

Cuando Assaf incorpora esas obras a sus conciertos en París y Londres, no traslada simplemente un repertorio de un sitio a otro. Lleva consigo una pregunta: ¿qué significa tocar Cuba lejos de Cuba? La respuesta no está en la pureza, sino en la escucha. La distancia, a veces, permite oír mejor. Desde París, desde Londres, desde cualquier ciudad donde el exilio haya dejado sus huellas invisibles, la música cubana adquiere una doble condición: es recuerdo y descubrimiento. Para el intérprete joven, hijo de una cubana, sobrino de un músico y un pintor, esa música no es museo, sino posibilidad. No se trata de reproducir un color local, sino de dejar que esa tradición respire en el presente, con el pulso de quien la recibe, no como herencia inmóvil, sino como materia viva.

Ahí cobra especial sentido cuando frasea desde la obra de José Ardévol hasta la presencia de una composición reciente de Attys Luna, otra joven creadora marcada por la experiencia cubana fuera de la isla. Hija de exiliados cubanos, Luna ha trabajado también desde esa zona donde la memoria familiar se vuelve arte y donde la pertenencia se escribe en plural. Su documental Ceiba, memorias de una familia cubana traza, precisamente, una línea entre generaciones, pérdida y relato. Que Assaf dialogue con una obra suya dentro de un repertorio que incluye a compositores cubanos clásicos y tradicionales abre una escena hermosa: la tradición no termina en sus maestros consagrados; continúa en los hijos, en los nietos, en quienes nacieron lejos y aun así oyen el rumor de la isla como si viniera de adentro…

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