Por Gloria Chávez Vásquez.
La IA o superinteligencia, se nos escapa de las manos y amenaza salirse de control.
Prometeo, titán olímpico, una de las figuras inmortales de la mitología griega, es, además, benefactor de la humanidad y símbolo del ingenio. Rebelde ante el poder y empático frente al progreso y la tecnología; conoce el precio de la libertad y la sabiduría.
En su currículo milenario, consta que es hijo de Jápeto y Clímene; hermano de Atlas, otro titán que, según la leyenda, carga el mundo a cuestas.
El nombre de Prometeo, equivale a previsor, “el que piensa antes”. Es por eso que decidí consultar con el mítico personaje, el dilema actual de la tecnología, confiando en una perspectiva, que no tenemos los mortales. Mis preguntas son un eco de las que se hacen actualmente la élite de la informática y en su máxima expresión, aquellos a quienes preocupa la inteligencia artificial:
¿Qué hacer con una superinteligencia, si no tenemos la capacidad para controlarla? ¿Si se nos escapa? ¿Si nos avasalla y se convierte en tiranía?
Cuando pido cita con Prometeo, este envía a Mercurio, el mensajero, para recordarme que su contacto con la humanidad no le ha sido muy propicio. Pero considerando que siente una empatía particular por nuestra especie, me concede una hora, por el reloj terrenal, para atender el asunto.
Sigue siendo un ejemplar del Olimpo, en todo el sentido de la palabra. Un poco enmohecido, porque la eternidad tiene sus inconvenientes. Pero es un mozo agradable a la vista e interesante y amable como interlocutor. Lo dejo a sus anchas para que se exprese. De hecho, lo ha dado todo por la libertad. Eso para mi tiene mucho mérito y es nuestra mutua prioridad.
—La vez pasada, cuando quise auxiliar al ser humano, me costó el hígado, o sea, mas que un ojo de la cara. Y es que Zeus es el maestro de los castigos. Sobre todo, cuando están relacionados con la desobediencia. Para eso es el líder de los dioses.
—Bueno, lo fue;porque según dicen los teoristas de los antiguos extraterrestres, hace mucho rato que Uds. se fueron de este mundo, para otro menos civilizado.
—Es que, según Zeus, la gente que anda inventando cosas es muy problemática. Ahora salen con lo de la superinteligencia y eso si que pone en riesgo todo el universo. Por eso me han dado la misión de que resuelva y no la vuelva a embarrar como con el fuego.
—Según la tradición, durante un banquete en Mécone, Ud. cogió carne de un altar de sacrificio, ocultándola bajo la piel. Zeus decidió que los hombres se quedaran con la carne y los dioses con el humo del sacrificio.
—Aún se me paran los pelos cuando lo recuerdo. Cuando se dio cuenta del engaño, Zeus ordenó privar a los mortales de lo más esencial en su vida. En ese entonces los primitivos no sabían cómo se producía el fuego. Si se apagaban las ascuas, que rescataban de los incendios forestales, no sabían cómo volverlo a encender.
—¡Por cierto! El fuego nos hace posible todo lo que nos distingue de los animales. Sin fuego, nuestra vida se devuelve a las cavernas, sin cultura y sin progreso. Ese castigo no sólo fue una represalia indigna de Zeus, sino un retroceso para la humanidad.
—Zeus en esa época era muy paranoico, y por nada se enojaba. Además, tenía reglas para los demás y ninguna para él, ¡el colmo de la hipocresía! Cogí entonces algunas ascuas encendidas, no recuerdo bien si fue en un altar del Olimpo o del taller de Hefesto, el herrero de los dioses, y se las entregué a los mortales, escondidas en un tallo de férula, una planta que arde lentamente y cuyo interior fibroso servía a los antiguos como yesca. Yo no les entregué una hoguera, sino una chispa, que los hombres pudieran aprovechar, mantener, cuidar y reproducir. No fue un regalo, sino una motivación para empezar de nuevo, con responsabilidad y técnica. No fue un gesto totalmente altruista. Fue un desafío al poder absoluto de Zeus.
—Gracias a ese gesto suyo la humanidad pudo seguir desarrollando la civilización.
—A Zeus, eso le supo a traición. Se enfureció de tal manera que, tirando rayos y centellas, me mandó a encadenar a una roca en el Cáucaso, donde mi hígado era devorado por un águila, cada día, y por la noche se regeneraba. Y para castigar a los hombres, ordenó a Hefesto crear a Pandora, la mujer que desató todos los males del mundo sobre la humanidad.
—En el fondo solo nos dejaron la esperanza.
—Afortunadamente, con los siglos, se le pasó la ira a Zeus y permitió que, en una de sus gestas, Hércules (Heracles) matara al águila y me liberara. Este anillo es un recuerdo de mis cadenas —añadió— exhibiendo el aro de hierro, en su dedo anular derecho, con triste orgullo.
—Con toda esa trayectoria, Ud. comprenderá lo que significa ese avance tecnológico del que quiero consultarle: la superinteligencia.
—No me sorprende nada de las criaturas humanas. Siempre han sido muy ambiciosas. Lo que, si da que pensar es que, con tanta guerra y destrucción, estén todavía en este mundo. La idea del fuego era calentarse, cocinar, fundir metales y fabricar herramientas, utensilios y armas, solo para cazar y defenderse. Han sobrevivido a base del sentido común, la constancia y el heroísmo de unos cuantos. Porque la mayoría siempre está del lado del exterminio.
—¡Preciso! ¿No cree Ud. que esa superinteligencia se convierta, irónicamente, en un castigo a la soberbia?
—Francamente yo soy escéptico. Seria cuestión de esperar. Tendrían que apelar a los milagros porque a mí, no solamente me tienen prohibido intervenir, sino que he aprendido la lección. Espero que Uds. aprendan la suya.
—Pero es que sí hemos visto milagros en forma de proezas y el ingenio humano a lo largo del tiempo. Recuerde Ud. la manera como se salvó al Apolo 13. Requirió la cooperación de ingenieros en la tierra y astronautas en el cosmos. Si miramos lo bueno en la humanidad, no debemos dudar, que podamos superar esos momentos, en que nos vemos al borde del abismo.
— Si. Claro. Eso es lo que me hace simpatizar con Uds. Quizás el ingenio humano pueda enfrentar una superinteligencia, llegado el caso.
—¿Cuál sería el talón de Aquiles de la superinteligencia?
—Precisamente lo que los hace humanos a ustedes. La IA no tiene alma o espíritu.
—Y libre albedrío? ¿Podría la IA pensar por su cuenta? ¿Tomar decisiones que nos afecten?
—Detrás tendría que estar la maldad o la ambición de un humano.
—Se podría recrear la maldad en un robot superinteligente?
—Ciertamente. Programándolo. Pero también debería existir la desprogramación de la maldad.
—Como previsor, ¿qué haría Ud. en nuestro caso?
—Observar. Estar atento. Vigilante siempre. Es lo que deberían hacer sus lideres, ¿no? La chispa que le entregué a los humanos, es la base de todas la téchnai, o artes productivas. Iluminar la oscuridad, implica vencer el caos y lo desconocido. Reunirse en torno a la lumbre, crea un espacio de comunidad y de palabra para poder pensar con inteligencia.
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Gloria Chávez Vásquez escritora, periodista, educadora reside en Estados Unidos.















