El 7 de octubre, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, pronunció en Atenas un discurso que fue mucho más que una referencia a las relaciones entre Estados Unidos y Grecia. Desde la colina de la Pnyx, el lugar donde se reunía la asamblea de la antigua Atenas y con la Acrópolis como escenario, Rubio presentó una reflexión sobre las raíces históricas de Occidente y sobre el rumbo que, a su juicio, debe tomar en las próximas décadas.
Su argumento central parte de una idea sencilla: Occidente no debe olvidar las características que contribuyeron a su desarrollo —la libertad, la curiosidad, la iniciativa, la exploración, la ambición, el sentido del deber y la disposición a defender aquello que considera propio—. Rubio las vinculó con la herencia de la antigua Grecia y destacó la necesidad de recuperar el thumos: esa fuerza interior asociada al valor, el honor, la ambición y la voluntad de superación que, según su interpretación, contribuyó al auge de Occidente. Las situó, además, en una tradición que continuó a través de Roma, la cristiandad, la tradición inglesa de libertad y, finalmente, la fundación de Estados Unidos.
El diagnóstico contemporáneo del secretario de Estado estadounidense fue claro y duro. Occidente, afirmó, ha ido perdiendo esa llama: se ha avergonzado de sus logros, ha tratado la idea de nación como algo sospechoso, ha abierto fronteras sin control, ha externalizado su industria y su soberanía hacia burocracias globales, y ha permitido que sus fuerzas armadas se debiliten. Mientras tanto, adversarios y rivales han avanzado con determinación.
Desde esa perspectiva, el secretario de Estado defendió una concepción de las relaciones internacionales centrada en la soberanía y en el interés nacional. Rechazó la idea de que una política exterior responsable deba colocar a una supuesta comunidad global por encima de los propios ciudadanos y afirmó que, bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha optado por una política de «búsqueda sin complejos del poder nacional».
Al mismo tiempo, sostuvo que esa afirmación de soberanía no implica abandonar las alianzas: Estados Unidos y Europa, dijo, deben reconstruir y fortalecer sus vínculos para enfrentar juntos los desafíos actuales. Ese punto constituye probablemente una de las claves del discurso. Rubio no presentó soberanía y alianza como conceptos necesariamente contradictorios. Su propuesta es que las alianzas deben servir para fortalecer a las naciones que las integran, no para diluirlas. Por eso expresó su confianza en que «Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que ardió aquí hace milenios». Grecia aparece así como ejemplo de un aliado que, según él, puede contribuir a una renovación de la alianza occidental en materia de defensa, energía y seguridad.
El discurso también contiene una advertencia sobre el futuro. Rubio describió la próxima década como un período decisivo para determinar si Occidente conservará su posición internacional de liderazgo o se resignará, en sus palabras, «a un futuro de atrofia, servidumbre y declive». Para él, la respuesta pasa por volver a confiar en sus propias capacidades, fortalecer la defensa, recuperar cadenas de suministro, reindustrializar la economía, dominar las tecnologías del futuro y preservar aquello que considera su herencia civilizatoria.
Más allá de las posiciones concretas de la Administración Trump —y de las controversias que algunas de las interpretaciones históricas empleadas por Rubio pueden suscitar—, el discurso resulta significativo porque plantea una pregunta que trasciende la política exterior estadounidense: ¿puede una civilización conservar su libertad y su capacidad de influir en el mundo si deja de creer en los principios que dieron forma a sus instituciones?
Para quienes trabajamos por la libertad y la dignidad humana desde la perspectiva del humanismo cristiano y la defensa de los derechos fundamentales, el llamado a recuperar la confianza en la propia herencia, ejercer responsablemente la soberanía y defender aquello que se valora merece atención. Pero hay una distinción esencial: la libertad y los derechos humanos no se fundan en la grandeza de una nación ni en la identidad de una civilización, sino en la dignidad inherente a cada persona. La herencia occidental puede contribuir a su defensa, pero no constituye su fundamento exclusivo ni sustituye su alcance universal.
Un Occidente que pierde la confianza en sus propios principios y debilita su capacidad de actuar corre el riesgo de reducir su compromiso con la defensa de la democracia y los derechos humanos más allá de sus fronteras, incluida Cuba.
Por eso, la respuesta que se dé a esa pregunta en los próximos años marcará no solo el destino de Estados Unidos y Europa, sino también el espacio que quede para la causa de la libertad en el mundo entero.
Desde la Pnyx, Rubio lanzó un llamado a recuperar la confianza en Occidente y a renovar la voluntad de defender aquello que lo define. Más allá de las respuestas que cada uno dé a su diagnóstico, la pregunta de fondo sigue abierta: ¿qué está dispuesto a hacer Occidente para preservar la libertad que dice valorar?
Miembro de Secretariado Ejecutivo MCL.















