Melancolía

Por Ulises Fidalgo.

 

 

Estamos en el veranillo de San Martín (Indian Summer en inglés). No es un verano. Tan sólo es el final del otoño. Ya hemos visto como los árboles se desnudan, las jóvenes se cubren, en resumen, el follaje disminuye.

 

Sabemos que hay algo falso en palabra verano en Cleveland. Para empezar una playa de agua dulce, más que una playa, parece una estafa. Cada ciudad tiene su estación en la que es auténtica, y Cleveland en verano es una impostura. Pero no es verano. Llamarle verano a San Martín es otro engaño complaciente. Ciertamente son los últimos días tibios del año. Algunos les gustaría decir templados, pero los cubanos evitamos esa palabra. Tampoco nos destemplamos cuando nos refriamos.

 

La ciudad ya se ha ido desenmascarando (quitándose las mascarillas) y mostrando la verdad de su falsedad (True Colors, gris). También en América San Martín es un fraude. No es cierto que aquí a cada cerdo le llegue su San Martín. Vemos como salen con la suya. Para sustitución del Santo hemos adquirido a Halloween. Tal vez no es casualidad que las elecciones sean después de Halloween. Así se le da oportunidad a los muertos para participar.

 

Portugal pertenecen al otoño. Aveiro es una ciudad pequeña universitaria, resbalándose hacia un estuario, muy cerca de Oporto. Los gallegos y los portugueses, valga la diferencia, le llaman rías a los estuarios. Tal vez no haya que explicarlo, pero el femenino se debe a que contrario a lo que hacen los ríos machos, en las rías el mar es quien penetra la tierra.

 

Siempre iba caminado desde mi casa hasta el departamento de matemáticas de la Universidad de Aveiro, por la parte de atrás de la ciudad, donde están las salinas. Antes de llegar, ya en el Campus, hay una ruinas de una antigua casa señorial hecha de piedras. Nunca supe quién fue el dueño, ni de qué ganaba dinero. Antes la ciudad de Aveiro producía sal y azulejos, pero hoy la fabrica de cerámica es un museo, y las salinas son un abandono. Hay gaviotas. No sé quién fue el primer poeta que habló de esos pájaros, pero seguro no se fijó demasiado en ellos.

 

Un día de los tantos nublados que pasé allí, me senté en el muro de una especie de paseo marítimo, que ya casi nadie usa. La brisa es lo único que puede acariciar y ser distante a la vez. Era bajamar y se había revelado el fondo de las salinas. Había peces atrapados en los charcos, y otros que no sobrevivieron, pero que servían de desayuno a las gaviotas. El olor a mar era inconfundible. Había crustáceos de todos los tamaños escapando no sé de qué. Vi latas de cervezas, una rueda de bicicleta, de todo, pero adornado con sal y lodo. Antes de las cañas del final del paisaje, había unas pequeñas construcciones en el medio de la Ría. La utilidad de esas casas en los tiempos en que aquello era una salina es para mí un misterio. Actualmente son refugios de narcotraficantes.

 

Todo era tranquilo y decadente. Empecé a contar las muchas palabras que hay en portugués para decir nostalgia. No sé para qué necesitan nombrarla si siempre es evidente. A pesar de que no hay viejos en las calles en Portugal, y aquellas imágenes de ancianas vestidas de negro han desaparecido, el pasado es presente. Tal vez por eso mismo, porque los viejos siempre son jóvenes. Todo parece un documental de los tiempos de Salazar, pero venido a menos por la democracia. Ante aquel gris silencioso y profundo, pensé que todos mis días soleados de playas en mi infancia, no habían tenido otro propósito que servir de pretextos para poder saborear esta melancolía en medio de la mentira.

 

Ulises Fidalgo es Profesor de Matemáticas de Case Western Reserve University.

8 Comments

  1. Excelente. Gracias.

  2. Terri Dominguez

    Excelente. Exacerba la melancolía e impotencia en este día de lluvia y tormentoso.

    • Ulises Fidalgo

      Me encanta que te haya gustado. Muchas gracias por el comentario tan amable

      Un abrazo,

      Ulises

  3. Heidys Yepe

    Hermoso. Perfecto.

    • Ulises Fidalgo

      Otra vez muy agradecido.

      Un abrazo fuerte en estos días difíciles pero hermosos,

      Ulises

  4. moramai

    Cada ciudad tiene su estafa.

    • Ulises Fidalgo

      Ciertamente…. No me gusta casi nada de Benedetti, pero tiene un verso que lo salva: «Cada ciudad parece ser otra cuando el amor la transfigura». El amor a veces es una estafa dulce.

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