Los mandados

A very close view of an unsalted saltine cracker on an off white plate.

Por Zoé Valdés.

Mami me enviaba a la bodega a comprar los mandados. Me metía la perra cola con mis pies de metatarso caído aprisionados dentro de las botas ortopédicas que ya me quedaban justas, requintadas, porque las nuevas no acababan de llegar por barco de la RDA.

Cuando tocaba mi turno y que yo ya no me sentía las piernas de las rodillas hacia abajo, el bodeguero por fin abría la libreta que yo le extendía en un sopor. Se sacaba el mocho de lápiz de punta roma de detrás de la oreja, apuntaba en las casillas, luego pesaba meticulosamente cada libra de arroz, de azúcar, sal, y frijoles, tampoco eran muchas libras las que tocaban por la libreta de racionamiento. Había que llevar además la vasija de aluminio para el cacho de manteca, la paletada era pequeña. Yo, era ver la manteca y me entraban unas arcadas con espasmos, pero como tenía el estómago vacío sólo vomitaba eructos.

Regresaba a casa temblando, sabía lo que me esperaba. Mami abría cuidadosa los cartuchos de arroz, chícharos, azúcar y sal; de cada uno extraía dos cucharones, a la manteca también la rebajaba. Entonces me hacía un guiño y ahí empezaba la actuación.

-¡No, no, no, a mí me a dar un titingó, pero este degenerado bodeguero lo hizo otra vez! -Gritaba a toda mecha para que el vecindario la oyera mientras daba golpes contra la pared- ¡Y a ti te voy a reventar por comemierda!

Yo fingía que lloraba con jipío de pecho y tos exagerada y me mojaba la cara con agua recogida en un cubo. Ella volvía a doblar los cartuchos tal como lo hacía el bodeguero, que parecieran intactos. Los introducía de nuevo en la jaba de saco de yute. Sin secarme las mejillas bajábamos las escaleras a grito pelado, yo arrastrada por una oreja.

El bodeguero nos veía llegar y se quitaba el lápiz de entre la guataca y empezaba a mordisquearlo nervioso, rojo como un tomate:

-¿Qué vuelta, Chinonga?

-Oye, Venerando, otra vez te equivocaste al pesar los mandados, le diste de menos a la niña, que es tan entretenida que no puso atención. ¡No abuses más, chico!

-China, te juro por lo más grande que pesé bien todo… -en eso mami colocaba los mandados en el mostrador metiéndole el pie a la cola, así delante de todo el mundo-… Pésalos de nuevo, y mira, fíjate bien que no los he abierto. Ni los he tocado, vaya. Pero lo que tú no sabes es que yo tengo una báscula en la casa. Esta chiquita será monga o retrasada mental, pero yo no. Y tú, o estás también comiendo basura, o andas manigüeteando para revender después…

-¿Tú me estás llamando ladrón a mí? -A Venerando el tronco de las Katepé se le ponían como dos amapolas.

En ese justo momento era que yo tenía que empezar a gritar -según el libreto de mami- que me dolía la barriga, que no podía aguantar más…

-Acaba de echar lo que falta, Venerando. ¿No ves que esta chiquita tiene el zepelín en la punta?

Yo quería matarla de la vergüenza. Venerando apurado volvía a rellenar los cartuchos y agregaba otra paletica de manteca porque ya el público había empezado a reclamar que acabara de una vez, que si no él veía que yo me iba a cagar ahí mismo.

Regresábamos casi correteando a casa. Ella peleándome por el camino, estaba adiestrada y sabía que debíamos continuar la actuación hasta que mami cerrara el pestillo una vez en el interior del cuarto.

Dentro ya, mami palmeaba mi hombro; me daba permiso para treparme en el tanque de agua de la azotea como una marimacha con los hijos de Santa, no sin antes prevenirme:

-Mira a ver, no te destimbales de la azotea p’abajo que tú no eres de goma y yo no te parí a ti para recogerte hecha puré en el chapapote.

Entonces me daba una galletica de sal y todo se me olvidaba hasta el próximo primero de mes.

Zoé Valdés es escritora y artista. Fundadora y Directora general de ZoePost.

11 Comments

  1. Félix Antonio Rojas G

    Grandioso ¡¡¡…

  2. Demian G. Bello

    cuànto darìa por escuchar aquellas voces de la Melitina, mi madre! Llegò el carbòn, caballero!!!! Y la caballeriza de la calle Palma salìa a todo trote con los jolongos al hombro…
    Me he emocinado con este relato…
    Te deseo una maravillosa tarde de sàbado, Zoé

  3. Ulises Fidalgo

    Mira que había lugares donde nacer, y nos tocó allá dentro. También es verdad no habría nacido en el mismo sitio de la autora de esta maravilla!

  4. Pingback: Los mandados – – Zoé Valdés

  5. Ana Olga Ugarte

    Me encantó, y esa complicidad tan divina entre madre e hija.

  6. Zoé, me mataste con “Entonces me daba una galletica de sal y todo se me olvidaba hasta el próximo primero de mes.” Bendiciones.

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