Por Roland J. Behar.
Desde que el mundo es mundo, la humanidad ha transitado a través de mecanismos de adaptación extrema frente a poderes hegemónicos ante los que ha tenido que agachar la cabeza, sometiéndose no solo a la obediencia, sino a la abolición del fuero interno. Cuando el precio de disentir se paga con la destrucción civil, la confiscación o la marginación, el individuo recurre a la simulación, a la asunción de una doble moral, a la doble cara. En definitiva, a una máscara de protección para la supervivencia.
Este fenómeno no es nuevo: se ha visto entre criptojudíos y criptoislámicos, así como bajo las caretas de fachada y lealtad exigidas por los regímenes totalitarios del pasado. Aún hoy es evidente bajo el régimen cubano. Lo preocupante es que hoy se percibe un eco sutil pero profundo en las democracias occidentales, impulsado por el cruce del extremismo político y la presión de corrientes culturales e ideológicas dogmáticas.
Tanto el fundamentalismo religioso extremo como el totalitarismo político no admiten la neutralidad. La indiferencia, el apoliticismo o el agnosticismo son vistos como formas de traición. No basta con obedecer pasivamente. La imagen pública debe ser consecuente y se exige un entusiasmo, aunque sea fingido. Recordemos aquello que gritó el entonces canciller Robertico Robaina en la Plaza de la Revolución (Plaza Cívica): el que no salta es yanqui.
En el ámbito religioso, se exige participar en los rituales comunitarios; en el político, repetir los lemas oficiales, asistir a movilizaciones y validar consignas, aunque no se comulgue con ellas, bajo la certeza de que el silencio o la tibieza se castigan con la destrucción civil, moral o material antes de que el sujeto sea considerado un enemigo activo.
La Realidad del Totalitarismo Cubano: Una Sociedad Enferma
En Cuba, la supervivencia bajo un Estado totalitario aún exige una ortodoxia revolucionaria externa, aunque hoy se encuentre disminuida como consecuencia de la corrupción total y la ausencia del liderazgo implacable de Fidel Castro. Ya sea para conservar un empleo, viajar subvencionado por el Estado, disfrutar de ciertos privilegios, acceder a recursos o evitar la persecución, el cubano simula un entusiasmo que no siente, incluso entre familiares y amigos, por el temor a ser delatados por sus criterios.
Participar en actos oficiales es un tributo externo para proteger la integridad física y familiar, ya sea al aplaudir a los que mandan o patear a los que disienten. El costo moral es tremendo: esa disociación entre el rechazo interno y la conducta pública corroe el tejido social. Como consecuencia la simulación es el único escudo de supervivencia. Nadie confía en nadie y todo el mundo se protege de su prójimo. Es una sociedad profundamente enferma.
Occidente en la Encrucijada: El Islam Radical y la Ortodoxia del *Wokismo*
En Estados Unidos y Europa, donde han quedado atrás los días en que la política se concebía desde el centro del espectro ideológico en lugar de desde los extremos, las democracias occidentales ejercen su coacción no mediante un aparato policíaco tradicional, sino a través de la presión institucional, cultural y el sectarismo ideológico. Aunque, dado el caso, la fuerza también se aplica: no olvidemos los encerramientos y despidos arbitrarios, incluso dentro de las fuerzas armadas, durante la epidemia del COVID bajo la administración Biden.
La presencia del extremismo islámico en suelo norteamericano se hizo evidente el 8 de octubre de 2023. Cuando aún estaba fresca la sangre de los asesinados y mutilados el día anterior, antes de que Israel respondiera a la masacre perpetrada por Hamás y los palestinos de Gaza, miles de manifestantes —sobre todo jóvenes— salieron a las calles y a los campus universitarios de nuestras principales ciudades a apoyar la barbarie. A esto se añade la autocensura generalizada por temor a ser acusado de islamofóbico al condenar este respaldo franco al terrorismo. El islam político radical se impone mediante la intimidación, la cancelación de la crítica pública y/o la violencia extrema cuando les es posible.
Simultáneamente, el progresismo radical (wokismo) opera en las estructuras de poder con una lógica inquisitorial donde disentir acarrea la destrucción profesional y el ostracismo.
El Refugio en la Máscara: La Academia y los Medios de Comunicación
Como resultado de esta presión, el refugio en la máscara se ha instalado sobre dos pilares fundamentales de la sociedad libre:
La Academia: Histórico santuario del libre intercambio de pensamientos e ideas, la universidad ha dejado de serlo. Tanto profesores como estudiantes padecen una crisis de autocensura preventiva. Investigadores y docentes aprenden cuáles temas son tabú; entienden que manifestar dudas sobre los dogmas establecidos puede provocar el bloqueo a publicaciones, la pérdida de reconocimientos o la afectación de sus posiciones académicas (el llamado tenure). Todo esto obliga a adoptar un doble lenguaje: repetir la retórica imperante en público para proteger la carrera, mientras en privado se reconoce el colapso del rigor intelectual. Mientras tanto, se propagan alegremente las ideas que apuntan hacia la destrucción del modelo de raíz judeocristiana de occidente (libertad individual y libre albedrío. En fin, el sueño de Gramsci hecho realidad.
En los medios de comunicación masiva y las redes sociales (social media), opera un sistema de incentivos que castiga la disidencia. La cobertura de temas sensibles está sujeta a un control estricto de los marcos narrativos, al punto de que se abrogan el derecho de excluir publicaciones basándose en el criterio de supuestos observadores rigurosos de la «verdad». Disentir de las líneas aprobadas expone a particulares y profesionales a campañas de linchamiento digital y a la pérdida de espacios laborales, imponiendo un «consenso fabricado» que omite cualquier ángulo complejo.
En otras palabras, ya sea ante la espada de un califato teocrático, el comité de vigilancia de una dictadura comunista como la cubana, o la intolerancia punitiva del wokismo y el extremismo ideológico en Estados Unidos y Europa, el mecanismo psicológico del individuo ante este fenómeno es inevitable e idéntico. Así aparecen las máscaras.
La necesidad de aparentar devoción o lealtad genera una tensión psíquica severa. Vivir bajo el miedo constante a ser descubierto (sea esto por una tormenta sectaria o por un comité de vigilancia) destruye la espontaneidad y corroe la confianza en el tejido social. Cualquier vecino, compañero de trabajo o de estudios puede ser un delator.
La simulación y el silencio estratégico se convierten en las únicas defensas ante sistemas que exigen una fe incuestionable. El peligro latente en las democracias occidentales es que, al normalizar estas formas de sumisión por miedo a ser destruidos social o profesionalmente, se erosionan los cimientos mismos de la libertad de expresión y el pensamiento crítico. Esto siempre ha terminado en alguna forma de esclavitud y debe impedirse a toda costa.
¿A usted no le parece? A mí sí.
Roland J Behar es un notorio opositor y exiliado cubano, reside en Miami.















