Medias

La escena que decide. Televisión y consumo de masas -Parte I

Por Virginia Ramírez Abreu.

I- LA FORMA QUE CAPTURA. CULTURA DE MASAS, CAMP E INGENIERÍA PERCEPTIVA DEL

MEDIO

La comprensión de lo camp como lógica operativa en la televisión exige un

desplazamiento hacia la teoría de los medios que permita situar el exceso no como

accidente estilístico, sino como efecto estructural de un sistema técnico de

producción de percepción. En este punto, la intuición de Marshall McLuhan resulta

decisiva: el medio no transmite contenidos, reorganiza las condiciones mismas de la

experiencia. La famosa formulación según la cual “el medio es el mensaje” no debe

leerse como aforismo provocador, sino como diagnóstico preciso de un régimen

donde la forma de transmisión determina el tipo de realidad que puede ser percibida.

La televisión, en este sentido, no se limita a representar conflictos o decisiones; los

reconfigura según una lógica de simultaneidad, inmediatez y repetición que exige la

intensificación constante de los signos. La baja definición a la que aludía McLuhan no

implica pobreza de información, sino una modalidad específica de participación

perceptiva: el espectador completa, integra, responde. Esa participación, sin2

embargo, no se produce en un vacío, sino dentro de una arquitectura de estímulos que

orienta la interpretación hacia zonas de reconocimiento inmediato. La exageración no

es un exceso arbitrario; es la forma que permite al medio sostener la atención y

producir continuidad.

Esta reorganización de la percepción encuentra un contrapunto crítico en la teoría de

la industria cultural formulada por Theodor W. Adorno. Para Adorno, la cultura de

masas no se caracteriza únicamente por su difusión ampliada, sino por la

estandarización de sus formas. La repetición no es un efecto colateral; es el principio

que garantiza la previsibilidad y, con ella, la integración del espectador en un circuito

de consumo continuo. Sin embargo, la lectura adorniana, centrada en la

homogeneización, puede parecer insuficiente para dar cuenta de la intensidad

específica de ciertos dispositivos televisivos contemporáneos.

Aquí es donde la noción de lo camp, reinterpretada como técnica de intensificación,

permite complejizar el diagnóstico. La televisión no solo estandariza; también

hiperboliza. No se limita a repetir estructuras; las lleva a un punto de saturación donde

la forma adquiere una visibilidad casi autónoma. Este movimiento no contradice la

lógica de la industria cultural, sino que la perfecciona: la repetición se vuelve eficaz

precisamente porque cada iteración intensifica los rasgos que la hacen reconocible.

El espectador no se enfrenta a una serie de contenidos distintos, sino a variaciones de

una misma matriz formal que se refuerza a través del exceso. La emoción, la

confrontación, la resolución, aparecen una y otra vez, pero cada vez más subrayadas,

más condensadas, más inmediatas. La diferencia no reside en la estructura, sino en el

grado de intensidad.

Este punto permite introducir una lectura que conecta con la sensibilidad descrita por

Terenci Moix, cuya escritura sobre cultura popular y cine hollywoodense detecta, con

una lucidez particular, la dimensión afectiva de este exceso. En Moix, el artificio no es

simplemente un objeto de análisis; es una experiencia vivida, una forma de

fascinación que no se resuelve en distancia crítica. Su aproximación a la cultura de

masas no pasa por la denuncia frontal, sino por la inmersión consciente en sus

códigos, por la aceptación de su potencia emocional incluso cuando se reconoce su

carácter construido.

Esta posición introduce una tensión productiva en el análisis. Si Adorno subraya la

dimensión de control y estandarización, y McLuhan la reorganización perceptiva del

medio, Moix permite pensar la adhesión del espectador como algo más complejo que

una simple manipulación. La fascinación no es un residuo irracional; es parte3

constitutiva del dispositivo. El espectador no es únicamente capturado; también

desea ser capturado.

En este cruce, lo camp adquiere su función crítica más precisa. No como categoría

estética, sino como indicador de un punto en el que la forma se vuelve excesivamente

visible, donde la construcción de la escena se expone sin que ello anule su eficacia.

Lo camp no desmonta el dispositivo; revela su mecanismo al mismo tiempo que

participa en él.

La televisión, entendida desde esta perspectiva, funciona como una máquina de

intensificación perceptiva. Cada elemento: iluminación, encuadre, montaje, sonido,

contribuye a la producción de una experiencia donde la forma no media el contenido,

sino que lo sustituye parcialmente. La verdad, en este contexto, deja de ser una

cuestión de correspondencia con los hechos y se convierte en un efecto de

consistencia formal. Lo que aparece con suficiente intensidad adquiere estatuto de

evidencia.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas en la relación entre espectador

y realidad. La repetición de estructuras intensificadas no solo produce familiaridad;

produce criterio. El espectador aprende a reconocer lo verdadero no a partir de la

verificación, sino de la coherencia con un modelo previamente interiorizado. La forma

precede al juicio.

Desde esta perspectiva, la televisión no debe entenderse como un simple canal de

transmisión de contenidos ideológicos, sino como un dispositivo que configura las

condiciones mismas de posibilidad de la experiencia. No se limita a influir en lo que

pensamos, sino en cómo percibimos aquello que se nos presenta como real. Lo camp,

integrado en esta lógica, deja de ser una desviación estética para convertirse en un

síntoma estructural. Señala el punto en el que la forma alcanza tal grado de intensidad

que su carácter construido se vuelve visible, pero también el punto en el que esa

visibilidad no interrumpe la eficacia del dispositivo, sino que la refuerza.

El resultado es un régimen donde la imagen no oculta su artificio, pero tampoco

necesita hacerlo. La credibilidad no depende de la transparencia, sino de la potencia

formal. La televisión no persuade mediante argumentos; impone mediante

configuraciones perceptivas que hacen innecesaria la argumentación. En este

escenario, la pregunta ya no puede formularse en términos de verdad o falsedad del

contenido, sino en términos de operación. ¿Qué hace la imagen? ¿Cómo organiza la

percepción? ¿Qué tipo de respuesta produce? El análisis de lo camp, articulado con

la teoría de los medios y la crítica de la industria cultural, permite abordar estas

preguntas sin reducir el fenómeno a una sola dimensión.4

La cultura de masas no es simplemente un sistema de reproducción ideológica ni un

espacio de resistencia estética. Es un campo donde se configuran formas de

percepción que determinan, de manera sostenida, la relación entre el sujeto y el

mundo. La televisión, como uno de sus dispositivos centrales, no refleja esa relación:

la produce. Y en esa producción, el exceso —lejos de ser un desvío— se convierte en

la forma misma de la evidencia.

II-CULTURA DE MASAS, MASS MEDIA Y ESTRATIFICACIÓN: PRODUCCIÓN, CIRCULACIÓN

Y CAPTURA DEL GUSTO

La llamada cultura de masas no designa simplemente un conjunto de productos

ampliamente difundidos, sino un régimen histórico específico de producción

simbólica en el que los bienes culturales se generan industrialmente para un público

concebido como agregado estadístico. Su emergencia, entre finales del siglo XIX y

consolidada tras la Segunda Guerra Mundial, coincide con la expansión de tecnologías

de reproducción y difusión que permiten una circulación simultánea de imágenes,

narrativas y formas de sensibilidad a gran escala.

En este contexto, los mass media no funcionan como canales neutrales, sino como

infraestructuras que organizan esa producción. El medio no transporta contenidos

preexistentes: configura el tipo de experiencia que esos contenidos pueden producir.

La radio, el cine, la televisión y, más tarde, las plataformas digitales, no solo amplifican

mensajes; establecen condiciones de percepción, ritmos de atención y modos de

reconocimiento que determinan qué puede aparecer como significativo.5

La cultura de masas, por tanto, no debe entenderse como una degradación

espontánea de la cultura “alta”, sino como un sistema altamente organizado que

produce formas culturales adaptadas a las exigencias técnicas y económicas de los

medios que las vehiculan. La industria cultural no solo reproduce contenidos, sino que

estandariza formas. La repetición no responde a una pobreza creativa accidental, sino

a una lógica de previsibilidad que garantiza la legibilidad inmediata y la continuidad del

consumo.

Sin embargo, esta estandarización no implica uniformidad absoluta. Lo que se

produce es una variación controlada dentro de una matriz estable. Los géneros:

melodrama, reality, concurso, talk show, funcionan como marcos reconocibles que

permiten introducir diferencias superficiales sin alterar la estructura profunda. El

espectador no consume lo nuevo, sino lo reconocible en su variación.

CLASES QUE PRODUCEN, CLASES QUE CONSUMEN: LA FICCIÓN DE LA HOMOGENEIDAD

La noción de “masa” oculta una realidad más compleja: la cultura de masas es

producida por sectores altamente especializados: guionistas, productores,

ejecutivos, técnicos, que operan dentro de estructuras empresariales, pero está

dirigida principalmente a un público que, históricamente, se identifica con la clase

media en expansión durante el siglo XX. Esta clase media ocupa una posición

ambivalente. Por un lado, constituye el núcleo del mercado consumidor: dispone de

tiempo, recursos y acceso a los dispositivos de recepción. Por otro, no posee un

capital cultural suficientemente consolidado como para operar de forma autónoma

respecto a los modelos que consume. Se trata de un espacio donde el gusto se

encuentra en proceso de formación, expuesto a influencias externas que contribuyen

a su estructuración.

La cultura de masas se ajusta con precisión a esta posición intermedia. No exige

competencias especializadas ni conocimientos previos; ofrece estructuras fácilmente

reconocibles, emociones intensificadas y narrativas cerradas. Produce un tipo de

satisfacción inmediata que no requiere elaboración prolongada. Pero esta adecuación

no es pasiva. La clase media no solo consume; internaliza los modelos que se le

ofrecen. Aprende a reconocer qué es un conflicto, cómo se resuelve, qué formas de

autoridad resultan legítimas, qué emociones son pertinentes en cada situación. La

cultura de masas no refleja el gusto de la clase media: contribuye activamente a

producirlo.6

EL LUGAR DE LO CAMP: EXCESO COMO PUNTO DE IDENTIFICACIÓN

En este entramado, lo camp introduce una dimensión particularmente significativa. Si

en su formulación original aparecía como una sensibilidad minoritaria, ligada a la

apreciación del artificio y el exceso, su integración en la cultura de masas transforma

su función. Lo camp se convierte en un mecanismo de intensificación que facilita la

identificación. La exageración, la teatralidad y la visibilidad del artificio no alejan al

espectador; lo orientan. Hacen que la escena sea más clara, más inmediata, más

legible. En lugar de generar distancia crítica, producen una forma de reconocimiento

acelerado. Para la clase media, esta lógica resulta especialmente eficaz. El exceso no

se percibe como desviación, sino como clarificación. La emoción intensificada

permite identificar rápidamente roles, posiciones y desenlaces. Lo camp funciona

como una pedagogía de la forma: enseña a leer el mundo a través de signos

amplificados. La paradoja es que esa amplificación, que en otro contexto podría

interpretarse como artificio evidente, se naturaliza dentro del dispositivo mediático. Lo

que es exagerado en términos formales se vuelve “normal” en términos perceptivos.

El espectador no experimenta la escena como deformación, sino como intensificación

legítima de la realidad.

DESPLAZAMIENTO HACIA LA CLASE INFERIOR:

ASPIRACIÓN, IMITACIÓN Y REDUCCIÓN DE COMPLEJIDAD

La influencia sobre la clase inferior no se produce mediante un mecanismo directo de

imposición, sino a través de un proceso más difuso de circulación de modelos. La

cultura de masas, al estar diseñada para un público amplio pero estructurada en torno

a la sensibilidad de la clase media, se convierte en un referente aspiracional. Los

códigos, valores y formas de comportamiento que aparecen en los medios funcionan

como modelos de identificación. No se trata de una copia literal, sino de una

traducción simplificada que permite incorporar esos modelos en contextos distintos.

La complejidad de las relaciones sociales se reduce a esquemas fácilmente

reconocibles: conflicto, enfrentamiento, resolución. En este proceso, lo camp

desempeña un papel decisivo. Su capacidad para simplificar mediante la

intensificación facilita la transferencia de esos modelos. La exageración elimina

matices, reduce ambigüedades y fija significados. El espectador no necesita

interpretar en profundidad; basta con reconocer patrones. El riesgo de esta operación

no reside únicamente en la simplificación, sino en la sustitución de criterios. Cuando

la forma intensificada se convierte en referencia, la evaluación de la realidad puede

desplazarse hacia parámetros derivados del espectáculo. La autoridad se reconoce

por su puesta en escena, el conflicto por su dramatización, la verdad por su visibilidad.7

CONVERGENCIA: UN SISTEMA QUE PRODUCE PERCEPCIÓN

La cultura de masas, los mass media, la clase media y lo camp no constituyen

elementos aislados, sino componentes de un mismo sistema. La producción

industrial de cultura genera formas adaptadas a las exigencias técnicas de los medios;

esos medios configuran la percepción del público; la clase media actúa como núcleo

de recepción y estabilización de esos modelos; y lo camp opera como mecanismo de

intensificación que garantiza su legibilidad. La clase inferior, por su parte, no queda

fuera de este sistema, sino que se integra en él a través de procesos de aspiración y

adaptación que reproducen, en forma simplificada, los modelos dominantes. El

resultado es un régimen donde la experiencia cultural no se organiza en torno a la

diversidad de prácticas, sino a la circulación de formas estandarizadas e

intensificadas que producen una percepción compartida de la realidad. La cultura de

masas no impone contenidos de manera directa; configura las condiciones bajo las

cuales algo puede ser reconocido, interpretado y validado. En ese régimen, lo camp

deja de ser una sensibilidad marginal para convertirse en una pieza clave del

funcionamiento general: el punto donde la forma se hace lo suficientemente visible

como para estructurar la experiencia sin necesidad de ocultar su propia construcción.

III- LO KITSCH Y LO CAMP: DOS ECONOMÍAS DEL EXCESO Y LA ADMINISTRACIÓN DEL

GUSTO

El vínculo entre lo kitsch y lo camp no puede resolverse mediante una simple oposición

entre “mal gusto” y sofisticación irónica. Ambos términos nombran modos específicos

de relación con la forma, con la emoción y con la experiencia estética en el contexto

de la modernidad tardía. Lo que está en juego no es una jerarquía de valor, sino una

economía del exceso: maneras distintas de producir, gestionar y consumir

intensidades en un régimen cultural dominado por la reproducción técnica y la

circulación masiva. La definición clásica de lo kitsch, fijada en buena medida por

Clement Greenberg en su ensayo Avant-Garde and Kitsch (1939), lo sitúa como

producto característico de la cultura industrial dirigida a las masas. Para Greenberg,

el kitsch no es simplemente arte de baja calidad; es una forma cultural que simula los

efectos del arte sin atravesar sus procesos. Toma prestados signos reconocibles:

emoción, dramatismo, belleza, y los presenta en una versión simplificada,

inmediatamente accesible, que no exige esfuerzo interpretativo ni experiencia previa.

El kitsch, en este sentido, funciona como una traducción empobrecida de la

experiencia estética. Allí donde el arte moderno introduce complejidad, ambigüedad y

resistencia, el kitsch ofrece claridad, reconocimiento y gratificación inmediata. No

interpela al espectador; lo confirma. No introduce distancia crítica; la elimina. La8

emoción que produce no es falsa en sí misma, pero está preconfigurada, anticipada,

dirigida. Esta lectura encuentra un desarrollo decisivo en la reflexión de Milan Kundera,

quien en La insoportable levedad del ser define el kitsch como la negación sistemática

de todo aquello que resulte problemático o disonante. El kitsch es la exclusión de

cualquier elemento que interrumpa la armonía emocional. En este marco, el kitsch no

es solo una cuestión estética, sino una forma de ideología: un dispositivo que organiza

la experiencia para hacerla coherente, confortable y compartible. El kitsch produce

comunidad mediante la repetición de emociones reconocibles. Su eficacia reside en

su capacidad para generar una identificación inmediata, sin fricción. El espectador no

necesita interpretar; basta con sentir aquello que ya está previsto que sienta. La forma

no se presenta como problema, sino como solución. Frente a esta economía de la

simplificación, lo camp introduce una torsión que no puede entenderse como simple

inversión. En la formulación de Susan Sontag, el camp no rechaza el artificio ni la

exageración; los intensifica. Pero lo hace desplazando su régimen de lectura. Allí

donde el kitsch busca ocultar su carácter construido para producir una emoción

transparente, el camp expone el artificio y convierte esa exposición en fuente de

placer. El camp no elimina la emoción, pero la desestabiliza. No la presenta como

experiencia directa, sino como forma. El espectador camp no se limita a sentir; percibe

cómo se produce aquello que siente. Esta doble conciencia: fascinación y

reconocimiento del artificio, introduce una distancia que no es crítica en el sentido

clásico, pero tampoco ingenua.

La diferencia decisiva entre kitsch y camp se sitúa en el estatuto del artificio. En el

kitsch, el artificio se oculta para garantizar la transparencia emocional. En lo camp, el

artificio se vuelve visible y se convierte en el objeto mismo de la experiencia. El kitsch

quiere que creamos; el camp disfruta sabiendo que vemos cómo se construye aquello

en lo que, sin embargo, seguimos participando. Sin embargo, esta distinción resulta

insuficiente si no se inscribe en el contexto más amplio de la cultura de masas y de los

medios de comunicación. En el entorno contemporáneo, ambos registros no aparecen

como esferas separadas, sino como momentos de un mismo sistema.

La industria cultural, tal como la describe Theodor W. Adorno, tiende a producir formas

estandarizadas que aseguren la legibilidad y la repetición. En ese marco, el kitsch

constituye el nivel de base: la organización de la experiencia en términos de claridad

emocional y reconocimiento inmediato. Pero esa base no es estática. Para mantener

la atención en un entorno saturado de estímulos, el sistema introduce mecanismos de

intensificación que desplazan la forma hacia zonas de mayor visibilidad. Es en ese

punto donde el camp emerge, no como alternativa externa, sino como evolución

interna del kitsch. La exageración que en el kitsch permanece contenida se vuelve en9

lo camp explícita, incluso dominante. La emoción ya no solo se ofrece; se

sobrerrepresenta. El gesto no solo comunica; se exhibe como gesto.

Este desplazamiento puede leerse a la luz de la teoría de los medios de Marshall

McLuhan. Si el medio reorganiza la percepción, la intensificación de la forma responde

a la necesidad de captar y sostener la atención en un entorno de estímulos continuos.

El camp no es una desviación estética, sino una respuesta funcional a las condiciones

del medio. La televisión constituye el espacio privilegiado donde esta convergencia se

vuelve visible. Los dispositivos televisivos combinan estructuras narrativas

simplificadas, propias del kitsch, con una intensificación formal que las lleva a un

punto de saturación, propio de lo camp. El resultado es una experiencia donde la

emoción es simultáneamente inmediata y sobrerrepresentada, transparente y

consciente de su propia construcción.

En este régimen, la distinción entre kitsch y camp no desaparece, pero se vuelve

inestable. El espectador puede experimentar una escena como kitsch, identificándose

plenamente con su emoción, y, al mismo tiempo, como camp, reconociendo su

exceso formal. Ambas lecturas coexisten sin anularse. Esta coexistencia introduce

una complejidad que la crítica tradicional no logra captar. El problema ya no es decidir

si una forma es “verdadera” o “falsa”, sino comprender cómo produce sus efectos. El

kitsch y lo camp no son categorías de valor, sino modos de operación.

La reflexión de Umberto Eco sobre lo “apocalíptico” y lo “integrado” permite situar

este fenómeno sin simplificarlo. Lo que se requiere es una lectura capaz de reconocer

la productividad de estas formas sin perder de vista sus efectos. El kitsch organiza la

experiencia en términos de reconocimiento y comunidad. El camp introduce una

distancia que permite percibir la construcción de esa experiencia. Ambos participan

en la configuración de un régimen donde la forma adquiere primacía sobre el

contenido, donde la emoción se produce mediante técnicas específicas y donde la

percepción del espectador se encuentra constantemente modulada. En última

instancia, lo que une al kitsch y al camp no es el exceso en sí, sino su función dentro

de un sistema que convierte la intensidad en criterio de verdad. Lo que aparece con

suficiente claridad, con suficiente fuerza, con suficiente insistencia, adquiere estatuto

de evidencia. El riesgo no reside en la existencia de estas formas, sino en la

naturalización de sus efectos. Cuando la emoción preconfigurada del kitsch y la

intensificación visible de lo camp se integran en un mismo dispositivo, la experiencia

del espectador puede desplazarse hacia un punto donde la forma deja de ser percibida

como construcción y se convierte en medida de lo real. En ese punto, el gusto deja de

ser una elección y se convierte en un resultado. Y la cultura de masas deja de ser un10

conjunto de productos para convertirse en una maquinaria que produce las

condiciones bajo las cuales algo puede ser sentido, reconocido y creído.

IV -LO CAMP. SUSAN SONTAG Y OPERATIVIDAD

El texto de 1964 de Susan Sontag, Notes on “Camp”, no constituye una teoría

sistemática en sentido estricto, sino una enumeración fragmentaria que,

precisamente por su forma, reproduce el objeto que intenta describir. La elección de

la nota breve, discontinua, acumulativa, no es accidental: lo camp no puede fijarse en

una definición estable porque su naturaleza no reside en los objetos, sino en la

relación que se establece con ellos. Sontag no define lo camp; lo rodea, lo señala, lo

deja aparecer como una sensibilidad que se reconoce más por insistencia que por

delimitación conceptual. Desde el inicio, lo camp queda desligado de cualquier

criterio de valor tradicional. No se trata de distinguir entre lo bueno y lo malo, lo bello

y lo feo, lo legítimo y lo fallido. Lo camp introduce una lógica paralela en la que el error,

el exceso o la desproporción no son defectos por corregir, sino condiciones que

pueden generar una forma específica de placer. Este desplazamiento es decisivo: no

se trata de rehabilitar lo malo, sino de desactivar la propia categoría de “mal gusto”

como instancia normativa.

Uno de los ejes fundamentales del texto de Sontag es la centralidad del artificio. Lo

camp es amor por lo antinatural: por lo construido, lo estilizado, lo deliberadamente

exagerado. Este énfasis no implica simplemente una preferencia estética, sino una

toma de posición frente a la idea de autenticidad. Allí donde la tradición moderna ha

privilegiado la sinceridad, la profundidad o la expresión interior, lo camp desplaza el

interés hacia la superficie, hacia la forma visible de las cosas. No busca lo que hay11

detrás de la apariencia; se instala en la apariencia misma como espacio de significado.

Este gesto tiene consecuencias epistemológicas. Si el valor ya no reside en la

correspondencia entre forma y esencia, sino en la intensidad de la forma como tal, la

interpretación deja de orientarse hacia la profundidad. Lo camp no excava: contempla.

No descifra: reconoce configuraciones de exceso, de estilo, de desajuste. La

superficie deja de ser un obstáculo para el conocimiento y se convierte en su

condición.

Sontag introduce, además, una distinción crucial entre lo camp ingenuo y lo camp

deliberado. El primero aparece cuando un objeto, concebido sin intención irónica,

produce un efecto de exageración que excede su propósito original. El segundo implica

una conciencia de ese exceso y una voluntad de intensificarlo. Lo camp más poderoso

suele ser el ingenuo, precisamente porque su desajuste no está calculado. En él, la

seriedad original del objeto convive con una forma que la desborda. Los ejemplos que

Sontag moviliza constituyen el campo empírico desde el cual la sensibilidad camp se

vuelve identificable: el melodrama, donde la intensidad emocional alcanza un punto

de saturación; ciertos estilos arquitectónicos o decorativos: barroco tardío, art

Nouveau, en los que la ornamentación excede la función; actuaciones

cinematográficas donde la gestualidad y la entonación rozan la sobreactuación. En

todos estos casos, lo que está en juego es la relación entre intención y resultado: la

forma se independiza parcialmente de la función y adquiere una densidad propia. Otro

elemento central es la relación con la seriedad. Lo camp no elimina lo serio, pero lo

desestabiliza. No se trata de parodia directa ni de burla explícita. Introduce una

distancia que permite disfrutar de la intensidad de lo serio sin quedar completamente

sometido a ella. Esa ambigüedad impide reducir lo camp a ironía: hay gusto, incluso

amor, por aquello que se percibe como excesivo o desajustado. No hay destrucción

del objeto, sino relectura. Finalmente, Sontag vincula lo camp con sensibilidades

minoritarias, donde la identidad se construye como performance y juego con las

apariencias. El artificio no es un defecto, sino una estrategia de visibilidad.

Cómo leer lo camp sin quedar atrapado en él

La lectura de Sontag privilegia la descripción de objetos y sensibilidades, pero no

desarrolla plenamente las condiciones técnicas que permiten la producción

sistemática del exceso. Para convertir lo camp en herramienta analítica, es necesario

desplazar la pregunta: no identificar qué objetos son camp, sino comprender qué

operaciones convierten una imagen en camp y qué ocurre cuando esas operaciones

se institucionalizan. Lo camp puede reformularse como una lógica de intensificación

controlada. No se trata de exagerar sin más, sino de hacerlo de modo legible. No es

caos: es una desmesura codificada. Su eficacia depende de que el espectador12

reconozca el exceso como tal. Esta reformulación introduce una dimensión

pedagógica. Lo camp entrena la percepción: enseña a detectar el artificio y a disfrutar

de la forma sin correspondencia con una esencia. No es solo sensibilidad individual;

es un régimen de percepción.

Cuando ese régimen se integra en un medio de difusión masiva, se produce un

desplazamiento decisivo: lo camp deja de ser lectura minoritaria y se convierte en

gramática dominante de producción de imágenes. Lo que en Sontag aparece como

gusto se transforma en técnica.

Hacia una inteligibilidad operativa: lo camp explicado sin perder su complejidad

Para el espectador no especializado, lo camp puede describirse como la experiencia

de enfrentarse a algo que es demasiado: demasiado intenso, demasiado decorado,

demasiado emocional, demasiado evidente. Esta aproximación resulta útil si se aclara

el mecanismo que la sostiene. Lo camp aparece cuando la forma de algo llama más la

atención que su contenido, sin anularlo. Se comprende la situación, pero domina la

presentación. La forma deja de ser medio y se convierte en protagonista. Este

fenómeno puede descomponerse en tres niveles: Nivel formal: exageración de

elementos visibles: gestos, colores, sonidos, ritmos, que intensifican la escena. Nivel

perceptivo: reconocimiento del exceso por parte del espectador. Y Nivel de

experiencia: la percepción del exceso produce disfrute o fascinación. Estos niveles

operan simultáneamente. La comprensión del exceso forma parte del disfrute.

V- UMBRAL CRÍTICO: DEL GUSTO A LA ESTRUCTURA

Una vez que lo camp se convierte en forma dominante de producción de imágenes,

deja de ser opción estética y pasa a ser condición de funcionamiento. La televisión no

puede prescindir de esta lógica porque necesita producir sentido de manera

inmediata. En este contexto, lo camp ya no designa una sensibilidad particular, sino

un modo de organizar la relación entre imagen y espectador. La exageración garantiza

la inteligibilidad; la teatralidad vuelve visible la emoción; el artificio posibilita la

experiencia. El desplazamiento obliga a reformular la pregunta inicial. No se trata de

decidir si algo es camp, sino de analizar cómo opera cuando se convierte en sistema.

En ese momento, el problema deja de ser estético y se vuelve político: afecta a la

construcción de verdad, autoridad y experiencia compartida. La televisión no

introduce lo camp como estilo. Funciona a través de él. En esa integración, el exceso

deja de ser anomalía y se convierte en la medida de lo visible.13

El dispositivo no representa: produce

La televisión no puede seguir siendo leída como un medio que traduce conflictos

sociales a imágenes sin incurrir en una simplificación que desactiva su potencia

analítica. Ese marco presupone una exterioridad estable: una realidad previa,

autónoma, que el medio se limitaría a vehicular. En programas como Caso Cerrado,

esa exterioridad no desaparece, pero pierde su estatuto de referencia primaria. El

dispositivo no toma la realidad para mostrarla: la somete a un régimen de

reorganización que redefine las condiciones mismas de su inteligibilidad.

El conflicto no entra intacto en el dispositivo. Llega como material disperso, irregular,

cargado de contradicciones y tiempos muertos: experiencias, relatos fragmentarios,

tensiones no resueltas, y sale convertido en una unidad cerrada, estructurada,

consumible. Entre ambos momentos no hay mera mediación, sino transformación:

una serie de operaciones: selección, condensación, intensificación, eliminación, que

no solo ordenan el material, sino que determinan qué puede aparecer como conflicto

en sentido pleno.

No se trata de una manipulación puntual ni de una desviación ética atribuible a

decisiones individuales. Es una exigencia estructural. El medio no puede sostener la

indeterminación prolongada. Necesita producir formas reconocibles en tiempos

acotados. La televisión no pregunta qué ha ocurrido; establece cómo debe aparecer

para ser inmediatamente comprensible. Y en esa exigencia, lo que no se ajusta queda

fuera.

El juicio como forma narrativa

El tribunal televisivo no reproduce la lógica del derecho porque no puede hacerlo sin

perder su condición de objeto televisivo. El derecho opera mediante acumulación,

contradicción, demora y procedimiento; la televisión exige claridad, progresión y

cierre. La incompatibilidad no se resuelve mediante adaptación, sino mediante

sustitución. El juicio se convierte en una forma narrativa. La temporalidad procesal es

comprimida hasta adquirir la estructura de un episodio: introducción del conflicto,

confrontación de posiciones, escalada emocional, resolución final. Cada intervención

es valorada no por su capacidad probatoria, sino por su función dentro de la progresión

dramática. La prueba pierde su densidad técnica y se convierte en elemento de

escena. El testimonio no verifica; intensifica. La contradicción no abre el proceso; lo

acelera. La sentencia no es el resultado de una evaluación compleja, sino el punto de

clausura necesario para que la estructura narrativa se complete. La justicia deja de ser

un sistema y se convierte en una forma reconocible.14

El cuerpo como interfaz de autoridad

La figura de Ana María Polo no funciona como representante de una institución, sino

como superficie de inscripción de una autoridad que se construye en tiempo real. El

cuerpo no acompaña la decisión: la produce. La voz organiza la escena mediante

variaciones de intensidad que marcan jerarquías, interrupciones y puntos de inflexión.

El gesto no ilustra; anticipa. La mirada fija posiciones antes de que sean

argumentadas. El martillo no certifica una legalidad externa; introduce una puntuación

que transforma la decisión en acontecimiento. Cada elemento corporal opera como

un signo autónomo que sustituye la necesidad de fundamentación. La autoridad no se

legitima mediante referencia a un sistema normativo, sino mediante su propia

exhibición. Se impone en la medida en que se hace visible. El espectador no evalúa la

validez de la decisión; reconoce la intensidad de su enunciación.

El espectador como operador silencioso

El espectador no ocupa un lugar exterior al dispositivo. Su presencia está anticipada,

incorporada y dirigida desde la propia estructura del programa. No se le convoca como

sujeto crítico, sino como instancia de confirmación. Las reacciones del público en el

plató no funcionan como registro espontáneo, sino como interfaz de traducción. El

gesto indignado, la risa, el aplauso, aparecen como respuestas ya codificadas que

orientan la recepción. No se trata de mostrar cómo reacciona la gente, sino de enseñar

cómo debe reaccionarse. Este aprendizaje no se formula explícitamente. Se

sedimenta a través de la repetición. La reiteración de estructuras emocionales

produce hábito. Y el hábito, en este contexto, no es simple repetición mecánica: es la

formación de un criterio que opera sin necesidad de reflexión. El espectador no decide;

reconoce. Y en ese reconocimiento, valida.

Kitsch: la eliminación del conflicto

El dispositivo no puede sostener la ambigüedad sin poner en riesgo su propia

legibilidad. Por ello, elimina sistemáticamente todo aquello que no puede ser

integrado en su lógica de resolución. La contradicción profunda, la opacidad de las

motivaciones, la imposibilidad de cierre, son reducidas a formas manejables o

directamente excluidas. El conflicto aparece como algo susceptible de ser

comprendido y resuelto dentro de los límites temporales y formales del programa. Esta

operación no simplifica únicamente el contenido. Redefine el campo de lo posible.

Solo aquello que puede ser resuelto de forma clara, visible y emocionalmente

coherente accede a la condición de conflicto televisivo.

La complejidad social no desaparece; es reemplazada por una versión que puede ser

consumida sin fricción.15

Camp: la sobreexposición del mecanismo

La simplificación no se presenta en estado neutro. La forma es intensificada hasta un

punto en el que su carácter construido se vuelve perceptible. La escena insiste en su

teatralidad sin intentar disimularla. La repetición de gestos, la amplificación de las

reacciones, la saturación de la emoción, configuran una superficie donde el artificio

se vuelve visible. Pero esa visibilidad no introduce distancia crítica suficiente para

desactivar el efecto. Produce, en cambio, una forma de adhesión compleja. El

espectador percibe la construcción y, sin embargo, permanece dentro de la

experiencia. La evidencia del artificio no interrumpe la eficacia; la refuerza al hacerla

más intensa.

La coexistencia sin conflicto

El dispositivo logra estabilizar una situación en la que dos registros coexisten sin

anularse: la identificación emocional inmediata y la percepción del artificio. El

espectador puede experimentar la escena como verdadera en términos emocionales

y, al mismo tiempo, como construida en términos formales. Esta doble inscripción no

genera contradicción porque la verdad ya no se mide por correspondencia, sino por

intensidad. La forma no oculta su carácter construido, pero tampoco necesita hacerlo

para ser eficaz.

Clase media: el punto de estabilización

El programa se dirige a una sensibilidad específica que no requiere competencias

especializadas, pero sí demanda reconocimiento inmediato y cierre claro. Esta

configuración coincide con la posición de la clase media como núcleo del consumo

televisivo. La experiencia ofrecida elimina la distancia entre problema y solución. La

justicia aparece como algo accesible, visible, resoluble sin mediaciones técnicas.

Esta simplificación no responde a una carencia, sino a una adecuación precisa a un

régimen de percepción. La clase media no solo consume este modelo; lo estabiliza

como referencia.

Circulación descendente

Los esquemas producidos no permanecen confinados al espacio televisivo. Se

desplazan hacia otros ámbitos mediante procesos de adaptación y simplificación. La

resolución inmediata, la identificación rápida de culpables, la confianza en la

intensidad como criterio de verdad, se integran en prácticas cotidianas. No como

copia directa, sino como forma de percepción. La televisión no enseña qué pensar.

Enseña cómo ver.

La sustitución final16

El desplazamiento culmina cuando la representación deja de ser percibida como tal y

adquiere estatuto funcional. La escena no ilustra la justicia. Opera como su

equivalente perceptivo. Ofrece una experiencia más accesible, más clara e intensa

que el propio sistema jurídico. La distinción entre procedimiento y representación se

vuelve irrelevante en la medida en que la segunda cumple las funciones de la primera

en términos de experiencia.

Epílogo: la evidencia como efecto

Lo que permanece no es una verdad demostrada, sino una forma estabilizada. Una

forma que organiza la percepción hasta el punto de hacer innecesaria la pregunta por

su fundamento. La evidencia deja de ser resultado. Se convierte en efecto. Y en ese

efecto, la decisión ya ha sido tomada antes de ser pensada. Aquí, confluyen lo Kitsch

y lo Camp. Juntos, el artificio, como forma de seducir y el gusto masificado de un

espectador disfuncional, disruptivo, pero cotidiano, que disfruta con una copia barata

de la justicia.

VIRGINIA RAMIREZ ABREU.

VIGO; 27 de mayo de 2026

Compartir

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*