Por Iván Vélez.
La invasión de Ceuta -sí, invasión- ha sido presentada por los voceros progubernamentales como una «crisis humanitaria». No les falta razón si atendemos a la evidencia de que quienes han violado la frontera española son personas. El término «migrantes», de hecho, desdibuja otras condiciones. Concretamente la de ciudadanos. Quienes han entrado en territorio nacional, la práctica totalidad hombres, son personas, pero personas que aunque se hayan deshecho de su documentación tienen una nacionalidad. Esa que se quiere disolver bajo el rótulo «migrante». «Crisis humanitaria» y no welcome refugees es la nueva consigna, pues aquellas pancartas ya están ajadas.
La crisis es humanitaria y deja escenas duras y efectos no menos duros. Deja miles de menores que vagan por las calles ceutíes a la espera de que España, no la Humanidad, los acoja mientras Marruecos, no la Humanidad, destina miles de millones de dólares a construir un mastodóntico estadio cuyo presupuesto da de sobra para atender a esos súbditos que ahora reclama el Comendador de los Creyentes, propietario de la llave de paso migratoria.
La crisis humanitaria deja otra crisis sobre la que la ministra vocinglera no se ha pronunciado ni en voz baja ni berreando: 15 violaciones en dos semanas según la Guardia Civil. Quince violaciones cometidas por individuos humanos que no han sido educados por las instituciones españolas. Por hombres, en definitiva, que engrosarían el hipotético ejército masculino que combate al femenino. Tal, la de una guerra de sexos, es la interpretación que vocea el feminismo administrado ante las agresiones sexuales. Sin embargo, tan burda interpretación, envuelta en una maraña de prejuicios y complejos, evita afinar en los números y, por lo tanto, en las soluciones…
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