Relato Social

La Cosa Nostra

Por Gloria Chávez Vásquez.

–¡Querrá decir, la cosa nostra! –corrigió la profesora, dirigiéndose a la dama que tenía enfrente.

–¡No! La cosa nostra es una organización secreta de mafiosos italianos –insistió en voz baja su interlocutora, aclarándole el término a su contemporánea, que la miraba por encima de los espejuelos.

–Pero ¿qué es la costra nostra? –preguntó con curiosidad, la joven sentada en el banquillo del mostrador, paralelo a las mesas, que escuchaba el debate con sumo interés mientras bebía una limonada.

Las tres mujeres disfrutaban de sus bebidas, esa tarde de otoño, en una de las tantas cafeterías de Starbucks que plagan el Este en el Midtown de la Gran Manzana.

La muchacha pidió permiso para sentarse con ellas a la mesa. Las interlocutoras le dejaron correr una silla y participar en la conversación.

–Gracias. Me llamo Lee y soy reportera.

–¡Ah! Periodista. Mucho gusto Lee, soy Agnes, profesora de Literatura. –Y ella –dijo señalando a la tercera –es la autora de La Costra Nostra.

–Mariann, mucho gusto –reaccionó la escritora con una agradable sonrisa y tomando un buen sorbo de su cappuccino. Una vez recargada de energía resumió su explicación.

–Verás: La costra es, en este caso, un problema metafísico. Visto desde ese punto, es una capa oscura colectiva que envuelve a la humanidad. Semejante a la corteza terrestre, que está dividida en placas teutónicas, responsables en su abrupto movimiento, por los sismos y terremotos. En la humanidad, lo que yo llamo costra nostra es responsable por todos los conflictos del mundo.

–También puede compararse con una capa de mugre, una corteza indeseable–interrumpió Agnes, que prefería el té con un croissant. –Una cubierta, un recubrimiento de muchas capas sucias y malolientes. Pero más fácil de limpiar.

–El aura de muchas personas está cubierta de esa costra de la que no logran liberarse. ¡Con casos excepcionales! En el individuo, la costra es una mezcla de vicios, crímenes, malos actos, que contribuyen a alimentar la corrupción moral y espiritual, –afirmó Mariann y añadió:

–Es posible ir soltando esa costra a medida que nos damos cuenta de que no es parte rigurosa de nuestro ser, a menos que escojamos o nos resignemos a vivir con ella, en el inframundo.

–Eso viene, indudablemente, de la poca autoestima, de los complejos, de las malas costumbres. De la hipocresía que deriva de la envidia o viceversa –dedujo, reflexivamente, la profesora.

–Pero, ¡fíjense! una costra es también una postilla que cubre una herida y protege la piel mientras cicatriza! –exclamó triunfante la periodista, quien continuó diciendo: –Entonces esa costra nostra, aunque negativa también es una especie de protección a las heridas emocionales. Quizás esa sea la clave para soltarla o deshacerse de ella.

–Y ¿en qué punto exacto de un grupo social, se encuentra esa costra? –preguntó Agnes.

–En el terreno de la fragilidad y la vulnerabilidad humana, que asume una actitud o comportamiento, para no permitir que los demás juzguen o perciban sus debilidades. El mentiroso, por ejemplo, o el arrogante. Cuando se les despoja de la máscara, lo que queda detrás es un individuo cobarde y sin propósito.

–¡Patético! –opinó la periodista. –Lo veo a diario en las noticias.

–Es una costra que tenemos que quitarnos si queremos una humanidad honesta y compasiva, –decidió la maestra.

–Esa costra nostra tiene sus raíces en las emociones, obviamente –especuló la autora–. Quizás en algunos sea tan solo una nebulosa, y tal vez sea más densa y pegajosa en un espíritu permisivo y primitivo. Pero es una actitud brutal frente a la vida.

–¡Ni que decir de la costra de los regímenes y dictaduras, las sectas políticas o ideológicas, cuyos miembros funcionan como depredadores o aves de rapiña! –agregó Lee–.Y una pandilla con actividades delictivas tiene una costra maligna totalmente destructora: narcotráfico, asesinatos, secuestro, fraude, extorsión, contrabando, apuestas ilegales, terrorismo, usura, receptación, blanqueo de capitales, tráfico de armas y robos.

–¡Si! La Costra mafiosa, tiene su propia capas relativamente organizadas y jerárquicas –anotó Agnes.

–Pero la costra empezó a formarse en los albores de la humanidad. Se fue adhiriendo a la inocencia y metamorfoseándose a medida que aumentaron las poblaciones y sus necesidades morales y económicas. Se convirtió en un escudo y luego en armadura en la lucha de poderes.

–¡Y de los vicios! Cada día más complejos y destructivos –observó Lee apurando el último trago de limonada y poniendo el vaso en la mesa.

–Esa suciedad moral corrompe el tejido social. El progreso y la tecnología por un lado y las drogas por otro, permiten la invención de nuevos crímenes. El cine y los medios los glorifican y las nuevas generaciones se infatúan con el escenario de poder, los excesos y la anarquía.

–Me da pena decirlo, pero los medios de comunicación funcionan como una mafia –dijo Lee dándose golpes de pecho.

–¡Ni que decir del sistema educativo! –Agnes se rio mientras abría un tubo de crema para las manos.

–Y ¿el de las publicaciones? para que les cuento. –Dijo Mariann tomando su último trago de café.

–¿Conclusión? –pidió la joven periodista aferrada a su vaso, casi con desespero.

–Realmente no hay ninguna; como no sea alejarse de los demás y empezar de nuevo.

–O simplemente tratar de despojarnos de esa costra y observar los resultados para ayudar a otros a despojarse de la suya.

–Bueno, dijo Lee. Nosotras tenemos una audiencia a las que podemos tratar de ayudar en nuestras profesiones u oficios, ¿no? Quizás eso sea un buen comienzo.

–En mi experiencia, de todos los alumnos que he tenido durante todos estos años, quizás uno o dos serian receptivos y entenderían de lo que se trata. Los demás están muy cómodos con su costra.

–Por lo pronto es un logro sacar el tema y discutirlo con personas afines, ¿no? –se alegró Mariann.

–¡¿Sra Agnes?! –Preguntó con una amplia sonrisa, el hombre que entró en la cafetería y se fijó en la mesa. Era apuesto y vestía traje azul marino impecable, como un ejecutivo. –¿Me recuerda? Soy Percy, su exalumno.

–¡Percy! ¡Claro que me acuerdo de ti! –dijo Agnes guiñándoles un ojo, mientras les presentaba a sus compañeras.

–Siéntate y conversamos –dijo Mariann estudiando la enigmática aura del recién llegado.

–Voy por un café. Y si tienen tiempo las invito a otra ronda– dijo admirando a la más joven.

–¡Te consigo una silla! –ofreció Lee, entusiasmada.

♧ ♣

Gloria Chávez Vásquez. Escritora, periodista y educadora residen en Estados Unidos. Sus colecciones de cuentos, Las Termitas, Cuentos del Quindío, Opus Americanus, Crónicas del juicio final, Depredadores de almas, Caliwood están disponibles en Amazon, Buscalibre, Ingram, Verbum entre otros.

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