Por El Ciclón Invisible.
Un ensayo de apenas cien páginas publicado por Ediciones Exodus en 2022, ‘La crisis de la cultura occidental: Revisitando un tema de Ortega y Gasset desde una perspectiva contemporánea’, de Ariel Pérez Lazo, un texto pequeño en extensión aunque desmesurado en ambición filosófica, intenta nada menos que diagnosticar el agotamiento espiritual de Occidente en tiempos donde buena parte de la producción universitaria contemporánea parece más interesada en contabilizar estadísticas culturales que en preguntarse seriamente por el destino histórico de la civilización que todavía hace posibles tales estadísticas.
Debo confesar que hacía tiempo no me encontraba con un ensayo dispuesto a cometer una imprudencia intelectual tan poco rentable en nuestros días, tan impropia del academismo contemporáneo y tan peligrosamente cercana a la vieja ambición filosófica europea, me refiero a intentar pensar la cultura occidental en su totalidad y no apenas alguno de sus síntomas parcelados. En una época donde las universidades producen especialistas capaces de redactar tesis sobre la ansiedad ontológica del tatuaje urbano o sobre la dimensión afectiva del algoritmo digital mientras nadie parece preguntarse seriamente qué ocurre con la civilización que financia semejantes investigaciones, Ariel Pérez Lazo decide irrumpir con un texto cuyo propósito consiste nada menos que en interrogar la crisis espiritual de Occidente. Horribile dictu. Ya semejante atrevimiento merece atención.
Desde las primeras páginas comprendí que Pérez Lazo no pretendía redactar una monografía universitaria destinada a dormir en bibliotecas húmedas ni tampoco una elegante compilación de citas filosóficas para satisfacer el narcisismo curricular contemporáneo. El texto abre preguntándose si acaso no vivimos “una crisis de la cultura occidental en su conjunto y no algunos de sus ámbitos”. La pregunta posee algo incómodo para la sensibilidad intelectual dominante, habituada a pensar fragmentos microscópicos de la realidad mientras sospecha inmediatamente de cualquier tentativa de totalidad. El simple hecho de intentar reconstruir una visión panorámica de Occidente convierte hoy a cualquier ensayista en sospechoso de metafísica.
Lo primero que me llamó la atención del libro fue una cualidad extremadamente rara en el presente. Pérez Lazo todavía cree que las ideas importan. No las métricas. No los algoritmos. No las plataformas digitales. Ideas. Y ello explica que reconstruya una extensa genealogía de la crisis cultural reuniendo a Comte, Marx, Lukács, Horkheimer, Spengler, Berdiaiev y Ortega y Gasset bajo una misma sospecha histórica, la civilización occidental habría comenzado lentamente a perder la fe en sus propios fundamentos espirituales. Sic transit. El viejo ideal ilustrado de una razón organizadora del mundo parece degradado hoy en pura gestión técnica y sentimentalismo político.
Disfruté particularmente la recuperación de Augusto Comte, pensador reducido por generaciones enteras a caricatura positivista sin que la mayoría de sus críticos haya tenido jamás el heroísmo de leerlo seriamente. Pérez Lazo rescata algo mucho más profundo que la célebre ley de los tres estados. Recupera la intuición según la cual toda crisis política descansa previamente sobre una crisis intelectual. El ensayo recuerda la afirmación de Comte acerca de que “la gran crisis política y moral de las sociedades actuales se debe en último análisis a la anarquía intelectual”. Francamente, pocas frases describen mejor el espectáculo contemporáneo de redes sociales convertidas en parlamentos universales del resentimiento, territorios donde cualquier individuo se siente autorizado a emitir juicios absolutos después de consumir tres videos conspirativos y dos frases mal citadas de Nietzsche.
Uno de los momentos más sólidos del libro aparece en el recorrido por Lukács y la Escuela de Frankfurt. Pérez Lazo demuestra con claridad que buena parte de la teoría crítica contemporánea terminó encerrada dentro de las mismas estructuras conceptuales que originalmente pretendía desmontar. Cuando Lukács advertía que las ciencias modernas “se convierten en un sistema formalmente cerrado de leyes parciales especiales”, estaba describiendo una enfermedad cuya intensidad parece haberse multiplicado en el presente. La universidad contemporánea produce expertos admirablemente sofisticados en parcelas cada vez más pequeñas mientras desaparece simultáneamente la capacidad de comprender el horizonte histórico general.
No pude evitar cierta sonrisa amarga durante los pasajes dedicados a la universidad contemporánea. Pérez Lazo describe indirectamente un ecosistema donde el intelectual ya no piensa para comprender el mundo sino para sobrevivir dentro de él mediante artículos, congresos y publicaciones que terminan alimentando una maquinaria autorreferencial. No resulta casual que cite la observación de Dutton y Murray acerca de universidades convertidas en “bureaucratic business”. Resulta difícil no reconocer algo de verdad en semejante diagnóstico. Hoy abundan académicos cuya principal actividad intelectual consiste en comentar artículos escritos por otros académicos igualmente obligados a comentar textos semejantes para justificar institucionalmente departamentos enteros cuya función principal parece consistir en seguir existiendo.
La sección dedicada a Spengler me pareció particularmente lúcida. Pérez Lazo entiende correctamente que la importancia de La decadencia de Occidente no reside tanto en sus profecías históricas cuanto en haber concebido las culturas bajo la forma de organismos espirituales finitos. El ensayo resume admirablemente esta intuición cuando afirma que “el síntoma de la crisis de la cultura está entonces en su conversión en civilización, cuando ya no hay originalidad o creatividad en los distintos campos de la cultura sino que a esta la invade la repetición, la monotonía”. Mientras leía ese fragmento no pude dejar de pensar en la industria cultural contemporánea, fábrica gigantesca dedicada a reciclar permanentemente las mismas películas, las mismas novelas y las mismas indignaciones morales bajo formatos visualmente renovados aunque espiritualmente agotados.
Sin embargo, el verdadero centro del ensayo pertenece claramente a Ortega y Gasset. Allí el libro alcanza su zona más intensa. Pérez Lazo no presenta a Ortega bajo la caricatura habitual de aristócrata cultural reaccionario repetida mecánicamente por ciertos sectores universitarios satisfechos con sus consignas ideológicas. Lo presenta, más bien, en calidad de filósofo preocupado por la desaparición de la autenticidad espiritual. El ensayo resume esa tesis afirmando que “la oposición no está entre la vida y la cultura sino entre la falsa cultura y la auténtica”.
Y debo reconocer que precisamente en ese punto el libro adquiere una fuerza notable. La crisis occidental deja de aparecer únicamente bajo formas económicas o políticas y adquiere un tono existencial mucho más profundo. Occidente habría conservado intacta su capacidad técnica mientras pierde progresivamente las razones culturales que justificaban dicha técnica. La civilización produce más información que nunca y simultáneamente menos sentido. Sapere aude. El problema contemporáneo consiste precisamente en que nadie parece saber ya hacia dónde dirigir semejante poder.
Uno de los aspectos que más me interesó del ensayo fue comprobar que Pérez Lazo, pese a pertenecer generacional y culturalmente a cierta sensibilidad intelectual cercana a la izquierda miamense, logra mantenerse por encima de la obediencia doctrinal y del automatismo ideológico heredado del marxismo más rígido. Resulta refrescante encontrar a un joven intelectual dispuesto a criticar no solo las insuficiencias del liberalismo contemporáneo sino también las limitaciones estructurales del propio marxismo, especialmente allí donde este redujo la cultura a simple derivación económica. Pérez Lazo comprende, siguiendo más a Ortega y Spengler que a la ortodoxia materialista clásica, que el problema contemporáneo posee una dimensión civilizatoria y existencial mucho más amplia que la mera disputa económica entre clases sociales.
Ahora bien, precisamente allí comienzan también algunas de las debilidades más visibles del ensayo. Pérez Lazo desea abarcar demasiado. El libro parece empeñado en reunir todas las teorías posibles sobre la decadencia occidental dentro de una misma constelación interpretativa. Huntington, Žižek, Pinker, Diamond, Murray, Habermas, Spengler, Horkheimer y Ortega aparecen integrados dentro de un edificio conceptual cuya amplitud termina debilitando parcialmente la cohesión del conjunto. Existen páginas enteras donde el lector tiene la sensación de encontrarse más ante una gigantesca biblioteca comentada que ante una argumentación orgánica rigurosamente jerarquizada.
A ello se añade otro problema importante. El ensayo tiende frecuentemente a transformar intuiciones filosóficas sugestivas en diagnósticos históricos excesivamente absolutos. Cuando Pérez Lazo habla del agotamiento creativo de Occidente, de la decadencia espiritual contemporánea o de la pérdida irreversible de autenticidad cultural, el texto roza por momentos cierto dramatismo civilizatorio heredado de Spengler cuya fuerza retórica supera ocasionalmente la solidez argumentativa. El propio ensayo reconoce indirectamente esa dificultad cuando admite que las predicciones orteguianas sobre la ciencia no se cumplieron. “La ciencia ha avanzado, la especialización también. No se ha producido el fin de la ciencia”.
También advertí una tendencia persistente a la acumulación conceptual. Pérez Lazo escribe mediante períodos extensos, asociaciones sucesivas e injertos teóricos que convierten muchas páginas en superficies densamente sedimentadas. Habida cuenta de semejante procedimiento, el lector experimenta por momentos cierta fatiga argumentativa. Existen fragmentos donde las referencias filosóficas se encadenan unas sobre otras con tal velocidad que el texto parece avanzar más por yuxtaposición que por verdadera depuración conceptual. Y aunque semejante exceso posee cierto encanto ensayístico, también termina afectando la claridad expositiva.
En algunos pasajes el libro parece atrapado precisamente por aquello que intenta diagnosticar. La hipertrofia intelectual contemporánea reaparece involuntariamente en la propia escritura del ensayo. Pérez Lazo denuncia el exceso de fragmentación académica y simultáneamente multiplica referencias, autores y asociaciones hasta construir un texto cuya densidad puede resultar extenuante para lectores no especializados. Hay páginas donde uno tiene la impresión de asistir a un torneo filosófico entre fantasmas europeos del siglo XX convocados simultáneamente alrededor de la misma mesa.
El problema se vuelve más visible cuando el ensayo intenta integrar tradiciones filosóficas demasiado heterogéneas. Por momentos Spengler, Lukács, Horkheimer, Huntington y Ortega parecen convivir dentro de una misma corriente interpretativa pese a sostener diferencias profundas respecto a la cultura, la técnica, la modernidad y la historia. El libro consigue establecer conexiones sugerentes entre ellos, aunque no siempre logra justificar plenamente la compatibilidad conceptual de tales asociaciones.
Incluso la crítica al hombre masa, uno de los ejes más interesantes del ensayo, corre ocasionalmente el riesgo de deslizarse hacia cierto elitismo cultural ambiguo. Cuando Pérez Lazo retoma la preocupación orteguiana frente a “la desproporción entre el provecho que el hombre medio recibe de la ciencia y la gratitud que no le dedica”, la observación resulta lúcida y contemporánea. Sin embargo, el ensayo no siempre consigue precisar con claridad dónde termina la legítima crítica a la banalización cultural y dónde comienza cierta nostalgia aristocratizante por antiguas jerarquías intelectuales.
Y aun así, pese a todas esas irregularidades, terminé el libro con la sensación de haber leído un ensayo auténtico, es decir, un texto que todavía se atreve a pensar en grande, a equivocarse en grande y a formular preguntas que la universidad contemporánea parece haber abandonado hace tiempo por miedo al ridículo o por exceso de especialización técnica. En una época donde buena parte de la producción intelectual se limita a gestionar síntomas sin atreverse jamás a preguntar por la enfermedad misma, Ariel Pérez Lazo conserva todavía el coraje, o la imprudencia, de interrogar el destino espiritual de Occidente. Y francamente, eso ya constituye bastante más de lo que puede decirse de numerosos libros contemporáneos.
















