Sociedad

Entre alces, memorias y un país que tampoco olvida su pasado

Por Carlos M. Estefanía.

La imponente madre alce descansa plácidamente en la sombra.Junto a ella, sus dos pequeñas crías, una de pie y otra acostada. Fotografía tomada en el museo al aire libre de Skansen el 29 de mayo de 2026 por Carlos Manuel Estefanía.

Entre alces, memorias y un país que tampoco olvida su pasado

 

Bothyrka, Estocolmo, Suecia — 31 de mayo de 2026

Queridos lectores: ojalá estas líneas los encuentren bien, con salud y con ese ánimo de resistencia cotidiana que siempre hace falta. Sobre todo, cuando uno es cubano y anda tratando de hacer afuera lo que antes le permitía sobrevivir adentro, como si aquello de «adonde fueres, haz lo que vieres» no siempre encajara con lo que uno carga de Cuba. Todo un tema para pensar.

Me explico: antes de seguir con esta carta desde Suecia, déjenme saltar el Atlántico y empezar con una de esas historias que uno ve y lo primero que piensa es: «Asere, eso no puede ser verdad». Seguro ya la vieron rodar por las redes, aunque el asunto hay que tomarlo con pinzas, porque entre versiones, indignaciones y exageraciones, la verdad a veces queda medio perdida.

Según lo difundido desde Cancún, Quintana Roo, un perro muerde a un vecino mexicano y ahí empieza el lío. El hombre, herido y molesto, va a reclamar lo suyo, como haría cualquiera. Hasta ahí, lo normal. El problema surge cuando el reclamo sube de tono: el vecino encara a la mujer presente, eleva la voz, el ambiente se tensa y, en medio de la discusión, suelta una frase que en cualquier barrio latino es gasolina pura. Dice que el marido «no da la cara», insinuando cobardía. Y eso, para quien conoce la calle —en La Habana, en Santiago o en cualquier parte—, no es un detalle menor: ahí el respeto y la palabra pesan.

El resultado, según los videos que circulan, fue una bofetada del dueño del perro, un cubano afrodescendiente. La escena se volvió viral en segundos y convirtió un conflicto entre vecinos en un espectáculo global. Las redes hicieron lo suyo: versiones, condenas, bandos, narrativas cruzadas. En cuestión de minutos aquello dejó de ser local. Se formó una multitud, el ambiente se calentó y el pleito doméstico terminó convertido en una bronca colectiva alrededor de la vivienda del implicado, mientras la policía llegaba cuando el incendio ya estaba encendido.

El saldo final, según lo reportado, es el de siempre: un herido, un conflicto amplificado por la viralidad, un perro que, que se quedará sin “jama” en medio de una telenovela mexicana y de las malas.

Y con ese ruido todavía en la cabeza, volvemos a este lado del Atlántico, donde las cosas también se complican, pero con otro ritmo: más frío, más contenido, otra manera de explotar, si se quiere.

Desde este rincón del norte escribo en estos días raros de finales de mayo, cuando en Suecia el sol parece no querer irse nunca. Para quien viene del Caribe esto sigue siendo una extrañeza diaria: uno se acuesta con luz, se levanta con luz y el cuerpo va aprendiendo otro tiempo.

Quisiera contarles algo vivido el 29 de mayo, una visita de trabajo de esas que se quedan dando vueltas en la memoria. Ese día estuve en Skansen, y hay que decirlo bien: para un cubano la palabra «museo» no alcanza. Uno entra pensando en vitrinas y objetos quietos, pero allí la historia no está guardada: está viva.

Skansen está en Djurgården, una isla en el centro de Estocolmo que fue zona de caza del rey y hoy es uno de los pulmones verdes de la ciudad. Fue fundado en 1891 por Artur Hazelius con la idea de salvar la memoria de la vida sueca antes de la modernidad, desmontando casas, granjas y talleres de todo el país para reconstruirlos allí, pieza por pieza.

Uno pasa de una granja pobre del siglo XVIII a una casa burguesa del XIX, y luego a un taller donde alguien trabaja como si el tiempo no hubiera pasado. No es un decorado: es vida. Hay panaderos, artesanos, sopladores de vidrio, costureras… gente trabajando dentro de la historia. En una de esas casas vi a un artesano modelando barro con una paciencia que hoy parece un lujo; en otra, dos mujeres explicaban las antiguas cooperativas de consumo; muy sueco todo, esa manera de organizarse para sobrevivir mejor.

También había casas cerradas, como la del herrero o el zapatero, pero incluso en silencio uno siente lo que hubo allí: el metal, el cuero, la dureza de un país donde el invierno no era paisaje, sino destino.

Y en medio de todo eso, la naturaleza. Animales del norte como osos, linces y caballos antiguos. Pero lo que más me detuvo fue una hembra de alce con sus dos crías. El alce aquí es casi un símbolo nacional, algo que para un cubano recuerda a la palma real en su relación con el paisaje y la identidad. Uno de los pequeños mamaba con absoluta calma mientras familias y escolares pasaban en silencio, como si nadie quisiera romper ese instante. Y ahí la mente se va sola.

Yo crecí cerca del Zoológico de La Habana, que en sus mejores tiempos significó mucho, pero que con los años se fue deteriorando como tantas cosas en Cuba. La última vez que lo vi, hace más de treinta años, ya era otra cosa. Por eso ver animales aquí, con este cuidado meticuloso, despierta una mezcla de belleza y nostalgia. Le he dedicado un video en mi canal de YouTube, donde suelo subir materiales sobre lo que pasa en Suecia, entre otras cosas que me interesan y que podrían interesarle también a usted.

Después de mi ameno recorrido regresé a Botkyrka, el municipio donde vivo al sur de Estocolmo, un lugar de decenas de idiomas donde uno a veces siente que está en varios países a la vez. La semana también tuvo su parte dura: un caso de violencia con una mujer herida y una zona acordonada por la policía, y un atropello con fuga en la autopista E4. Recordatorios de que ningún lugar es perfecto.

Al mismo tiempo, las autoridades hablan de más denuncias de riesgo en menores, lo que no es solo alarma, sino también más vigilancia y capacidad de reacción. El municipio sigue con programas como Bostad först —«vivienda primero»—, que parte de la premisa de dar un hogar antes de exigir estabilidad. Y el desempleo ha bajado a su nivel más bajo en seis años, con más programas de empleo juvenil para el verano.

Pero entre todo, hubo algo que volvió con fuerza: el asesinato de Anna Lindh. En septiembre de 2003, Suecia vivió un momento que cambió su percepción de seguridad cuando la ministra de Asuntos Exteriores fue atacada en pleno centro de Estocolmo, en un espacio cotidiano, sin escoltas visibles, y falleció al día siguiente. El impacto fue profundo, no solo político sino social: Suecia entendió que su modelo de cercanía entre ciudadanos y autoridades también tenía vulnerabilidades.

Yo guardo un recuerdo personal de aquella época, cuando trabajaba como mentor y comunicador en Kunskapslyftet, una gran iniciativa estatal de educación de adultos entre finales de los 90 y principios de los 2000, pensada para personas desempleadas o con baja formación. Era una red que incluía Komvux (sistema de bachillerato para adultos), escuelas populares y formación laboral: gente intentando rehacer su vida.

En una feria de Cursos en Hallunda, en Botkyrka, se acercó una mujer joven, sencilla, sin señales de autoridad. Hablamos como con cualquier visitante interesada; le expliqué cursos y opciones mientras mis compañeros me miraban con una sonrisa rara. Después, alguien convirtió la historia en broma, como si yo, jugando, hubiera intentado convencer a la ministra Anna Lindh de hacer un curso para desempleados. Yo mismo no había había caído en quién era ella, porque nunca he sido bueno para los nombres o las caras. Por supuesto le seguí la corriente a mis compañeros mientras que por dentro moría de vergüenza, gajes del extranjero, por suerte el mía no fue un lío con un perro. Lo que recuerdo es la absoluta naturalidad con la que estaba allí, sin distancia ni pose. Y cómo, después de su asesinato, ese recuerdo cambió de peso.

Antes de cerrar, quiero mencionar algo importante para la causa de Cuba. Un nuevo artículo mío sobre la isla ha sido publicado en un medio sueco, esta vez en el periódico digital Bulletin, y quiero agradecer sinceramente al editor Jakob Sjölander por dar espacio a una voz que intenta hablar de Cuba desde la experiencia vivida, sin consignas ni disfraces. Pero no fue el único texto sobre Cuba que apareció allí.

Sjölander, tras aceptarlo, me contó que poco antes de mi artículo había publicado otro texto sobre Cuba. Era de la periodista sueca Linn Johansson Leinonen, quien tituló su columna en Bulletin: «Hur står det till i arbetarnas paradis?»(«¿Cómo está la situación en el paraíso de los trabajadores?»), que puede leerse aquí en su lengua original: https://bulletin.nu/linn-johansson-hur-star-det-till-i-arbetarnas-paradis

En él analiza cómo, tras más de seis décadas de sistema comunista, Cuba no ha alcanzado el bienestar prometido, y cómo en Suecia a veces se reduce la realidad cubana al embargo sin mirar sus problemas internos. El texto de Linn Johansson Leinonen es una crítica al sistema político y económico de Cuba tras más de 67 años de gobierno comunista. La autora sostiene que Cuba no se ha convertido en la sociedad próspera y justa que prometía la revolución, sino que enfrenta pobreza, escasez y fuertes limitaciones a las libertades básicas.

Uno de los puntos centrales es la falta de libertad de expresión: según el artículo, los ciudadanos cubanos temen hablar abiertamente, especialmente frente a cámaras o periodistas, por miedo a represalias como detenciones o persecución. También critica a sectores de la izquierda sueca, a los que acusa de idealizar el modelo cubano y minimizar o justificar sus problemas internos, atribuyendo la crisis principalmente al embargo de Estados Unidos.

El artículo argumenta que, aunque el embargo tiene efectos económicos reales, no explica por sí solo la situación del país, ya que también existen problemas internos como la desigualdad, la mala gestión y un control estatal estricto. La autora menciona además la cercanía de ciertos sectores de la izquierda internacional con el gobierno cubano y otros regímenes como Venezuela o Irán, cuestionando que estos apoyos sean compatibles con una defensa coherente de la democracia.

En el plano económico, describe una situación muy difícil para la población: bajos salarios, escasez de productos básicos como alimentos y combustible, cortes eléctricos frecuentes y una fuerte brecha entre la élite política y la población general. En conclusión, el artículo plantea que el «paraíso de los trabajadores» es una ilusión y que el discurso idealizado sobre Cuba en parte de la izquierda europea no se corresponde con la realidad que viven los cubanos.

Mi artículo apareció hoy; su título traducido al castellano es el siguiente: «La Asociación Sueco-cubana blanquea los crímenes del régimen». Aquí sostengo que el debate sueco sobre Cuba está marcado por una doble moral. En mi opinión, muchas organizaciones que dicen apoyar al pueblo cubano en realidad terminan defendiendo al régimen. Critico en concreto a la Asociación Sueco-cubana, acusándola de solidarizarse más con el gobierno de La Habana que con los ciudadanos que sufren escasez de alimentos, medicamentos y electricidad, así como represión política. Esta organización suele justificar los problemas internos del país señalando principalmente al embargo estadounidense, en lugar de responsabilizar al propio gobierno cubano.

El texto aborda, además, un tema poco conocido en Suecia: el caso del derribo en 1996 de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate, cuestionando la visión que dan de ello los alabarderos suecos del régimen cubano. La tesis central del artículo es que esta visión «unilateral» de solidaridad con Cuba invisibiliza a la población cubana y dificulta una comprensión real de su situación. El texto puede ser leído en sueco en este enlace: https://bulletin.nu/debatt-svensk-kubanska-foreningen-tvattar-regimens-brott

No puedo terminar esta epístola sin agradecer a Linn Johansson Leinonen por contar la verdad sobre Cuba, y al editor Jakob Sjölander por abrir espacio a una mirada desde la experiencia cubana, sin consignas ni adornos. Tomen nota mis lectores, para recordar en la Cuba libre que vendrá a aquellos que estuvieron con el pueblo y no con sus opresores.

Y ahí queda una idea: los que pensamos en una Cuba democrática solemos mirar hacia dentro, pero también importa cómo nos miran desde fuera. Esa suma de miradas influye en el espacio que se abre —o no— para el cambio. Cuando alguien escucha antes de repetir, algo se mueve, aunque sea despacio. Tal vez la democratización de Cuba no dependa solo de nosotros, sino también de esa lenta acumulación de miradas honestas externas.

Y mientras escribo desde Botkyrka, con esta luz interminable que anuncia el verano, me queda una idea simple: los países se sostienen cuando pueden hablar sin miedo, recordar sin miedo y discrepar sin desaparecer. Les mando un abrazo grande desde este norte que ya huele a verano.

Carlos Manuel Estefanía.

Un cubano que salta del presente al pasado y de éste al futuro

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