EDITO

El problema de Cuba pertenece a los cubanos y a la consciencia universal

Por Zoé Valdés.

He leído el artículo de Ana León publicado por Cubanet y, aunque reconozco que no carece de razón en algunos puntos, me resulta imposible pasar por alto una confusión de fondo: reducir el drama cubano a un asunto exclusivamente doméstico e interino de los cubanos de allá, como si la tragedia de una nación pudiera encerrarse dentro de sus fronteras sin rozar la conciencia del mundo, no es admisible. Cuba es, desde luego, responsabilidad de los cubanos. Pero no sólo de los cubanos. Ningún desastre humano de la magnitud del cubano pertenece únicamente a quienes lo padecen. ¿Entonces por qué los cubanos del exilio nos hemos solidarizado con los cubanos de adentro, y con otras causas mundiales?

Conviene empezar por una distinción elemental: solidaridad no es tutela, y caridad no es colonialismo moral. Un pueblo que durante décadas ha sobrevivido, en buena medida, gracias a remesas familiares, ayudas exteriores, campañas humanitarias, donaciones médicas, alimentos enviados desde el exilio y auxilios internacionales no debería despreciar tan ligeramente la intervención moral de quienes miran desde fuera. Otra cosa es discutir la eficacia, la oportunidad o incluso la torpeza de determinadas políticas. Pero convertir toda injerencia externa en pecado político equivale a regalarle al régimen el viejo argumento de la plaza sitiada. Por la boca hablaban el pez y Oscar Wilde, viejo refrán.

Durante décadas, la dictadura cubana ha vivido de esquilmar a los gobiernos con su eterna cantilena miserable y de ordeñar a los de fuera. Ha pedido créditos que no paga, ha exportado médicos bajo condiciones denunciadas por prácticas coercitivas, ha recibido petróleo, becas, subsidios, turismo ideológico y simpatías diplomáticas, mientras presentaba todo auxilio como victoria propia y toda crítica como agresión imperial. En ese sistema de doble moral, la ayuda es bienvenida cuando pasa por las manos del poder; se vuelve sospechosa cuando intenta alcanzar directamente a la sociedad civil o cuando cuestiona la raíz política de la miseria.

Por eso incomoda leer, desde un medio que nació para romper el monopolio verbal del castrismo, una reflexión que parece olvidar esa complejidad. Cubanet no fue cualquier plataforma: fue uno de los primeros espacios digitales dedicados a difundir periodismo independiente cubano, fundado en los años noventa con la voluntad de publicar aquello que dentro de la isla era censurado. Rosa Berre, su fundadora, entendió que informar sobre Cuba era también defender a quienes no podían hablar libremente. Hugo Landa, en su momento, representó una dirección marcada por el pluralismo y por la certeza de que la unanimidad sólo existe bajo las dictaduras.

Precisamente por esa historia, duele más ver cómo ciertos discursos actuales parecen deslizarse hacia una nostalgia disfrazada de prudencia: la ilusión de un socialismo puro, rosadito, humanizado, desleído, que siempre termina en el mismo rojo autoritario de siempre. El problema no es reclamar soberanía, ni defender la capacidad de los cubanos para decidir su futuro. El problema es usar esa idea para cerrar la puerta a cualquier presión internacional, a cualquier alianza exterior, a cualquier gesto de responsabilidad compartida frente a una dictadura que jamás tuvo reparos en internacionalizar su maquinaria política cuando le convino.

El drama cubano es nuestro, sí. Es de los presos políticos, de las madres que esperan en las afueras de las cárceles, de los médicos explotados, de los jóvenes que se marchan porque ya no pueden más, de los viejos que se quedan solos y mueren en las calles más solapeaos todavía, de los periodistas perseguidos, de quienes sobreviven entre apagones, hambre y miedo. Pero también es del mundo, porque ningún régimen que destruya durante más de seis décadas la dignidad de un pueblo puede ser tratado como un asunto provincial. Si aceptamos que Ucrania, Venezuela, Nicaragua, Irán o cualquier otro país sometido a la violencia del poder merecen solidaridad internacional, ¿por qué Cuba tendría que ser la excepción?

La humanidad no funciona por pasaportes. Uno se “compra” dramas ajenos —para decirlo con crudeza— porque hay dolores que interpelan aunque no hayan nacido en nuestra casa. Quien ha sentido como propio el sufrimiento de pueblos lejanos no puede exigir que el mundo mire a Cuba con frialdad administrativa. Otra cosa, repito, es discutir el método. Porque sí: Marco Rubio puede equivocarse, y a mi juicio se está equivocando en varias formulaciones y en la dureza de una estrategia que corre el riesgo de castigar más al ciudadano que al poder. Pero su derecho a intervenir en el debate cubano no puede negarse por decreto emocional.

Rubio tiene sangre cubana, una biografía atravesada por el exilio y una responsabilidad institucional como secretario de Estado de Estados Unidos. Él mismo ha declarado que le importa Cuba, aunque trabaja para Estados Unidos. Esa frase puede ser leída con recelo, pero también con realismo: ningún funcionario norteamericano actúa por caridad pura; actúa desde intereses nacionales. La discusión seria no consiste en fingir lo contrario, sino en preguntarse si esos intereses pueden coincidir, total o parcialmente, con la liberación de una sociedad secuestrada por una élite militar y económica.

Sería ingenuo aplaudir cualquier presión externa sólo porque incomoda al castrismo. También sería irresponsable rechazarla automáticamente porque proviene de Washington. La historia cubana exige más inteligencia que reflejos condicionados. El embargo, las sanciones, las restricciones financieras y las medidas diplomáticas deben ser evaluadas por sus efectos reales: si debilitan al aparato represivo, si abren espacio a la sociedad civil, si protegen a los más vulnerables o si terminan reforzando la narrativa victimista del régimen. La política no puede medirse sólo por la satisfacción moral de “hacer algo”. Debe juzgarse por lo que produce.

Pero tampoco puede pedirse al exilio, a los demócratas del mundo ni a los políticos de origen cubano que se sienten a esperar a que el totalitarismo se reforme a sí mismo. Ya hemos visto demasiadas veces esa película. Cada vez que se habla de apertura, el poder reorganiza sus privilegios. Cada vez que se anuncia una reforma, el ciudadano sigue sin derechos. Cada vez que se promete soberanía, se oculta que la soberanía verdadera no pertenece al Estado ni al Partido, sino a las personas.

Por eso convendría recuperar una brújula ética sencilla: la solidaridad no se mide por la pureza ideológica de quien la ofrece, sino por su capacidad de ponerse del lado de la víctima sin obedecer al verdugo. La caridad no es humillante cuando salva, acompaña o denuncia; se vuelve indecente sólo cuando sirve para perpetuar la dependencia. Cuba necesita intervención -como otros países la necesitaron en su momento-, presión, información, memoria, denuncia y también humildad. Necesita que quienes escriben desde dentro y desde fuera no confundan cansancio con lucidez, ni soberanía con aislamiento.

Cubanet fue creíble porque nació contra el silencio. Sería una pérdida que terminara prestándole palabras, aunque fuera involuntariamente, a la vieja coartada del régimen: “esto es entre nosotros y nadie más tiene derecho a opinar”. No. Cuba es de los cubanos, pero el sufrimiento cubano pertenece a la conciencia universal. Y si todos seguimos equivocándonos, al menos convendría equivocarse del lado de quienes padecen, no del lado de quienes administran el padecimiento.

 

Compartir

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*