Relato Social

El cuenco de pedir

Por Emma Zinsky.

 

“Sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes».

                                                                                                                                                                                   Aristóteles.

 

En ciudades de Japón, Laos, Cambodia, Birmania, Viet-Nam, Tailandia y menos en China observé que a la hora del almuerzo salen en silencio monjes  con sus túnicas azafrán y muchos descalzos a pedir el sustento diario, lo comen directamente del cuenco de limosnas y eso demuestra que el monje vive con la sencillez de consumir sólo lo necesario, la humildad de depender de la comunidad lo que le ayuda a soltar el orgullo y la conexión a través de la generosidad entre el monje y el resto de personas.  Después de mi experiencia recorriendo el Sudeste asiático me he tomado la licencia de cambiar el nombre del cuenco de las limosnas por el cuenco de pedir. Y en el mío escribo mis deseos y se los consagro a Buda.

Uno de mis deseos permanentes es que mi amistad de 52 años creciera y se fortaleciera durante nuestra vida con Remedio Santo (desde adolescentes intercambiamos nombretes que dirían en Cuba) . Para ella he sido Botija, Patek por el reloj, y otros que el olvido me roba. Yo también la llamo China cuando está en calma e Indomable cuando le sale lo irlandés.

Este weekend estuvimos de “gira” por Los Cayos de La Florida y menos aburrirnos, hicimos de todo.

Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo.

Es como descifrar signos, sin ser sabio competente.

Volver a ser, de repente, tan frágil como un segundo.

Volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios.

Violeta Parra.

Pues Buda tan magnánimo siempre, nos regaló volver a ser las dos jovencitas que se tostaban en el mar embarradas de aceite y yodo, reírnos de sólo mirarnos cuando pasaba algún personaje de esos que pululan por Los Cayos, disfrutar los martinis con cangrejos, cantar con los veteranos contentos de hierba,  visitar los templos (léase museos) de nuestros novios de juventud: Ella a Martí y yo a Hemingway.

Ella es más leal que yo, su amor por el Apóstol es desde siempre y para siempre, infinito. Yo he dejado de lado a Ernest, otros ámbitos han despertado mi interés pero aún lo recuerdo con el cariño que se tiene por los viejos amores que terminaron bien. Y es que en Cuba, cuando ella me sentía triste, que era casi siempre me cojía de la mano y nos íbamos a La Vigía o  a Cojimar y me curaba.

Hablar de nuestro niño, de nuestra niña, de nuestras familias, de tantos y tantos recuerdos vividos juntas… Ella siempre me cura, de ahí el Remedio Santo.

Mi gratitud a Buda o al que esté en su lugar es para siempre. Espero que entienda el cambio de nombre, en definitiva el cuenco sirve para pedir.

Emma Zinky.

Patek y Remediosanto, La Habana, 1980
Compartir

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*