EDITO

ED. Mike Waltz y su perogrullada: gracias, pero no nos vendan el descubrimiento

Por Zoé Valdés/El Debate.

Con relación al castrocomunismo de Cuba, ninguna verdad debe ser silenciada, sin embargo, a estas alturas hay pocas que no se conozcan. Existen verdades o perogrulladas que merecen decirse y repetirse en voz alta, aunque lleguen con décadas de retraso. Agradezco que Mike Waltz, embajador de Estados Unidos en la ONU, plante cara al poder castrista en Naciones Unidas. Agradezco también que el Gobierno estadounidense denuncie los privilegios de esta casta izquierdosa sin envolverlos en las habituales cortesías diplomáticas. Pero agradecer no significa perder la memoria ni aceptar que nos presenten como revelación lo que tantos cubanos llevan denunciando durante generaciones.

El 27 de octubre, Waltz exhibió ante la Asamblea General fotografías de relojes, propiedades y otros bienes que atribuyó a la élite gobernante cubana. Entre ellas estaban las imágenes de Fidel Castro con dos Rolex. Según la cobertura de Univision, el embajador utilizó esas fotografías para contraponer el lujo de los dirigentes con las dificultades de la población. La denuncia tiene valor político; el supuesto descubrimiento merece bastante menos entusiasmo.

¿De verdad debemos creer que los sucesivos gobiernos de Estados Unidos desconocían esos privilegios? ¿Que nadie en Naciones Unidas había reparado en semejante contradicción? No dispongo de los archivos de cada administración ni pretendo leer la mente de cada diplomático. Mi objeción es otra: resulta inverosímil representar como una sorpresa lo que circulaba públicamente y formaba parte de la denuncia constante del exilio. No confundan una exposición más contundente con el nacimiento de la evidencia.

Los relojes importan, sí, pero no por una fascinación con las marcas. Importan como emblema de una moral política que exigía y exige sacrificios a los demás mientras reservaba excepciones para quienes mandaban, y eso durante más de 67 años. La perogrullada consiste en anunciar solemnemente que los administradores de la austeridad ajena disfrutaban de una abundancia propia. Bienvenido sea el señalamiento; pero sobraba el aire de estreno. El horror no llegó cuando ustedes llegaron; el horror llegó en 1959 de la mano de Estados Unidos, todo sea dicho y expuesto.

Tampoco el asunto termina en las islas privadas que Waltz denunció. Para mí, la metáfora decisiva es más amplia: desde 1959, el castrismo convirtió Cuba en su finca política personal. No hablo aquí de una escritura de propiedad, sino de un sistema que se arroga el derecho de decidir quién participa, quién prospera y quién puede disentir. El problema no es solamente dónde descansaban los jefes de esa mafia, sino quién dispuso de la vida de los demás.

Y aquí aparece mi segunda incomodidad: denunciar a los dueños de la finca no autoriza a escoger desde fuera a los futuros administradores. La cobertura de CiberCuba recoge que Waltz presentó a José Daniel Ferrer y Orlando Gutiérrez Boronat como voces disidentes durante esa jornada. Esa visibilidad no demuestra que Washington haya designado un gobierno futuro. Pero sí permite preguntar qué criterios guían la elección de interlocutores y cómo se escucha a quienes discrepan de ellos.

Un invitado no es un mandato popular. Una fotografía junto a un embajador no equivale a una elección. El exilio no pertenece a ninguna organización, ni la oposición interna cabe entera en una delegación. Me inquieta cualquier política que confunda acceso a Washington con representatividad cubana. Los cubanos no nos merecemos que el futuro vuelva a decidirse mediante padrinazgos: merecemos procedimientos, pluralidad, fiscalización y ciudadanos capaces de retirar la confianza a sus dirigentes.

Sobre Gutiérrez Boronat puedo aportar un episodio personal, no una sentencia universal. En un encuentro en Miami –del que hay testigos– me acerqué a darle la mano por mera cortesía; él llegaba y yo ya estaba en el lugar junto al anfitrión de la casa que nos recibía; le tendí la mano pese a haberlo criticado. Me respondió que no podía respirar donde yo respiraba y terminó marchándose él, porque yo no iba a dejar de respirar porque él lo deseara. Cuento lo que viví desde mi perspectiva; no lo presento como una grabación independiente ni como prueba de todas las acusaciones que circulan sobre él.

Pero aquella respuesta me dejó una pregunta política perfectamente legítima: ¿cómo se defiende una democracia si resulta insoportable compartir espacio con una crítica? Nadie está obligado a simpatizar conmigo. Quien aspira a representar una causa democrática, sin embargo, debería distinguir entre una adversaria y una presencia que debe desaparecer. La libertad empieza precisamente donde termina la comodidad de escuchar únicamente aplausos.

Las denuncias sobre privilegios carcelarios, violencia o pactos de impunidad requieren documentos, contexto, contraste y respuesta de los señalados. No las convertiré en hechos probados por repetirlas con indignación. Exigir ese rigor no absuelve a nadie: protege una crítica que debe sostenerse sin atajos. Tampoco acepto que el sufrimiento pasado conceda inmunidad frente a preguntas presentes, ni que una transición se negocie sacrificando los derechos de las víctimas.

Gracias, entonces, señor Waltz, por señalar los privilegios del castrismo. Pero no nos venda la perogrullada como descubrimiento ni confunda interlocutores con representantes elegidos. Cuba necesita libertad y justicia, no una nueva selección de intocables. Si cambiamos de amos sin cambiar las reglas, seguiremos más perdidos que un pedo en un baile y que un piojo en peluca ajena. Y como decimos en mi tierra, ¡Wambán o Guambán! Que más o menos quiere decir, ¡chúpate esa mandarina mientras te pelo la otra! Aunque dicho con firmeza.

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