Por Zoé Valdés/El Debate.
Durante más de seis décadas, Cuba vive con una maleta hecha detrás de la puerta: la maleta de la libertad que no llega, la de la república prometida, la de la madrugada en que los presos saldrían de las cárceles y los cubanos dejarían de hablar bajito en las colas. Desde el norte, a noventa millas y a noventa años de distancia, Estados Unidos ha repetido una palabra solemne: liberación. Expresada con acento presidencial, con discursos de campaña en Miami, con banderas desplegadas y aplausos exiliados. La palabra se ha convertido en una muchacha aburrida sentada en el Malecón, que contempla hastiada cómo las olas rompen contra las piedras, sin derribar nunca la muralla.
Invocaré una respiración cubana, desgarrada, barroca, irónica, una voz de mujer que conoce el sabor de la pérdida y no le teme a la rabia. Cuba no es una abstracción diplomática: es una madre que guarda fotos amarillentas, un padre que envejeció esperando la visa, un hijo que se fue por donde sea, una abuela que aprendió a estirar el arroz con gorgojos como si estirara la patria. Una isla convertida en expediente, una nación que otros nombran desde podios y oficinas mientras los de adentro sobreviven entre apagones, miedo y propaganda.
Estados Unidos prometió muchas veces no abandonar al pueblo cubano. Lo ha hecho con el blandito boicot comercial –ni siquiera llega a embargo–, con leyes de minipresión, con listas restringidas, con llamados a la liberación de presos políticos y con declaraciones donde la democracia aparece como una estrella posible. El Departamento de Estado reiteró en 2025 su política firme hacia La Habana, insistiendo en la rendición de cuentas del régimen y en el apoyo a los derechos fundamentales. La pregunta, amarga cual café recalentado: ¿cuándo una promesa deja de ser promesa y se convierte en coartada?
El régimen cubano, por su parte, ha perfeccionado el arte de convertir cada enemigo externo en cortina mohosa. Culpa al «bloqueo», incluso de sus propias cárceles, de sus burócratas corruptos, de sus hoteles para extranjeros y sus hospitales mugrientos, de consignas deshilachadas y sus policías jóvenes golpeando a ancianos. En Cuba, el poder se protege y el pueblo se queda sin luz. El pueblo, la nada baldía.
La liberación prometida resulta un teatro electoral. Cada cuatro años, el dolor cubano se sienta en primera fila en la Florida. Se le pasa la mano por la cabeza, se le promete firmeza, se le jura que esta vez sí, que la dictadura está al caer. Luego llegan los matices, los cálculos, las negociaciones secretas, los cambios de administración, las prioridades: Ucrania, China, Venezuela, Irán, petróleo, migración, elecciones. Cuba retorna al cajón de los asuntos pendientes, junto a las fotos de los mártires y las llaves oxidadas de casas confiscadas.
La isla se vacía de jóvenes, de médicos, de maestros, de vecinos que ya no dicen adiós sino «hasta nunca». Se vacía por aeropuertos y se vació por selvas, por mares y fronteras. La libertad no llega como cambio político sino como escape individual. No derriba el sistema: compra un pasaje. No funda una república: manda remesas. El país ahogado de ausencias, y esas ausencias son la estadística más brutal de la dictadura y del fracaso para acompañar un cambio verdadero.
La oposición paga con cárcel, hambre, vigilancia y exilio. Los manifestantes de julio de 2021 pesan en la conciencia nacional como una campana que no se logra silenciar. Críticos y manifestantes permanecen detenidos arbitrariamente, la represión castiga toda forma de disenso. Esa realidad debería impedir cualquier cinismo. No se puede hablar de Cuba como tablero geopolítico cuando hay madres esperando visitas penitenciarias, adolescentes condenados por gritar libertad, artistas censurados, periodistas acosados, familias rotas por una palabra dicha en público, humoristas condenados a pena de muerte por tribunales militares debido a un chiste de la época soviética.
No se puede seguir vendiendo la fantasía de que Washington abrirá un día las puertas de la isla como quien abre un parque temático de la democracia. Ningún país es liberado desde afuera si por dentro no existe una fuerza capaz de organizar el después. La libertad no puede ser importada en contenedores ni decretada desde un despacho auxiliar. Necesita instituciones, memoria, justicia, pluralismo, garantías, reconciliación sin impunidad, justicia concreta, y una ciudadanía que no cambie de amo sino de destino que respete la Constitución de jure, la C40…
















Querida Zoé:
«Escepticismo» es mi apellido y «Desilusión» es mi nombre. Hace 67 años que todos los exiliados esperamos que se produzca un verdadero cambio de conciencia entre el pueblo llano y los demás pueblos (con sus «politicuptos» de turno incluidos). Como decía una viejísima canción de hace 80 años «El cuartito está igualito, como cuando te fuiste… la luz a medio tono, la cortina bajita, como tú la pusiste… Tu retrato con flores, porque aquí tú eres Dios…. etc, etc, etc» … Como verás «todo pasa» y «nunca llega» y es que: -Cuba no tiene petróleo… -Cuba no tiene diamantes… -Cuba no tiene incontables riquezas «esquilmables»… por tanto, Cuba… ¡»no es importante»! porque «no le importa a nadie» más que a los que la vivimos 70 años atrás en su esplendor y belleza, que ahora es ruina y miseria. ¿Decepción? No, simplemente «constatación de realidades incambiables». Si en algún momento algún extranjero descubriese alguna cantidad importante de algo «valioso» («crematísticamente» hablando), algo realmente excepcional que no fuese «boñiga de vacas sagradas» (como en la India mística y millonaria en recursos naturales), quizás algún despabilado multimillonario querría montar su «chiringuito» en aquella isla y le tomaría el «gusto al rescate», pero… ¿quién piensa en montarse un «chiringuito» en una Cuba «depauperada» y en ruinas existiendo tanta isla al Sur del Pacífico, esas «Bali-Ha’i» apoteósicas llena de exotismo y aventuras, que tienen más que ofrecer que ese islote perdido en el Caribe que ya no llama la atención de propios ni extraños? Una vez te conté que existen minas (que siguen siendo explotadas por magnates ingleses y que le pagan a los «De-genera-dos-les» por la extracción de algunos minerales útiles para nuevas tecnologías pero que están en manos de «yasabemoskién» en esa «Cubeta de los Horrores», donde «cabezas cortadas, manos y piernas amputadas» circulan por cementerios y andurriales de lo que. otrora, fue un paraíso y ahora es estiércol y miseria. Si aún viviese Charles Dickens, Cuba sería el escenario indudable de sus obras más desgarradoras, y el páramo donde viviría su chico «Pip» sería el desgastado y asolado territorio de ese páramo llamado Cuba al que «bautizaría» como «el Páramo de los Desiertos». Y es que la vejez se agudiza y la «Pelona» me está llamando a la puerta y «de cierto, de cierto… «desierto», te digo: «El cuartito, está igualito».
Ya sé que suena cínico lo que digo, pero, como dice un refrán castizo. un poco guarro, aunque de indudable certitud: «Pa’lo que me keda en el convento, me ka-go dentro», entiéndase, que ya no me queda demasiado tiempo por delante y la salud está excesivamente agujereada, hecha jirones imposibles de remendar porque la tela se ha hecho casi polvo barrido por el paso del tiempo.
“El que espera desespera” era un anuncio comercial que escuchaba de niño, pegado a la radio. Hoy, después de 67 años de dictadura, esa frase vuelve con un peso distinto: la espera por la libertad en Cuba se ha convertido en una mezcla de inquietud, escasez, temores y represión. Vivimos en una Cuba demorada, donde la solución se ha postergado tanto que lo racional parece ceder ante el cansancio.
Esta mañana gris, aquí en el norte del inmenso estado de Texas, leo el artículo de Zoé Valdés, “Cuba demorada”, y me golpea con desaliento y pavor, porque todo lo que dice es real. Y por eso quiero compartirlo con ustedes, cubanos que —a pesar de todo— seguimos atesorando la Patria y la esperanza.
La autora concluye con palabras que merecen ser meditadas:
“Si Estados Unidos desea ayudar, que no prometa redenciones imposibles, que no fustigue al que desespera en la espera, que no negocie el futuro de una nación sin escuchar a quienes han sufrido. Cuba será libre. No lo escribo como profecía ni como eslogan, sino como terquedad de quien no acepta que una isla haya nacido para marchitarse. No somos una promesa; somos nuestra propia liberación”.
Comparto este artículo porque la verdad duele, pero también despierta. Y porque, incluso en la demora, seguimos siendo un pueblo que no renuncia a su libertad.