Por Zoé Valdés/El Debate.
La inacción de Estados Unidos frente a Cuba no ha dejado un espacio neutral: ha abierto una puerta estratégica que China cruza con paciencia, dinero, tecnología y una lectura bastante clara del Caribe. Mientras Washington alterna entre sanciones, gestos simbólicos, verborrea y ciclos de presión sin una estrategia integral de largo plazo, Pekín ha entendido que la isla no es solamente un aliado ideológico envejecido, sino una plataforma geopolítica a noventa millas de Florida.
El régimen castrista y la sociedad cubana –la diferencia ya es notable– atraviesan una de sus peores crisis económicas desde el llamado «período especial»: apagones prolongados, escasez de combustible, deterioro de servicios públicos, inflación, migración masiva y descontento social; falta de libertades desde 1959. En ese escenario, China aparece como proveedor, financista y socio tecnológico. No necesita sustituir completamente a Venezuela ni a Rusia; le basta con ocupar los espacios donde La Habana necesita oxígeno inmediato y donde Washington no ofrece alternativas viables para la población cubana ni para una transición democrática ordenada. Por otro lado, Washington pudiera sancionar fuertemente a México si decidiera ocupar el hueco, pero de ninguna forma a China de manera perenne.
La energía es el ejemplo más visible. Cuba depende de una infraestructura eléctrica obsoleta y de importaciones de combustible que se han vuelto inciertas. China ha aprovechado esa vulnerabilidad para vender paneles solares, financiar proyectos y presentarse como solución práctica ante los apagones. Cada parque solar chino instalado en la isla, además de producir electricidad, produce dependencia. Pekín gana influencia sobre sectores críticos, consolida contratos para sus empresas estatales y se proyecta como el socio que «resuelve» cuando Estados Unidos apenas castiga. Para colmo, China adquiere zonas forestales de la isla a precios ridículos –desde hace varios años.
La infraestructura digital es todavía más delicada. Empresas chinas como Huawei y ZTE han tenido un papel importante en redes de telecomunicaciones cubanas, lo que plantea riesgos de vigilancia, censura y control social. Para el ciudadano cubano, la consecuencia puede ser una conexión más cara, más vigilada y más vulnerable a apagones informativos. Para China, en cambio, significa acceso a un sistema tecnológico cercano al territorio estadounidense y alineado con un gobierno que comparte su visión autoritaria del control de la información.
A ello se suma el factor de inteligencia. Diversos análisis de seguridad han señalado instalaciones en Cuba con posible capacidad de recolección de señales, incluidas zonas cercanas a La Habana y al oriente de la isla. La prudencia obliga a no exagerar: no toda antena es una amenaza decisiva ni toda cooperación técnica equivale a una base militar china. Pero sería igualmente ingenuo ignorar que Cuba ofrece una ubicación privilegiada para observar comunicaciones, movimientos militares y actividades espaciales en el sureste de Estados Unidos.
El problema de fondo es que la política estadounidense hacia Cuba suele oscilar entre dos extremos insuficientes: el embargo, que nunca fue ni ha sido como justificación y reflejo automático, y el acercamiento sin condiciones estratégicas claras. Ninguno ha impedido que el régimen sobreviva, reprima y busque patrocinadores externos, pero en lugar de endurecerlo, jamás lo han llevado hasta sus últimas consecuencias. La presión económica, cuando no va acompañada de una oferta creíble al pueblo cubano y a los actores regionales, termina creando un vacío. China lo llena con arroz, créditos, tecnología, inversiones y diplomacia de «no injerencia». Probablemente sea esta presencia lo que tenga condicionada la intervención militar quirúrgica que Cuba necesita con urgencia.
Pekín no actúa por caridad ni por nostalgia revolucionaria. Su objetivo es ampliar su presencia en América Latina y el Caribe, debilitar la influencia estadounidense, asegurar posiciones logísticas y demostrar que puede proteger a gobiernos sancionados por Washington. Cuba le ofrece un símbolo perfecto: un país pequeño, empobrecido, pero geográficamente invaluable. En la narrativa china, apoyar a La Habana sirve para denunciar el «hegemonismo» estadounidense; en la práctica, sirve para convertir necesidad económica en dependencia política.
Estados Unidos, por su parte, parece reaccionar más que anticipar. Declara amenazas, amplía sanciones, denuncia la cooperación militar o tecnológica de adversarios, pero raras veces articula una estrategia regional eficaz y capaz de competir con la oferta china –la que a mi juicio sería intervenir y usar el protectorado en los primeros tiempos. Si Washington quiere reducir la influencia de Pekín en Cuba, no basta con castigar a La Habana. Debe trabajar con aliados del Caribe, Sudamérica y Europa para ofrecer energía, conectividad, alimentos, financiamiento transparente y apoyo a la sociedad civil sin fortalecer directamente al aparato represivo, o intervenir militarmente para quitarse todo ese lastre del medio, y actuar entre cubanos, cubanoamericanos y norteamericanos.
También debe distinguir entre el régimen y la nación cubana. Una política que asfixia a la población sin abrir canales reales de información, emprendimiento, ayuda humanitaria y contacto democrático facilita el discurso de La Habana y de Pekín: que todos los males vienen del exterior y que China es el socio respetuoso que no exige libertades. Esa teoría es falsa, pero gana terreno cuando los cubanos no ven una alternativa concreta desde Estados Unidos.
La respuesta tal vez no debería ser una nueva guerra fría caribeña que retardaría la intervención necesaria y definitiva. Y al unísono una política inteligente: más apoyo a medios independientes, más internet abierto, más cooperación energética no controlada por el Estado cubano, más presión selectiva contra represores y empresas militares, y más coordinación con gobiernos democráticos conservadores de la región. La competencia con China en Cuba no se ganará con prohibiciones; se ganará ofreciendo a los cubanos opciones mejores que la dependencia de una potencia autoritaria, facilitándoles su libertad entera desde todos los puntos, moral, espiritual y económico…















