Por Zoé Valdés/La Gaceta de la Iberosfera.
Cada 2 de mayo regreso al vientre materno. No es metáfora blanda ni capricho de calendario: es una contracción exacta, un tirón de sangre que me arrastra hacia un origen donde aún no existía el miedo, pero ya se incubaba mi furia. Vivo perdida entre fechas que no se recuerdan: se padecen. Y esta, que en otros convoca banderas, desfiles o discursos de ocasión, en mí se vuelve placenta, latido primitivo, refugio y batalla. Nací ayer, o sea, hoy.
Vuelvo ahí —al vientre— como quien se esconde de una ciudad en llamas. Porque el 2 de mayo es un episodio que los libros domestican con tinta escolar; es una escena que sigue respirando debajo de la piel de quienes no aceptan la docilidad del olvido, del borrado. Poseo desde niña mis días moldeados bajo trincheras. Este lo es. Y en esa trinchera, uno no crece: se repliega, se reduce a pulso, a temblor, a una mínima certeza de estar vivo mientras afuera cruje la historia.
Desde ese interior tibio y oscuro, oigo los disparos. No son ecos lejanos, son latidos descompuestos. La ciudad vuelve a levantarse en estampas violentas, como si la memoria tuviera la obstinación de un pintor que no sabe dejar de mirar. Y entonces aparece el trazo —negro, terco, casi animal— que convierte la escena en algo más que una anécdota: la vuelve herida perpetua. El arte, tan verdadero, no consuela: acusa. Y ese día, en esa fecha, existió un hombre que no pintó para embellecer, sino para que no podamos cerrar los ojos sin sentir vergüenza. Goya.
Pero también bebo palabras. Y las palabras, cuando son necesarias, se vuelven pólvora lenta. Otro hombre —más silencioso en apariencia— decide no gritar, sino narrar. Y en esa narración, minuciosa, casi obstinada, va armando un país que se reconoce en sus contradicciones, en sus miserias y en su dignidad precaria. La literatura, en ese caso, no es evasión: es un espejo donde nadie sale indemne. Galdós.
Yo regreso al vientre materno para no tener que elegir entre la imagen y la palabra, entre la sangre y la frase. Regreso porque allí todo es anterior a la traición de los discursos. Allí no hay patrias de cartón ni héroes de yeso. Solamente un rumor: el de la vida que insiste, incluso cuando la historia se empeña en negarla. Mamá me puja todavía.
Sé que hay quienes celebran el 2 de mayo como si fuera una victoria. Yo no. Las fechas que se celebran suelen ser las más sospechosas. Prefiero habitarlas como se habita una cicatriz: con la conciencia de que algo se rompió y de que, aunque haya cerrado en apariencia, sigue marcando el cuerpo. Porque lo que ocurrió entonces no terminó entonces. Se repite —con otros nombres, otros uniformes, otras excusas— cada vez que el poder decide que la vida ajena es prescindible.
Regresar al vientre es, también, un acto de desobediencia. Negarse a la versión oficial, a la simplificación que convierte la tragedia en efeméride. Es elegir el temblor sobre la consigna, la memoria sobre el olvido cómodo. Es entender que la historia no está detrás de nosotros, sino dentro, latiendo con una violencia que no siempre sabemos nombrar…
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