Por Carlos M. Estefanía.
Mis queridos hermanos de Cuba:
No les escribo hoy desde Botkyrka, en Estocolmo, Suecia, sino desde Budapest, Hungría, una ciudad mágica, con menos fama de la que merece. Y, como Praga, donde estuve no hace mucho, parecería haber pasado por el comunismo… sin que el comunismo pasara por ella. Ojalá tenga nuestra patria la misma capacidad de resiliencia. Les debo sedas notas sobre ambas capitales.
Pese a la distancia, no quiero dejar de contarles de la Suecia que dejé atrás, en estos días en los que la primavera ya ha cumplido su promesa y comienza a retirarse sin ruido. Ya no queda nieve, ni siquiera ese brillo inicial del deshielo. Los cerezos, que hace apenas unas semanas eran una celebración rosada en los parques —sobre todo en la belleza serena del llamado Jardín del Rey—, han dejado caer sus flores, como si la ciudad hubiese pasado una página sin necesidad de explicaciones.
Y, sin embargo, en esa transición silenciosa uno aprende mucho. Porque aquí, como en la vida, las estaciones no se anuncian con grandes discursos: simplemente llegan, florecen y se van.
En ese mismo espíritu discreto, la economía sueca también atraviesa un punto de inflexión. Tras varios años de crecimiento débil, las previsiones para 2026 apuntan a un posible repunte del PIB entre el 2,6 % y el 3,0 %. No es euforia. Es más bien una respiración más profunda después de un periodo de fatiga.
Pero no todo es serenidad en este paisaje nórdico. La inestabilidad internacional, especialmente las tensiones en Oriente Medio y su impacto sobre las rutas energéticas, nos ha vuelto a recordar hasta qué punto el mundo está interconectado. El aumento de los precios del combustible ha obligado al gobierno sueco a reaccionar con un paquete de medidas de 17.500 millones de coronas, que incluye la reducción del precio de la gasolina y el diésel. Son decisiones pragmáticas, casi automáticas, propias de sociedades que han aprendido a amortiguar los golpes sin dramatismo.
Suecia, sin embargo, no se define solo por su capacidad de resistencia, sino por su insistencia en mirar hacia adelante.
Hoy, su gran transformación ya no se escribe en las fábricas tradicionales, sino en laboratorios, servidores y redes digitales. La exportación de servicios tecnológicos se ha convertido en una de las nuevas columnas vertebrales de su economía. El país que antes se asociaba al acero o a la madera hoy apuesta por la inteligencia artificial, la digitalización y la transición ecológica como motores centrales de su futuro. Es una economía que intenta reinventarse sin romper del todo con su pasado.

Pero incluso las sociedades más avanzadas tienen vulnerabilidades. Una de ellas es invisible para quien solo mira las cifras: la dependencia de los minerales estratégicos. Las llamadas tierras raras y el grafito son esenciales para la tecnología moderna, y Europa ha comprendido que su futuro también se disputa bajo tierra. Por eso surgen proyectos en el norte sueco que buscan reducir esa dependencia global, especialmente frente a China.
Detrás de estas decisiones hay algo más profundo que la economía: la conciencia de que el futuro ya no es solo industrial o financiero, sino geopolítico.
Y aun así, este país no está libre de contradicciones. El desempleo ronda el 8 %, mientras miles de jóvenes buscan su primer trabajo. Al mismo tiempo, las empresas advierten de una falta crítica de especialistas en inteligencia artificial, ciberseguridad y salud. Es una paradoja muy contemporánea: sobran personas, pero faltan capacidades. El Estado responde con formación, incentivos y políticas de reconversión, aunque la sociedad sabe que los procesos humanos no se aceleran por decreto.
A pesar de todo, aquí se respira una estabilidad en reconstrucción. La inflación, tras su sacudida reciente, se acerca de nuevo al objetivo del 2 %, devolviendo a la vida cotidiana una sensación de previsibilidad que parecía perdida.
Y mientras observo todo esto, no puedo evitar pensar en nosotros. En Cuba.
En nuestra historia de talento formado con esfuerzo, pero atrapado durante décadas en la escasez, la improvisación permanente y la migración como horizonte. Un país donde la educación no ha sido un puente hacia la libertad económica, sino demasiadas veces un circuito cerrado que no encuentra salida en su propia realidad.
Cuba no sufre solo una crisis económica: sufre una crisis de continuidad histórica. Las instituciones no sobreviven a los ciclos políticos porque están subordinadas a un poder que se presenta como permanente, pero que en la práctica ha ido erosionando la confianza social, la iniciativa individual y la capacidad de reconstrucción colectiva.
En ese contexto, la dependencia de ayudas externas, remesas y apoyos coyunturales no es una política de desarrollo, sino un síntoma de agotamiento estructural. Y cuando el Estado depende más de la emergencia que de la planificación, la vida cotidiana se convierte en una sucesión de apagones —no solo eléctricos, sino también institucionales y de futuro.
Las protestas sociales recientes, como otras antes, no son anomalías: son la expresión visible de una tensión acumulada durante años entre la realidad material de la población y un sistema político que responde tarde, parcialmente o con mecanismos de control antes que con soluciones estructurales.
Las naciones no se sostienen únicamente con recursos ni con discursos ideológicos. Se sostienen con instituciones que funcionan incluso cuando nadie las está mirando. Con reglas estables. Con confianza en que el esfuerzo individual no será absorbido por la incertidumbre permanente.
Suecia no es un modelo perfecto —ningún país lo es—, pero sí es un ejemplo de algo decisivo: la insistencia en la previsibilidad institucional, incluso en tiempos de crisis. Y esa insistencia, silenciosa pero constante, es quizá su mayor fortaleza.
Me despido desde el aeropuerto de la capital húngara, esperando el vuelo que me regresará a una Estocolmo ya sin flores de cerezo, pero seguramente todavía iluminada por esa claridad suave que solo deja la primavera cuando ya casi termina.
Con el mismo afecto de siempre hacia nuestra Isla y su gente.
Carlos Manuel Estefanía.
Budapest, 17 de mayo de 2026.















