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A propósito del XIII Domingo del Tiempo Ordinario

Por Padre Alberto Reyes Pías.

Evangelio: Mateo 10, 37 – 42

En una primera impresión, puede parecer un poco extrema la advertencia del Señor: “El que ama a su padre, a su madre, a su hijo o hija más que a mí, no es digno de mí”, “el que no toma su cruz y me sigue, no
es digno de mí”.

Pero pensemos un poco, ¿qué es lo único que puede lograr la realización verdadera de un ser humano? Amar. Sólo el amor hace que nos conectemos con lo más profundo de nuestro ser, sólo ese acto de
salir de nosotros mismos y de tocar la realidad del otro, buscando su bien mayor, logra dar un sentido pleno a la efímera existencia humana.

Y amar tiene muchas aristas: amar es felicitar y es regañar, es dar y es quitar, es acompañar y es
abandonar, es permitir y es prohibir, es decir que sí y es decir que no, es ser tierno, dulce, amable, y es ser
firme, incluso tajante. Amar puede ser muy agradable, y puede ser también muy desagradable.

Amar es retirarse para que los hijos se sientan libres para hacer su vida, amar es alejarse para que el otro aprenda a ser más autónomo, amar es decir la verdad incómoda, es poner límites claros, es no justificar
ni tolerar el mal hecho por aquellos a quienes queremos…

Por eso, la advertencia del Señor nos coloca delante de una pregunta: “Cuando te planteas amar, ¿a
dónde miras?” Porque si miramos al Señor, entonces se nos hará más claro lo que tenemos que decir y hacer, y nos será más fácil encontrar la fuerza para esos modos de amar que son duros y difíciles.

Si, por el contrario, caemos en la trampa de “primero mis hijos y luego Dios”, “primero mi pareja, mi familia, mis amigos, mi trabajo y luego Dios”, nos haremos incapaces de entrar en ese amor que sana y hace crecer desde la dureza necesaria de la verdad. No perdamos de vista que una apendicitis no se cura con besos y abrazos.

Y este amor que salva al otro desde la verdad, es necesario vivirlo también hacia adentro, porque no es posible crecer y madurar en el bien si no asumimos nuestras cruces, si no trabajamos en nuestro interior la capacidad de “perder la vida”, en cuanto esto significa ofrecernos para construir un mundo mejor para todos.

Sabemos por experiencia, que vivirnos en verdad no es sencillo, que elegir lo mejor no es fácil, que renunciar a nuestros egoísmos no es agradable.

El Señor nos ama, y por eso quiere que saquemos de nosotros lo mejor. De ahí la pregunta que brota
de su exigencia: “¿Quieres amar, quieres crecer, quieres encontrar el camino que dé sentido a tus días?” Entonces, ponme como filtro de tus decisiones. Así, vivirás momentos de amor gozoso, y también de amor sufriente, de ese amor que es duro, pero que, sin falta, te llevará y llevará a otros a la luz.

Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey.

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