A propósito del III Domingo de Cuaresma.

El Evangelio de hoy nos describe uno de los momentos en los que Jesús actúa con más pasión, porque no soporta ver convertida en un mercado la casa de su Padre.
Pero, ¿acaso los vendedores de animales para los sacrificios de los fieles no estaban ofreciendo un servicio a los peregrinos?, ¿acaso no era necesario cambiar las monedas con el rostro del César y, por tanto, inaceptables en el templo, por las monedas con las cuales se podían hacer las ofrendas al templo?
En realidad, los “servicios” ofrecidos eran necesarios para los peregrinos y para el funcionamiento del templo, pero no allí, no en el lugar sagrado, no en el sitio donde debía reinar un ambiente de oración.
Ahora bien, los que habían instalado su negocio en el templo, ¿no se daban cuenta de que aquello estaba mal? Los judíos que salieron en defensa de los mercaderes y que no sabemos si eran solo clientes o eran también los encargados de cuidar el templo, ¿no se daban cuenta de que el gesto de Jesús indicaba lo correcto? Probablemente sí, pero en la conciencia viven muchas voces, no solo aquellas que te dicen si algo está bien o mal, sino aquellas que te indican cuando algo te “conviene”. Son las voces que hablan de ganancias, y que, si se lo permitimos, se imponen.
Las llamamos “ganancias secundarias”, porque para que se impongan tenemos que renunciar a “ganancias primarias”, que son, en principio, más importantes, pero menos deseadas. Por ejemplo, si los vendedores de animales y los cambistas hubiesen elegido otro sitio, habrían ganado no profanar el templo, pero habrían perdido clientes y, en consecuencia, dinero. Establecerse en las dependencias del templo los convertía en profanadores, pero ganaba su economía.
Esto tal vez nos explique por qué a veces no salimos de ciertas actitudes o hábitos que reconocemos que están mal, pero en los que “inexplicablemente” persistimos; de igual modo, tal vez esto nos ayude a entender por qué a veces nos es tan fácil ir en contra de nuestra conciencia que nos dice claramente dónde está el bien y dónde el mal. Y es que esas actitudes, esos hábitos, ese acallar la conciencia de modo que nos sea más fácil elegir algo que está mal, nos permiten “ganar”, nos ofrecen algo que, en el fondo, deseamos o, a lo sumo, no queremos perder: placer, seguridad, comodidad, prestigio en ciertos círculos, una cierta imagen, evitar el malestar, evadir los miedos, evitar enfrentar problemas o, al igual que los mercaderes del templo, más dinero o mejores bienes. Los ejemplos pueden ser infinitos.
Las ganancias secundarias implican siempre una traición al bien mayor, y es por eso que uno de los síntomas que provocan es una avalancha de justificaciones internas, para intentar convencer a la conciencia de que la decisión tomada era justa, necesaria, inevitable…
Sin embargo, lo peor no es que un día nos traicionemos con tal de lograr una “ganancia secundaria”. Lo peor es que, de persistir en este modo de obrar, poco a poco nos vamos convenciendo de que estamos bien, y de que aquel que nos toca la conciencia se equivoca.
Cristo vivía con una brújula precisa: la voluntad de su Padre, y nada ni nadie lo desvió nunca de ese punto de referencia. Por eso, en medio de cualquier situación, sabía elegir el bien mayor y ser fiel. Sí, tenía claro que su ganancia mayor e innegociable era la fidelidad a la voluntad de su Padre.

 

Padre Alberto Reyes Pías nació en Florida, Camagüey. Estudió Psicología Pura en España, antes de entrar al Seminario estudió 3 años de Medicina (en Cuba), lo dejó para entrar en el Seminario. Párroco en Esmeralda, Camagüey. 

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