EDITO

DLA. La envidia comunista: entre la mentira y el resentimiento

Por Zoé Valdés/Diario Las Américas.

La expresión “envidia comunista” suele emplearse de forma polémica para describir una actitud que, bajo el lenguaje de la igualdad, escondería resentimiento hacia quienes prosperan más que otros. No es una categoría académica precisa, sino una fórmula retórica cargada de juicio moral. Sin embargo, permite abrir una reflexión importante: ¿cuándo la búsqueda de justicia social se convierte en hostilidad contra el mérito, la propiedad o el éxito ajeno? Para responder, conviene distinguir entre una crítica legítima a la desigualdad y una reacción emocional basada en el deseo de que nadie sobresalga.

La envidia, según su sentido común, implica tristeza o pesar ante el bien del otro. En política, esa emoción puede transformarse en una visión del mundo: si otro tiene más, se concluye que necesariamente lo obtuvo de manera injusta o que su ventaja constituye una ofensa. El comunismo, por su parte, nace como una crítica radical al capitalismo, a la propiedad privada de los medios de producción y a la división de la sociedad en clases. En sus formulaciones clásicas, no pretende simplemente igualar por abajo, sino abolir las condiciones que, a su juicio, producen presunta explotación. El problema aparece cuando esa aspiración de justicia se traduce en sospecha generalizada hacia cualquier diferencia de ingresos, talento o patrimonio.

Desde una perspectiva crítica, la “envidia comunista” consiste en convertir la desigualdad en prueba automática de culpa. El empresario exitoso, el profesional destacado o el propietario que ha acumulado bienes mediante trabajo, ahorro o innovación pasan a ser vistos no como ejemplos de iniciativa, sino como símbolos de opresión. Esa mirada reduce la complejidad de la vida económica a un conflicto moral entre poseedores y desposeídos. En lugar de preguntar cómo crear más oportunidades, fortalecer la educación, combatir privilegios indebidos o abrir mercados, se centra en limitar, castigar o expropiar al que llegó más lejos.

La historia ofrece ejemplos de cómo los ideales igualitarios pueden degenerar cuando se imponen mediante el poder absoluto del Estado. Regímenes inspirados en el comunismo prometieron sociedades sin clases, pero muchas veces terminaron creando nuevas élites burocráticas, restringiendo libertades y desalentando la iniciativa individual. Al eliminar o debilitar la propiedad privada, concentraron decisiones económicas en manos de planificadores centrales que no siempre conocían las necesidades reales de la población. La igualdad prometida se volvió, en numerosos casos, una igualdad de escasez, mientras quienes gobernaban conservaban privilegios políticos y materiales.

No obstante, sería simplista afirmar que toda crítica comunista o socialista nace de la envidia, sobre todo nace de la mala entraña de cada envidioso/sa. Existen desigualdades reales que no proceden del mérito, sino de monopolios, corrupción, herencias de privilegio, robo del Estado, discriminación o falta de acceso a servicios básicos. Denunciar esas injusticias no es envidia; puede ser una exigencia moral legítima. Una sociedad sana no debe confundir la defensa de la libertad económica con la indiferencia ante la pobreza. Tampoco debe presentar toda política redistributiva como resentimiento. Los impuestos, la educación pública, la sanidad, la protección laboral y las redes de apoyo social pueden ser instrumentos razonables para equilibrar oportunidades sin destruir la responsabilidad individual.

La clave está en diferenciar igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades e igualdad de resultados. La primera es indispensable: todos deben estar sometidos a las mismas normas. La segunda es deseable: conviene que el origen social no determine por completo el destino de una persona. La tercera, en cambio, puede volverse peligrosa cuando exige que todos obtengan lo mismo sin atender al esfuerzo, la creatividad, el riesgo o la disciplina. Una comunidad que castiga sistemáticamente el éxito acaba empobreciéndose, porque reduce los incentivos para emprender, innovar y mejorar.

La envidia política se alimenta además de una comparación permanente. En sociedades expuestas a redes sociales, consumo visible y discursos de agravio, es fácil convertir la prosperidad ajena en humillación propia. Pero el progreso no siempre es un juego de suma cero. Que una persona prospere no implica necesariamente que otra haya sido despojada. En economías abiertas y bien reguladas, la riqueza puede multiplicarse mediante cooperación, inversión, tecnología y comercio. El desafío consiste en impedir abusos sin condenar la prosperidad misma.

Por eso, la respuesta liberal o democrática a la desigualdad no debería ser la burla hacia quienes reclaman justicia, sino la construcción de instituciones que premien el mérito y corrijan los privilegios. Si el mercado se convierte en una excusa para la impunidad de los poderosos, dará argumentos a quienes desean sustituirlo por control estatal. Si el Estado se convierte en herramienta para igualar mediante coerción, dará razones a quienes temen por la libertad. Entre ambos extremos existe un espacio exigente: promover movilidad social, competencia limpia, propiedad protegida, solidaridad responsable y límites al poder político.

En conclusión, la “envidia comunista” es una crítica útil solo y debe usarse con precisión. Sirve para señalar el riesgo de que la igualdad se transforme en resentimiento y de que la justicia sea reemplazada por el deseo de rebajar al otro. Pero pierde valor cuando se emplea para descalificar cualquier preocupación por la pobreza o la desigualdad injusta. Aunque hay quienes van de pobres con la intención de envidiar por gusto. Una sociedad libre necesita admirar el mérito sin idolatrar la riqueza, defender la propiedad sin justificar abusos y practicar la solidaridad sin convertirla en castigo. El verdadero antídoto contra la envidia no es la indiferencia, sino una cultura en la que el éxito ajeno inspire superación y en la que nadie quede condenado por su origen a mirar desde fuera las oportunidades de los demás. Y si se pasó tu oportunidad, no culpes a nadie de tu desgracia, a la vida se viene llorado.

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