Por Carlos Manuel Estefanía
Hay cosas que uno aprende viviendo en un país que no es el suyo de nacimiento, pero que termina siendo su casa. Aprende, por ejemplo, que ninguna sociedad está vacunada contra los dogmas. Ni siquiera aquellas que presumen de racionales, ilustradas, tolerantes y respetuosas de los derechos individuales. Los dogmas no siempre llegan con sotana, uniforme o carnet de partido. A veces se presentan con bata blanca, lenguaje terapéutico y la mejor de las intenciones.
Hoy, 6 de octubre de 2026, he publicado en el periódico digital sueco Bulletin una columna titulada «När ideologin döper om det oåterkalleliga» (Cuando la ideología le cambia el nombre a lo irreversible). Es una reflexión sobre un asunto delicado, de esos en los que basta pronunciar una palabra equivocada para que algunos dejen de escuchar lo que uno tiene que decir. Me refiero a la atención médica de los menores que experimentan disforia de género y, en particular, a la responsabilidad que asumimos los adultos cuando se contemplan intervenciones capaces de dejar huellas permanentes en sus vidas.
No escribo sobre ello desde la comodidad de quien cree tener todas las respuestas. Lo hago desde una convicción más modesta, pero también más exigente: cuando se trata del futuro de un niño o de un adolescente, el deber de ayudar no nos libera del deber de pensar.
Suecia, ese país que tampoco está libre de contradicciones
Desde que vivo en Suecia he aprendido a apreciar muchas cosas de esta sociedad: su confianza institucional, su vocación educativa, sus servicios públicos y esa aspiración, nunca del todo realizada, de que la dignidad humana no dependa del origen social de cada cual. Pero vivir aquí también me ha enseñado a mirar el país sin ponerlo sobre un pedestal. Suecia tiene virtudes admirables, contradicciones evidentes y debates en los que la buena conciencia puede llegar a confundirse con la verdad.
Porque el pensamiento único no necesita necesariamente una policía política. Le basta, a veces, con establecer qué preguntas resultan aceptables y cuáles pueden costarle a quien las formula una reputación de insensible, retrógrado o enemigo de los derechos humanos.
Es entonces cuando conviene detenerse y preguntar: ¿desde cuándo la compasión nos obliga a suspender el juicio crítico? ¿Por qué cuestionar un tratamiento debe interpretarse automáticamente como desprecio hacia quien lo necesita? ¿No será precisamente la responsabilidad de proteger a una persona vulnerable lo que nos obliga a examinar con especial cuidado las decisiones que pueden cambiar su vida para siempre? Estas preguntas me llevaron a escribir en Bulletin.
Mi preocupación no consiste en negar el sufrimiento de los jóvenes que experimentan disforia de género. Ese sufrimiento merece ser escuchado, atendido y tratado con respeto. Tampoco pretendo convertir sus experiencias en una disputa abstracta entre adultos que discuten sobre el cuerpo ajeno. Lo que me preocupa es que, en medio de la legítima voluntad de aliviar el dolor, terminemos confundiendo el reconocimiento de ese dolor con la aceptación automática de una solución médica determinada.
Una persona puede necesitar ayuda sin que nosotros sepamos de antemano cuál es la mejor manera de proporcionársela. Y reconocerlo no constituye una derrota de la empatía, sino el comienzo de una medicina responsable.
Las palabras también pueden anestesiar la conciencia
El título de mi artículo apunta a un fenómeno que va mucho más allá de esta controversia: nuestra capacidad para suavizar mediante el lenguaje aquello que, examinado de cerca, plantea preguntas incómodas.
Las palabras nunca son simples etiquetas pegadas a las cosas. Pueden ayudarnos a comprender la realidad, pero también pueden interponerse entre ella y nuestra conciencia. Una expresión administrativa puede hacer que una decisión trascendental parezca un trámite; una fórmula terapéutica puede transmitir una seguridad que la evidencia científica todavía no permite garantizar.
No es el nombre lo que determina la naturaleza de una intervención, sino lo que esta hace, los riesgos que implica y las consecuencias que puede tener para la persona que la recibe.
Ahora bien, hay que distinguir para no caer en la misma confusión que criticamos. La mutilación genital femenina y el tratamiento médico de la disforia de género son fenómenos diferentes, con finalidades, contextos y marcos jurídicos distintos. No sería intelectualmente honrado equipararlos. La cuestión que planteo es otra: cómo proteger la integridad corporal de los menores cuando se consideran procedimientos cuyas consecuencias pueden ser difíciles o imposibles de revertir.
Esta pregunta no pertenece en exclusiva a la derecha, a la izquierda, a los creyentes o a los no creyentes. Pertenece a cualquier sociedad que se tome en serio la responsabilidad de los adultos hacia los niños.
Cuando la medicina también tiene que saber esperar
En Suecia, el debate ha ido adquiriendo una dimensión médica cada vez más importante. En 2022, la Junta Nacional de Salud y Bienestar Social (Socialstyrelsen) recomendó una especial cautela con los bloqueadores de la pubertad y los tratamientos hormonales para menores, particularmente en el contexto de la disforia de género. Aquella orientación reflejó la preocupación por las limitaciones de la evidencia disponible sobre determinados efectos a largo plazo.
Desde entonces, la discusión sobre estas intervenciones ha seguido desarrollándose en Suecia y en otros países. Entre los asuntos que merecen un examen riguroso figuran la salud ósea, la fertilidad, la función sexual y la evolución psicológica de los pacientes. No todos los tratamientos tienen los mismos efectos ni todos los riesgos son iguales, y sería irresponsable presentar como una certeza universal lo que requiere evaluación individual y conocimiento clínico especializado.
También es importante recordar que los adolescentes que solicitan atención por disforia de género no constituyen un grupo uniforme. Algunos presentan, además, dificultades psicológicas o condiciones del neurodesarrollo, como el autismo o el TDAH. Esto no invalida sus experiencias ni significa que tales condiciones expliquen automáticamente su disforia. Significa, sencillamente, que cada historia merece ser comprendida en su conjunto.
Un buen profesional no debería limitarse a escuchar una respuesta: necesita comprender la pregunta, conocer a la persona que la formula y valorar las circunstancias en las que surge. La evaluación psicológica no tendría que convertirse en un obstáculo burocrático, sino en una oportunidad para que el joven y quienes lo atienden entiendan mejor qué está ocurriendo y cuáles son las alternativas.
La medicina no pierde autoridad cuando reconoce sus incertidumbres. La pierde cuando pretende saber más de lo que realmente sabe.
Por eso, en mis reflexiones más amplias he llamado la atención sobre voces críticas surgidas dentro del propio ámbito médico y científico, entre ellas las de Agnes Wold y Hugo Lagercrantz. Sus argumentos deben examinarse por su contenido y por las pruebas que los respalden, como corresponde a cualquier intervención en un debate científico. Ni el prestigio de un especialista demuestra por sí solo que tenga razón, ni la incomodidad de sus conclusiones constituye una razón válida para silenciarlo.
La ciencia no es un catecismo con bata blanca. Es una búsqueda que exige preguntas, contrastación, revisión y, llegado el caso, rectificación.
La compasión no consiste en decir siempre que sí
Quizá una de las confusiones más extendidas de nuestro tiempo sea creer que respetar a alguien significa darle siempre la razón. Pero el respeto no exige renunciar al juicio, del mismo modo que la discrepancia no obliga a humillar al discrepante.
A un joven que sufre no hay que abandonarlo a su angustia, ridiculizar sus dudas ni convertirlo en objeto de una guerra cultural. Hay que escucharlo. Hay que ofrecerle apoyo psicológico cualificado, atención sanitaria individualizada, acompañamiento familiar y un entorno en el que pueda hablar sin miedo. Y también hay que evitar que las expectativas de los adultos, sean conservadoras o progresistas, terminen imponiéndole un camino predeterminado. La verdadera atención consiste en acompañar, no en empujar.
A veces, ayudar significa intervenir. En otras ocasiones, significa explorar alternativas, tratar problemas concurrentes, observar la evolución de los síntomas y conceder tiempo para comprender lo que sucede. El objetivo no debería ser satisfacer las expectativas de una corriente ideológica, sino procurar el bienestar del paciente concreto.
Tampoco sería serio ignorar que la espera puede tener costes para determinados jóvenes. La prudencia no equivale a aplazar indefinidamente cualquier decisión, ni puede convertirse en una excusa para negar atención. Se trata de ponderar los beneficios, los riesgos y las alternativas de cada caso, con información suficiente y profesionales competentes.
Aquí cobra sentido el viejo principio de la ética médica: primum non nocere, ante todo, no hacer daño. No significa que debamos abstenernos de tratar por miedo a equivocarnos. Significa que la voluntad de ayudar ha de ir acompañada de la obligación de evaluar las consecuencias.
Y si hay algo que los adultos debemos preservar, en la medida de lo posible, es la capacidad de los jóvenes para decidir sobre sus propias vidas cuando dispongan de mayor madurez y conocimiento.
El futuro no debería ser rehén de nuestras certezas
Hay una paradoja en ciertos debates contemporáneos: se invoca constantemente la autonomía individual, pero a veces se olvida que la autonomía también necesita tiempo, información y posibilidades reales de elección. No basta con hablar de libertad en el presente si dejamos de considerar qué opciones quedarán abiertas mañana.
Los niños no son adultos en miniatura. Tampoco son recipientes vacíos a los que podamos imponer nuestras convicciones. Son personas en desarrollo, con sentimientos reales, derechos propios y una capacidad de decisión que debe respetarse de acuerdo con su edad y madurez.
Por eso me preocupa cualquier ambiente cultural en el que formular preguntas sobre intervenciones irreversibles se interprete como una falta de amor hacia quienes las solicitan. Una sociedad democrática debería ser capaz de sostener dos ideas al mismo tiempo: que las personas con disforia de género merecen respeto y atención, y que las decisiones médicas sobre menores requieren un examen especialmente cuidadoso.
No hay contradicción necesaria entre ambas afirmaciones. La contradicción aparece cuando alguien pretende obligarnos a escoger entre la compasión y la prudencia, como si fueran virtudes incompatibles. Yo no acepto esa disyuntiva.
Quiero una sociedad en la que un adolescente pueda expresar sus dudas sin ser despreciado, recibir atención sin ser convertido en un símbolo político y explorar su identidad sin que los adultos transformemos automáticamente sus preguntas en un programa de intervención. Quiero también una medicina capaz de reconocer los límites de la evidencia, explicar con claridad los riesgos y distinguir entre las necesidades de cada paciente. No es una aspiración revolucionaria. Es, sencillamente, una exigencia de responsabilidad.
Lo irreversible no cambia porque cambiemos su nombre
Al final, la cuestión que planteo en Bulletin trasciende las fronteras suecas y la discusión concreta sobre la disforia de género. Tiene que ver con nuestra relación con el lenguaje, con la ciencia y con el poder que ejercemos sobre quienes dependen de nosotros.
Las ideologías suelen sentirse más cómodas con las respuestas definitivas que con las preguntas abiertas. Pero la vida humana rara vez se deja encerrar en categorías perfectas. Cuando una doctrina comienza a sustituir el análisis por las consignas, la prudencia por la sospecha y la discusión por la descalificación moral, conviene recuperar algo tan elemental como el derecho a pensar por cuenta propia.
No pretendo tener la última palabra sobre un asunto clínico complejo. Pretendo defender que nadie debería ser privado de la posibilidad de discutirlo razonadamente.
A los jóvenes que sufren hay que ofrecerles comprensión, apoyo y atención profesional. A sus familias, información honesta y acompañamiento. A los médicos, libertad para evaluar cada caso conforme a la evidencia y a su responsabilidad profesional. Y a la sociedad, un debate en el que ninguna pregunta legítima sea condenada de antemano por no coincidir con el vocabulario de moda.
Porque la compasión sin reflexión puede terminar siendo tan imprudente como la reflexión sin compasión.
Y porque, por mucho que nos empeñemos en encontrar una palabra más amable, lo irreversible no se vuelve reversible por un cambio de nombre.
Esa es la reflexión que hoy comparto desde Suecia con los lectores de ZoePost. No para clausurar el debate, sino para mantener abierta una conversación que afecta a la medicina, a la libertad individual, a la responsabilidad de los adultos y, sobre todo, al futuro de quienes todavía están creciendo.
Si perteneces a esa reducida cofradía de cubanos que dominan la lengua sueca y deseas leer mi artículo antes mencionado puedes hacerlo aquí:
Bulletin: «När ideologin döper om det oåterkalleliga»
Bienvenida la réplica, que para eso es la libertad de expresión que gozamos en Suecia.
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”La vida es una tragedia para los que sienten y una comedia para los que piensan”
Redacción de Cuba Nuestra
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