Sociedad

Retomando las epístolas a los cubanos

Por Carlos Manuel Estefanía

Queridos compatriotas:

Después de unas extensas vacaciones en Miami, he regresado a Suecia. Vuelvo a Botkyrka, el municipio donde vivo, con esa sensación tan propia de quienes emigramos: reconocemos las calles, los rostros y los lugares; sin embargo, algo en nuestra mirada se ha transformado. Viajar también sirve para eso: para saber regresar.

Esta vez vuelvo con una experiencia que deseo compartir, sobre todo, con los lectores de ZoePost. Durante mi estancia en Miami tuve finalmente la oportunidad de conocer en persona a Zoé Valdés, editora de este medio y escritora a quien durante años había seguido fundamentalmente a través del mundo digital. Las nuevas tecnologías nos habían permitido estar cerca sin encontrarnos cara a cara; esta vez, en cambio, pudimos conversar de manera directa.

Para quienes conocen la trayectoria intelectual y literaria de Zoé, el encuentro tuvo además otro atractivo: pude escucharla en una excelente conferencia en la Biblioteca Kennedy de Hialeah. Me pareció que aquella intervención merecía quedar registrada y, por eso, decidí conservarla y ponerla a disposición del público en mi canal de YouTube.

Les dejo aquí el enlace: 👉 Conferencia de Zoé Valdés en la Biblioteca Kennedy de Hialeah

Los invito a verla. No solo por el interés intrínseco del acto, sino porque preservar la palabra de quienes han participado activamente en la historia intelectual y política del exilio cubano es también una forma de resguardar nuestra memoria.

Quizás no sea casualidad que, apenas regresado de Miami, empezara a reflexionar sobre Suecia y sobre algo que considero decisivo para el futuro de Cuba: los valores sobre los que construiremos una sociedad libre.

¿Qué son realmente los «valores suecos»?

La reflexión nació al leer un artículo de Hanne Kjöller, periodista sueca a quien sigo desde hace años. Me interesa particularmente su mirada crítica sobre la sociedad en que vivimos, precisamente porque no se sostiene en la idealización.

Kjöller también ha escrito con firmeza sobre Cuba. Comparto plenamente su crítica al régimen castrista, a la dictadura y a ese romanticismo revolucionario que durante demasiado tiempo ha seducido a sectores de la izquierda europea. Sin embargo, en esta ocasión me atrae una cuestión más cercana a mi cotidianidad: su reflexión sobre los llamados «valores suecos».

La pregunta parece sencilla: ¿Qué son los valores suecos?

Tras vivir en este país durante décadas, cada vez me convence menos la idea de que Suecia posea una esencia nacional eterna denominada «valores suecos». La historia, en cambio, demuestra algo muy diferente: Suecia también cambió, y lo hizo de manera profunda.

Suecia no siempre fue la Suecia que conocemos

Kjöller recuerda un dato que puede incomodar a quienes presentan la sociedad sueca contemporánea como si siempre hubiera sido igual. Cuando ella nació, la homosexualidad todavía era considerada una enfermedad; los derechos reproductivos de las mujeres eran mucho más limitados; la violación dentro del matrimonio no se reconocía como delito; las personas con discapacidades podían ser recluidas en instituciones y la mujer ocupaba, fundamentalmente, el espacio doméstico.

Hoy esas realidades nos parecen inaceptables, pero formaron parte de la Suecia real.

Esto debería hacernos pensar a los cubanos de manera especial: cuando hablamos de construir una sociedad democrática, solemos mirar hacia otros países buscando modelos concluidos. Queremos entender cómo funciona Suecia, cómo funciona Estados Unidos o cómo funciona España. Sin embargo, quizás también debamos preguntarnos cómo llegaron esos países a ser lo que hoy son.

La democracia no apareció de la noche a la mañana. Los valores tampoco: se fueron construyendo a través de conflictos, reformas, errores, luchas sociales y transformaciones culturales.

Entre dos mundos

El tema adquiere aún más interés si lo vinculamos con el trabajo de la investigadora Bi Puranen, autora del estudio Mellan två världar — Entre dos mundos: cómo cambian los valores de los migrantes al encontrarse con Suecia.

El estudio analiza la evolución de las actitudes de quienes migran al entrar en contacto con la sociedad de acogida. De allí emerge una conclusión que cualquiera que haya vivido la emigración reconoce de inmediato: no se “vuelve sueco” solo por residir muchos años en Suecia.

Aprendemos rápido ciertas pautas: el idioma, las normas laborales, la relación con las instituciones, la puntualidad, el uso de los servicios públicos o el respeto por las leyes. No obstante, otras dimensiones cambian con mucha más lentitud: la concepción de la familia, la autoridad parental, la religión, las relaciones entre hombres y mujeres, las ideas sobre el honor y la sexualidad.

Es decir, es posible vivir dentro de una sociedad nueva sin abandonar por completo la cultura de origen. El inmigrante queda, en cierto sentido, «entre dos mundos».

Los cubanos conocemos muy bien esa experiencia. Podemos pasar treinta años en Suecia y, aun así, seguir llevando dentro una parte de Cuba. No hay nada intrínsecamente malo en ello. El problema comienza cuando una costumbre, una tradición o una convicción pretenden convertirse en una imposición sobre los demás.

La gran lección para Cuba

Aquí es donde la experiencia sueca resulta especialmente relevante para quienes imaginamos una Cuba democrática. No propongo que Cuba se convierta en Suecia; propongo, más bien, que aprendamos de Suecia. Son dos planteamientos completamente distintos.

Cuba tendrá que encontrar su propio camino. Posee una historia, una cultura y una identidad que no debemos sacrificar en nombre de ningún modelo extranjero. Pero sí podemos aprender de sociedades que han logrado limitar el poder despótico y ampliar la libertad individual.

Una democracia necesita más que elecciones. Necesita ciudadanos capaces de aceptar que el otro puede pensar distinto, una justicia independiente, prensa libre, instituciones capaces de fiscalizar al Gobierno y una sociedad civil fuerte. Y necesita, sobre todo, reconocer que existe una esfera de libertad individual donde el Estado jamás debe entrar.

Del Estado dueño al ciudadano soberano

Para nosotros esto es particularmente urgente. Los cubanos venimos de un sistema en el que el Estado se acostumbró a ocuparlo prácticamente todo: el trabajo, la educación, la información, las organizaciones sociales, la cultura, la política e incluso la interpretación de nuestra propia historia. Durante décadas se enseñó que el individuo debía sacrificarse por un proyecto colectivo definido por el Partido.

La democracia futura tendrá que invertir esa relación: el Estado debe estar al servicio del ciudadano y no el ciudadano al servicio del Estado.

Pero conviene evitar otro error: sustituir la dictadura estatal por otras formas de dominación. Una familia no puede convertirse en una pequeña dictadura; una religión tampoco, ni un grupo político ni una comunidad. La libertad significa que cada individuo posee un espacio propio e inviolable.

Un contrato democrático cubano

Kjöller plantea la idea de un «contrato social» para quienes llegan a Suecia: un conjunto de reglas básicas que todos deben conocer y respetar. La idea me parece sumamente útil si la trasladamos, con el debido cuidado, a nuestra realidad.

Una Cuba democrática necesitará también un acuerdo fundamental. No para obligarnos a pensar igual, sino para permitirnos pensar diferente sin ser perseguidos. Ese contrato podría basarse en principios esenciales:

  • Libertad de conciencia y de religión.
  • Libertad de expresión y de prensa.
  • Igualdad ante la ley e independencia de los tribunales.
  • Igualdad entre hombres y mujeres.
  • Protección integral a la infancia.
  • Rechazo absoluto a la violencia como vía política o personal.
  • Libertad para elegir pareja y derecho a vivir según las propias convicciones.
  • Y, sobre todo, la imposibilidad de que cualquier partido político vuelva a adueñarse de la nación.

Ese debería ser nuestro verdadero contrato social.

¿Son suecos estos valores?

Tras tantos años en este país, creo que la respuesta es: no del todo. Son valores que Suecia ha sabido institucionalizar de una manera particular, pero no son propiedad exclusiva de los suecos. La libertad, la igualdad ante la ley, la dignidad humana y la autonomía individual forman parte de una tradición democrática más amplia.

Eso resulta esperanzador para Cuba. No necesitamos convertirnos en suecos ni importar una cultura ajena. Podemos conservar nuestra música, nuestro humor, nuestra literatura, nuestra forma de relacionarnos, nuestra solidaridad familiar y todo aquello que hace que un cubano sea cubano. Sin embargo, tendremos que aprender a separar nuestra identidad cultural de nuestras costumbres autoritarias heredadas.

Una tradición no es buena simplemente por ser antigua, una costumbre no es legítima solo por haber sido heredada, y una mayoría no tiene derecho a aplastar a una minoría por el solo hecho de ser mayoría.

De Miami a Botkyrka

Quizás por eso mi regreso de Miami a Botkyrka me ha llevado a reflexionar tanto sobre estas cuestiones. Miami, para los cubanos, es mucho más que una ciudad estadounidense: es también un pedazo de Cuba fuera de Cuba. Allí uno se reencuentra con nuestra memoria, nuestras discusiones, nuestras heridas y nuestros sueños. De ahí el privilegio de haber conocido personalmente a Zoé Valdés y haber escuchado su conferencia en Hialeah.

Al regresar a Botkyrka, me reencuentro con otra realidad: una sociedad con problemas y contradicciones, como todas, pero que ha desarrollado mecanismos para resolverlos dentro de un marco institucional y democrático.

Entre Miami y Botkyrka existe una enorme distancia geográfica y cultural, pero para un cubano también existe un puente. Ese puente somos nosotros: quienes hemos vivido fuera, quienes hemos presenciado otras formas de organización social y quienes hemos descubierto que existen problemas que pueden resolverse sin policía política, sin miedo y sin convertir al adversario en un enemigo mortal.

Nuestra responsabilidad no consiste en decirle a Cuba que copie a Suecia, a Estados Unidos o a cualquier otro país. Consiste en testimoniar lo que hemos visto: qué funciona, qué fracasa, qué merece ser conservado y qué debemos evitar.

Una Cuba que aprende sin dejar de ser Cuba

Cuando algún día llegue la democracia a nuestra isla, los cubanos tendremos que hacer algo mucho más complejo que cambiar un Gobierno: tendremos que aprender a convivir de otra manera.

Tendremos que acostumbrarnos a que el vecino vote distinto, a que el periodista critique al presidente, a que una iglesia interpele al Gobierno y a que cualquier ciudadano pueda decir «no estoy de acuerdo» sin convertirse por ello en un «enemigo de la patria». Tendremos que descubrir que la democracia no consiste en que finalmente ganen «los nuestros», sino en construir un sistema donde incluso nuestros adversarios puedan ejercer plenamente sus derechos. Esa será la verdadera prueba.

Por eso, desde este rincón de Botkyrka, tras regresar de Miami, he querido compartir con ustedes esta reflexión. Suecia no es perfecta, Miami tampoco y Cuba no tiene por qué serlo. Pero podemos aspirar a algo más realista y fundamental: una Cuba donde nadie tenga que vivir con miedo al poder; una Cuba donde el ciudadano sea más importante que el Estado; una Cuba donde los valores no se decreten desde arriba, sino que se vivan y se debatan en libertad. Una Cuba, en fin, que pueda aprender del mundo sin dejar de ser ella misma.

Y mientras pensamos en ese futuro, les recomiendo nuevamente ver la conferencia de Zoé Valdés en la Biblioteca Kennedy de Hialeah, la cual quise preservar para que su testimonio permanezca al alcance de todos.

De eso se trata también nuestra tarea en la diáspora: guardar la memoria, compartir las experiencias y mantener viva la conversación sobre la Cuba que aún podemos construir.

Un abrazo desde Botkyrka,

Carlos Manuel Estefanía

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